sábado, 17 de agosto de 2019

"Aquí y ahora" de María Valentina Quirino


María Valentina Quirino. Mendoza, Argentina. Veinticuatro años. Escritora amateur en los rincones anónimos de internet.  Decidió contar sus pesadillas para que sus lectores la acompañen en su insomnio. Uno de los hallazgos de esta convocatoria cruzdiablera

El sol siempre se oculta tras las robustas nubes de gas, el día se reduce a un monótono color anaranjado, si no fuera por los vientos que azotan en el ducentésimo día, podría jurar que nos encontramos bajo tierra. Las noches resultan más peligrosas, las temperaturas bajan notablemente y la oscuridad resulta tan espesa que engulle todo a su alrededor. Se dice que a los que viajan de noche nunca se los vuelve a ver.
El aire huele a polvo y carbón, a veces a la combustión de las llantas que se encienden para conservar el calor. A la distancia oigo sus pisadas, solo, caminando tras de mí.
Viajamos juntos casi por obra del azar, no tenemos rumbo. Solo huimos del frío, recogemos lo que nos interesa y partimos. Deambulamos en las afueras hasta que encontramos un asentamiento y pasamos la noche contando nuestras provisiones. Al día siguiente volvemos a comenzar.
Los caminos de asfalto se camuflan entre arena y cenizas, y lo que alguna vez fueron monumentos al orgullo humano hoy se deshacen como tizón. Los coches yacen abandonados a un lado junto con aquellos sueños incumplibles y futuros inalcanzables. Huellas de una civilización humana que creó su propio final.
Han pasado cuarenta días desde nuestra estadía en un asentamiento. Esa fue la última vez en la que me crucé a otros como nosotros. Pocos deciden quedarse. El invierno se acerca y las heladas resultan mortales, más mortal resulta la certeza de que nada bueno surge cuando los hombres se amontonan. Cualquiera que conoce la naturaleza humana sabe que somos una plaga para nosotros mismos.
La mayoría decidimos partir. Pocas palabras se intercambiaron esa mañana porque así es más fácil olvidar los rostros y retomar el camino. Solo una mirada y el deseo silencioso de que sobrevivan al frío bastaron para despedirnos.
 Aquí afuera es raro encontrarse con algo vivo y la única prueba de que no estamos solos son esas marcas en las paredes de los pocos locales en pie que indican que ya están vacíos.
Sus pasos se detienen. El aliento escapa furtivo de sus labios. Me he acostumbrado a cada sonido que proviene de su parte, aún cuando muchas veces pretendo no escucharlos. Siento que no podría vivir sin ellos. La forma en que arrastra su pie derecho cuando está cansado, el tronar de sus dedos cuando está nervioso, el sonido de su garganta raspando cuando canta y el agónico lamento que suelta antes de caer dormido.
Dice que tengo suerte de haber nacido en esta época, que no extraño el paisaje ahora reducido a escombros ni añoro el tiempo en donde el humano jugaba a ser Dios. No sé lo que significa Dios, él dice que es cuestión de fe, pero aquí no existe tal cosa.
Murmura que está viejo. Sonrío. No sé cuantos años nos llevamos porque no sé mi edad con exactitud. El tiempo nunca me importó hasta que lo conocí. Solo estamos seguros de algo: él nació en aquel mundo y yo en este.
Dice que no se acostumbra al silencio, que extraña el canto de las aves y el viento jugando entre las hojas de los árboles. Dice que el mundo se siente solo. Me pregunto si la soledad solo le pertenece a aquellos que alguna vez tuvieron compañía. ¿Se puede extrañar algo que nunca se tuvo?

Mi recuerdo más antiguo se remonta al asentamiento número uno, no tienen nombre así que los enumero en mi mente; él los dibuja en un cuaderno cuyas hojas apenas se conservan. Agrega algunas anotaciones al margen, la cantidad de personas que vimos, las provisiones con las que contaban y un  rustico cálculo de sus posibilidades de resistir la helada. Ya no quedan muchas personas capaces de leer y escribir, ni aquellos que crean en los mapas. A fin de cuentas ya no existen lugares a los cuales se quiera regresar.
Al voltear lo veo mirando todo aquello que dejamos a nuestras espaldas. Él mira atrás y yo lo miro a él.
Observa ensimismado el horizonte gris y se pierde en aquel mar de recuerdos al que yo no puedo acceder. Murmura y solloza en silencio, con los ojos ardiendo en pena. Siempre me pregunto qué es lo que lo obliga a sonreír cuando vuelve su mirada a mí.
Nuestros ojos se encuentran, mientras la noche comienza a cubrirlo todo con su manto de inquebrantable oscuridad. Probablemente nunca sepa con exactitud la razón por la cual no puedo dejar de mirarlo, quizás él sea la verdadera definición de hogar.
Camina hacia mí y antes de retomar nuestro camino toma mi mano; sus dedos se entrelazan con los míos casi como si hubieran existido solo para eso. El calor de su piel se funde con el mío, la brecha de nuestros mundos se esfuma, así como el último haz de luz en el cielo. Solo él y yo. Si tuviera que regresar a algún lugar, elegiría el aquí y ahora.
No hacen falta decir nada: el viaje ha terminado.

miércoles, 14 de agosto de 2019

"Los amantes en Q23" de Jorge Lacuadra


Jorge Eduardo Lacuadra nació en Santa Fe (Argentina) en 1971. Estudió en la Escuela Industrial Superior recibiéndose de Técnico Mecánico-Eléctrico.. A partir de 2002 reside en Córdoba (Argentina) A publicado tres poemarios: “Distancias oceánicas” - Editorial Luna de marzo, “El olvido de la luna” - Editorial MRV – Editor Independiente y “El silencio de la rosa” - Editorial MRV, en cuyo Certamen Internacional El Molino, obtuvo el 2° premio. Participa en la Antología “Cuentos y poemas - Lo mejor de Rumbos” de Editorial Rumbos libros. Participa en la Antología de cuentos “WhiteStar”, en la “Antología Poética de Post-Vanguardia” Desde el año 2015 integra La Conspiración de los Fuleros, grupo de producción literaria de la ciudad de Santa Fe, editando tres libros de cuentos “Conspiración Año Cero” (2017), “Puertas Adentro – Historias de una Santa Fe Extraña” (2017) y el Especial de Ciencia Ficción “Fabulosos Relatos de Otros Mundos” (2018). Participa en la Antología de Textos del “Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán –Género Cuento” (Mención - Edición 2018). Participa de la Antología de relatos Predator 2019 – Historias Pulp (Epub). Prologa y participa de la Segunda Antología LETRAS COMPARTIDAS por NaP – Ediciones de Autor.

Somos los amantes sincronizados en Q23.
Continuamos abrazados al llegar la hora del anuncio.
Otra vez vuelven a confirmar que se han arrojado las últimas bombas, que ya no quedan más armas en los arsenales del mundo. Hay nuevas noticias sobre la capitulación de China y se confirma que París, hoy le tocó a París, es un enorme cráter. Solo el cinco por ciento de la población se ha salvado. A decir verdad, todos los meses las transmisiones repiten lo mismo, la misma voz monótona e hipnótica, un poco brusca y metálica. Quizás solo es una grabación automática o un bot programado que lee estadísticas de guerra al azar. La emisión culmina con la melodía de una vieja canción infantil. Unidad de Control apaga el emisor de radio. Luego solo chasquidos provenientes del cableado exterior. Bajamos las persianas de plomo y encendemos las luces de emergencia. Poco ha durado la claridad suministrada este día por un sol que parece estar muriendo.

Ella me mira y dice que somos pasajeros incondicionales de una explosión eterna, pretende señalar también todos los elementos a nuestro alrededor, incluyendo las latas de raciones militares, las bio-linternas y los opacos y funcionales muebles del dormitorio-hogar. Ella me asegura que busca el error deslizado en la obra visible por un dios muy detallista y ambicioso, espera atisbar un día el agujero que quemamos en el cielo o al terrorífico ejército de Soldados Esmeralda avanzando por el jardín a la medianoche. Las cosas que suponemos han sucedido y que nunca hemos visto. Le digo que sería más fácil encontrar un unicornio en el jardín que las huellas verdaderas dejadas por esta guerra. Cambia de tema y me habla de la soledad, de habitaciones cuadradas, de escaleras y pasillos recubiertos de cables, de la humedad que forma imágenes surrealistas en los muros de cemento. Contempla el emisor de radio y me señala el óxido que empieza a comerse la carcasa, el hollín negruzco que envuelve los conectores. Le digo que mañana lo voy a limpiar y que buscaré entre los trastos alguna pintura o barniz para protegerlo.
Estas rutinas duran apenas segundos. Cien veces al día.
Para calmarla le doy tres grageas grandes, de las azules. Es una dosis fuerte, lo sé. Se recuesta sobre mi hombro, rozando los implantes de conexión. Hace como que escucha algo en el exterior. Hoy ella está más excitada que otras veces, quizás se siente un poco asustada. Me susurra, me sugiere, que las estrellas son restos dispersos de espejos rotos, solo reflejan el brillo de nuestras linternas desde las ventanas, y me explica que los años y las edades son bibliotecas vacías al principio, que luego se van llenando con las experiencias y los fantasmas del amor. Me dice que los instintos son la corteza de un animal rápido y hermoso, y que las emociones son corredores de fondo frente a nosotros. Ella cree que los actores de las películas antiguas no han muerto, que aún deambulan por el mundo en la búsqueda de la nostalgia de las palabras. Pasa las cintas a velocidades pasmosas.
Demasiados videos-holo creo, cien veces al día. Sobredosis visual.

Somos los amantes en Q23. Fuimos seleccionados por la velocidad de nuestros impulsos nerviosos y la calidad en los axones. El triple de la capacidad normal, casi 450 metros por segundo. Lo que nos hace humanos casi superconductores. Muchas veces el mundo nos parece demasiado lento, pero nuestra imaginación se acelera hasta límites perversos. Cuando amamos terminamos exhaustos, quizás durante el infinito tiempo en que una partícula de polvo tarda en tocar el suelo. El amor, cuanto más rápido, más rápido se agota, y volvemos a empezar. La nuestra es una relación constante de millones de acoplamientos como chispazos eléctricos. Unidad de Control nos suministra miles de películas antiguas, una colección que parece no agotarse nunca. En el tiempo muerto releemos los viejos manuales de la Estación Q23, una y mil veces. Servos y androides nos cuidan y alimentan, desde siempre, desde que obtuvimos las memorias. Delicados fluidos son vertidos por los conectores mimando nuestras cortezas cerebrales. Las sinapsis químicas permiten a nuestros neurotransmisores formar circuitos gigantescos dentro del sistema nervioso central. Pero solo somos útiles cuando estamos enchufados, al ser llamados por la Unidad de Control, el resto del tiempo no somos hackeables, somos humanos, y esa es la premisa de nuestra condición. Somos un modelo no alterable por ataques de programas externos. Un factor de seguridad.
Nuestra conexión biológica de amantes en Q23.

El narcótico apenas ha rozado la corteza de su encéfalo.
Ya hemos generado adicción.
Está conmigo, acurrucada en el hueco tibio de mi cuello, sus piernas de a ratos sobre las mías alternando sensaciones de temperatura y levedad de músculos bajo las rígidas sábanas. Nuestras voces se encuentran, apenas roncas, son susurros y aleteos de vocablos como grandes pájaros de silicio cansados de volar. No es la pereza de los sentidos, es solo un naufragio lánguido y sereno. Esta tarde ella desliza su dedo sobre el borde de mi nariz y yo observo ese movimiento en la penumbra, su rostro escrutando mi semblante y analizando las arrugas de frente, un diente pequeño mordiendo la comisura de sus labios entreabiertos.
Esta tarde somos barcos serenos en un mar de algodón industrial, los almohadones son escolleras de entendimiento; ella es una nadadora en el desierto de mi cama y yo el madero, un elemento para asir. Las luces parpadean insensibles en sus nichos, sobre las consolas de cromo. Permanece conmigo hasta que la noche reconquista su territorio, adormecida sobre mi pecho, su brazo extendido hacia la nada. Un cansancio moreno y leve con olor sintético, el aroma característico de los amantes sincronizados a las estaciones de batalla. Ese perfume que ocupa las hendiduras de nuestra anatomía y envuelve la presencia de los servos. Esta tarde los besos encuentran el camino constantemente para aceptar los rápidos instantes, y soportar una vida de encierro y la urgencia de la carne.

Una vez al mes tenemos estas tardes de descanso. Unidad de Control lo cree necesario para desacelerarnos y no quemar nuestro metabolismo. Como cuando nos permite caminar hasta el silo. Atravesamos anulares portales de acero y luego un largo pasillo de concreto hasta el contenedor del misil y sus propulsores dormidos. Nos rodean, sin poder verlos, los depósitos del combustible, los brazos retractiles de la plataforma e innumerables tuberías. El cohete está vacío, inactivo, silente, salvo la ojiva que acuna el trueno de la destrucción. Caminamos a su alrededor, admirándolo, rozando su piel metálica con nuestros dedos ágiles. Desde la plataforma que lo rodea miramos hacia el pozo de contención, que se pierde en una bruma de luces atenuadas. Guardamos silencio bajo el enorme cielo de cemento, hasta que el tono agudo de Unidad de Control no indica el tiempo del regreso.

En un lejano y secreto lugar del mundo, quizás a miles de kilómetros debajo de la tierra, un enorme dispositivo se enciende y pide la sincronización de todas las estaciones de batalla. Es la Unidad Central. La comunicación es subterránea, no queda ningún satélite operativo. Poco se sabe de lo que ocurre en la superficie. Las peticiones electrónicas se suceden, millones por segundo. El protocolo barre todas las estaciones. Pocas responden, las consolas están llenas de luces muertas. Imposible saber en qué punto se cortaron las conexiones o si esos países todavía existen. Un parpadeo anuncia que la Unidad de Control de la Estación ISO 3166-1 - alfa-3 - AR-X – Q23 está aún operacional. Se desclasifican etiquetas, se enumeran combinaciones y se expiden autorizaciones. Se chequea que los dos elementos humanos en Q23 estén activos. La respuesta es satisfactoria. Complejos algoritmos chequean las velocidades de las respuestas neuronales. Unidad de Control inclina la cabeza ante la Unidad Central. A las demás estaciones se emite el comunicado por radio habitual. Estas serán las últimas bombas. La Guerra está por finalizar.

La Estación fue construida debajo de un antiguo zoológico abandonado. Incluso una pista de patinaje hubo por allí alguna vez. Ahora solo la atraviesan algunos animales parecidos a lobos, quizás perros asilvestrados, que cazan en jaurías de pocos individuos. No sabemos si quedan otros animales vivos. Ella me dice que somos turistas de un estallido del tiempo y de la historia; suele espiar a través de la persiana a los lobos de nieve semidormidos y les silba bajito viejas canciones infantiles mientras esconde su preciosa nariz entre las cortinas de plomo enriquecido. Ella me dice que suele viajar en sueños en los antiguos vehículos que ve en los video-holos, mirando el paisaje desolado del mundo, para recordarlo más tarde junto a sus personajes románticos imaginados en la noche. Creemos que el mundo está tan desolado como un desierto. Me recuerda que el amor es como el truco del ilusionista, el público, el espectador, adivina el pase mágico pero se desconcierta siempre ante lo inesperado.
Hay un desvarío en el entorno al que estamos sometidos. El encierro, la falta de comprensión de algunas funciones. Ignoramos si los objetivos son zonas militares, ciudades o solo fábricas. Dependemos de las directivas que emite una máquina lejana, ni siquiera sabemos si hay humanos en la otra punta de los cables. Alguien que razone. Aunque ese alguien solo sea un bot que tradujo algo programado hace cien años, al comienzo de la Guerra. Las explicaciones ya se han agotado en la espera. Nosotros estamos agotados. Desvariamos al triple de velocidad que la normal, sometidos a los cambios bruscos de los pensamientos sin pausa ni sosiego. Corregimos algunos de los síntomas con poderosas drogas de diseño. Nuestra extraña simbiosis, sin embargo, funciona; no podemos enloquecer de soledad estando sexualmente conectados y manteniendo activos nuestros pensamientos.
Ella me dice, con un dejo de reproche, que leer los manuales de la Estación es un pasatiempo tonto y egoísta. Muchas veces quiere quemarlos y olvidar todas las instrucciones. No hay peor nostalgia, me dice, que recordar los besos y la piel que el tiempo esconde en el recuerdo. Creo que confunde todo, quizás es el efecto de las grageas azules y el encierro. Rompe diagramas y abandona páginas en los rincones del dormitorio-hogar para no cargar más la memoria. Me ruega que la comprenda, que interprete sus argumentos y su melancolía; las lágrimas trazan cauces de caracol en los acoples redondos de sus mejillas. La abrazo y acomodo sus cabellos sobre la frente afiebrada. También le digo que la amo, y que solo soy un pasajero enamorado de la tarde roja reflejada en su mirada.
Volvemos a nuestra velocidad habitual. Tardamos unos segundos en sincronizarnos, es increíble la satisfacción que eso produce.

Unidad de Control toma el mando, en forma tangible y directa. La radio ha enmudecido. No hay anuncios. Todo se torna exacto y metódico, como dicta el manual. Nos concentramos en nuestra tarea, olvidamos las ventanas bloqueadas por el plomo, el terror a los Soldados Esmeralda y las luces de emergencia que matizan el color de nuestra piel. Sincronizamos en Q23. Nos acoplamos a la velocidad de la Estación. En un instante alcanzamos la definición de los circuitos y nuestros ojos se convierten en el display móvil de innumerables blancos. Un centelleo doble y tenemos el cálculo de todas las combinaciones de trayectorias y elegimos la óptima. Unidad de Control chirría satisfecha. No sabemos si poseemos la última bomba, desconocemos si los propulsores aun funcionan, pero la precisión no se puede dejar a los agentes del azar. No sabemos si en alguna otra Estación distante, otro par de amantes ha sido activado y sitúa su ojiva sobre nosotros. El mundo ya no importa.
Un pensamiento rápido en el instante infinitesimal. Nos amamos.
Hay veces que en un lugar pequeño, solo dos importan.

sábado, 10 de agosto de 2019

"Somos una plaga" por Cecilia Lartigue


Cecilia Lartigue nació en la Ciudad de México. Es escritora y bióloga, y vive actualmente en Francia. Con el cuento “Soy Marina” ganó el tercer lugar del concurso de cuento “Mujeres en Vida”, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Asimismo, el cuento “El perro rengo” obtuvo el primer lugar en el concurso “Mi mejor amigo”, organizado por la Universidad Veracruzana y el Gobierno de Veracruz, México. Su cuento “Ajuste de cuentas” resultó finalista del “WeCare Festival”, organizado por  Universitat Internacional de Catalunya, Àltima i el Institut Català d’Oncologia. Otros cuentos de Cecilia han sido publicados en las revistas Proyecto Sherezade, Letralia, Bicentenario: Ayer y Hoy de México,  Palestra y Bayvet. Incursionó en la novela con “Morirás a tiempo”, publicada por Apeiron Ediciones, y en  el teatro con “Una inmersión en agua sucia”, montada por la productora Carreteras Secundarias, en Barcelona, España   
                                                                                                         
Te mataron justo antes de que nos abandonara el tiempo.  Ahora un día de mi infancia sucede a otro en el que ya estoy sin ti, observando los destellos del sol a través de la lona del campamento colectivo; en el siguiente, estoy sobre una litera de la estación de Ham Wal. Mi impermeable cuelga del perchero y en el piso se encuentran mis botas para el trabajo de campo en las marismas.  Otro día amanezco junto a ti, en nuestro primer departamento, pequeño y luminoso. No encuentro a alguien más que reconozca este desorden del tiempo, pero me digo que siempre hay muchas personas creyendo ser las únicas.
La multitud te golpeaba con palos, fierros, piedras; yo trataba de cubrirte con mi cuerpo, gritándoles “¡¿No ven que está enfermo?!,” pero cómo convencerlos con argumentos, si habíamos perdido ya la coherencia del mundo, aunque a cambio ahora tuviéramos aquí el calor del trópico y algunos de sus colores: grillos, palomillas, catarinas, caña de azúcar, maíz, pastos, helechos, arroz. ¿Quién habría imaginado que tendríamos humedales con agua tibia para cultivar arroz? Pero también llegaron montones de parásitos que desconocíamos.
Con los brazos sobre la cabeza, como tu única resistencia, estabas convencido de que lo que ocurría era inevitable.  “¡Maten al mutante!,” gritaban los niños, cuyos padres les hablaron de zombis, poseídos, androides, personajes de la televisión, surgidos por nuestra culpa, por “nuestra irresponsable idea de progreso”. Hace años también que no hay escuelas para esos niños. Conforme desaparecieron las clases, las reglas y los castigos, se liberó la ira, tanto tiempo contenida.  
Un mundo sin ti tampoco es para mí. Decido tirarme del último piso de nuestro edificio en Markfield Road, ahora sin ventanas, con grafitis lamentables decorando sus muros. La primera vez me paro en la cornisa, miro hacia abajo, hacia todas las islas que nos ha proporcionado la incontinencia del Támesis; Ahora predomina un paisaje lagunar con picos que emergen de manera grotesca: Bishopsgate, el Parlamento, el Shard, Westminster Abbey, figuras lúgubres, gruesos cascarones pudriéndose en la humedad. Cierro los ojos, pero el cuerpo engarrotado me impide dar el paso.
La siguiente vez que amanezco sin ti, me atrevo a lanzarme con los ojos abiertos. Veo la copa de un árbol, personas dispersas, una masa de líneas y siluetas, la luz del cielo, marañas de hierba, lodo, restos de construcciones, brillos del agua, la oscuridad del pavimento. El estruendo del golpe y, enseguida, la negrura absoluta.  Pero después amanezco en un hotel de uno de los tantos congresos a los que fuimos, a veces por separado; o despierto sola, en un lugar que desconozco, al aire libre, con hambre y sed. Me levanto con dificultad y busco comida en un tiradero de basura. Mis brazos esqueléticos están cubiertos de manchas de vejez.
Murieron primero los más débiles: los jefes, los empleados de oficina, aquellos acostumbrados a la comida estéril, al agua embotellada, los maestros, todos los que aislaban sus jornadas del aire, del sol, de la lluvia ácida. Un día ya no están ni ellos, ni sus archivos, ni los libros, ni las computadoras. Las computadoras se usan como bancos, como ladrillos, pues no hay electricidad y los libros, como combustible. Sólo quedamos la gente del “aire libre”: barrenderos, vagabundos, campesinos y profesionistas con trabajo de campo, como tú y yo.
Un día no están los burócratas, pero al día siguiente o meses después, de nuevo las calles están infestadas de automóviles, los edificios de oficina, iluminados, sus vidrios completos, elevadores que funcionan. Los empleados y sus jefes dentro, frenéticos, vestidos de traje.
 “Es fácil distinguir el antes y el después,” te comento, abrazándote con el alivio de estos reencuentros fortuitos. “¿”Antes y después” de qué?,” preguntas. “Después tendremos que defenderte para que no te maten,” respondo. Te relato lo que ocurrirá contigo, con toda esta gente, con el tiempo. Me pides que haga varias inhalaciones profundas, mientras acaricias mi rostro. Desde hace meses, estás preocupado por mis crisis de ansiedad. “Shhhh,” susurras para inducir el sueño.
Despierto sobre la cama de la casa de mis padres a un día frío, de lluvia frugal e interminable, típico de nuestro después inexistente clima londinense. Solicito por teléfono una cita con un médico. Tengo que demostrarles que estás enfermo cuando regrese el día en que te ataquen, si es que regresa. Le describo tus ámpulas, la cavidad en la nariz que dejó la carne sangrante sobre el hueso, tu rostro, como superficie lunar, yagas en todo el cuerpo. Su sonrisa complaciente es la que se le ofrece a un niño. “¡Dígame que es! “. “Me estás describiendo la leishmaniasis,” responde, “¿Tu papá es el enfermo? ¿Viajó a un país tropical?” pregunta y entonces en mi reflejo en el vidrio de su consultorio encuentro a una adolescente. El médico, obviamente, sin la presencia del paciente, se niega a darme un diagnóstico por escrito.  Arranco entonces de un libro de medicina de la biblioteca municipal una hoja con textos e imágenes que describen la leishmaniasis. La guardo en el joyero que me acompañará hasta el día que tuvimos que dejar nuestras pertenencias para mudarnos al campamento colectivo, en busca de alimento.
Caminamos por Covent Garden, como lo hemos hecho cada tarde desde que nos jubilamos y lo hemos seguido haciendo, aun en estas circunstancias de fin de mundo. El West End se libró de la inundación por estar a una mayor altitud que el resto de la ciudad.
En una banca está sentada una mujer joven con una pierna inmensa, con pliegues y ámpulas, como si fuera la pata de un elefante viejo.  “¡Te lo mereces!” le grita un hombre mayor. La joven baja la cabeza, concediéndole razón. Desde que empezó este caos, cada vez se escuchan más gritos, se lanzan más acusaciones, los pleitos son más violentos.  Nadie sale a la calle sin un palo o una piedra en la mano.
Calores inusuales, aguas infestas, lluvias desplazadas, floración anticipada de magnolias, orquídeas, del cacao. Su espléndida oferta de néctar y polen resultó inútil: los convidados llegaron tarde, es decir, a tiempo en el orden usual de la vida.  La muerte de escarabajos, abejas y mariposas y de nuestro propio alimento. La vida pendiendo de un hilo. Revolvimos la obra de una evolución, respetuosa del orden cronológico. El tiempo nos dio entonces la espalda. “Yo creo que esa es la razón de la ira. En realidad, estamos furiosos con nosotros mismos por lo que hemos hecho con el planeta,” comento cuando estamos acostados sobre nuestras colchonetas, dentro de la enorme carpa del campamento colectivo. “Y entonces merecemos un castigo, ¿no?,” me preguntas. “Pues claro. Hemos puesto en riesgo nuestra propia sobrevivencia”. “Si los seres humanos somos otro producto de la evolución, nuestros pensamientos y acciones también lo son.  Lo que está pasando es simplemente lo que tenía que ocurrir, aunque desaparezcamos en el proceso.” respondes. “No puedo creer que digas esto, con el trabajo que hemos hecho todos estos años,” te digo, refiriéndome al sin fin de proyectos que hicimos juntos para “proteger” al medio ambiente. “Suenas como esos religiosos que tanto despreciabas: resignados e indolentes.”, agrego, dándote la espalda y cubriéndome con la sábana húmeda y con olor a caverna que nos prestaron en el campamento. ¿Te habrá desquiciado nuestra nueva condición de vida, el estrés, la desolación, o sencillamente tendrás demencia senil? No sé.
La multitud te golpeaba con palos, fierros, piedras...

Estamos de nuevo juntos, sobre nuestra cama. Tú de espaldas, con tu cabello completamente cano. Es la primera vez que amanezco en un momento en el que todavía conservo mis pertenencias. ¡El joyero! Lo abro con manos trémulas. ¡La hoja sobre la leishmaniasis está dentro! Cuando llegue el momento, podré salvarte de esa muerte violenta.
Un olor a pescado podrido me despierta. Me duelen las articulaciones, la espalda, me cuesta trabajo ponerme de pie. La piel fruncida de mis manos huesudas me recuerda que soy una anciana. Estoy dentro de una construcción en ruinas con pocos muros en pie. Debajo de mí, una capa de escombros: fragmentos de cemento, varillas, vidrios de colores. Fuera, cerca del borde del lago, un perro muerto. Su esqueleto está casi desnudo, sólo la cabeza está cubierta de pelaje. Desde que clausuraron el campamento colectivo por falta de provisiones, la gente comenzó a comerse a sus mascotas. Varias ratas se agolpan alrededor de la cabeza de este perro. Oigo pasos. Me quedo inmóvil. Sólo poseo una cobija, pero ahora se matan unos a otros a cambio de cualquier cosa o para descargar su rabia. Dos mujeres jóvenes, se acercan a las ratas y las tunden de palazos. Recogen los cadáveres y se van. Dejaron algo, un cilindro de plástico. ¡Es un filtro de agua! No hay nada más valioso que este aparato que permite beber el agua del Támesis. Me apuro a esconderme. Es seguro que regresarán, nadie da por perdido algo tan precioso. Tomo mi cobija y camino en sentido opuesto al lago, a la máxima velocidad que mis piernas me permiten. Nunca había robado. Por eso como lo que encuentro en la basura, porque no quiero ser como ellos. Pero ahora nadie es como era antes, me digo, porque lo único importante es sobrevivir.   
Estamos acostados sobre la colchoneta del campamento. te comento que la ira se debe a que el ser humano está furioso consigo mismo por el daño que le ha hecho al planeta. Tu respondes con sarcasmo: “Y entonces merecemos un castigo, ¿no?,”.  Yo te digo que sí, puesto que ahora nuestra propia sobrevivencia está en riesgo. Tú respondes que, si somos producto de la evolución, todo lo que pensamos y hacemos también es producto de la evolución y, en consecuencia, lo que ocurre es inevitable. Día repetido: mismo lugar, nuestros mismos argumentos, pero esta vez no me molestan tus respuestas. Por el contrario, comienzo a estar de acuerdo contigo. Ante mi impotencia ante los caprichos del tiempo, a la rabia de la gente, no queda más que creer que los eventos están predestinados y habrá que dejarse llevar. Quizás así podré salvarte, abandonando mis convicciones y mis batallas.  
Mañana de penumbra, como si nunca fuera a amanecer, el ahora para mí glorioso invierno londinense. Estoy en el cuarto que rentaba cuando era estudiante universitaria o cuando lo estoy siendo. Lo sé por los carteles de ecologistas que decoran mis paredes: Nicholas Victoria, Anne Bientout, Tagre Tuna, David A.T. Barrios. Quito primero el de David, con cautela, desprendiendo primero las tachuelas, deslizando después el papel sobre el muro. Pero recuerdo los palazos, tu cara sangrante, los gritos, las pedradas, tu mirada inerte y de pronto veo los carteles con lucidez: La gloria de esta gente fue patrocinada por nuestra culpabilidad. Cada uno construyó una carrera a base de reproches, generando un odio contra nosotros mismos, un odio que en el futuro te costaría una muerte violenta. “El ser humano es una calamidad”, “Somos la plaga del planeta”, “No te desplaces, no comas, no bebas, no respires”. Desgarro la imagen de Greta, tirones de esa cara redonda de niña indefensa, tirones de Anne, de ese rostro esquizofrénico: ojos acusadores por encima de una aparente sonrisa obsequiosa; tirones de Nicholas, que coronó sus reproches con un suicidio para aderezar nuestra deshonra. Tiro todo ese papel a la basura, junto con mis libros y apuntes. Pierdo el ímpetu cuando pienso en el impacto irrisorio de las acciones solitarias. “Nunca en la historia de la humanidad han existido los “únicos”,” digo en voz alta. Sin duda somos muchos los que estamos optando por aceptar el destino.
Días de vejez entremezclados con otros de juventud y de infancia. Cada vez que puedo combatir las batallas de los ecologistas, lo hago con fervor.  Basta con recordarte en el piso, en posición fetal, con los brazos sangrantes sobre la cabeza, recibiendo los golpes de la multitud. Combato mediante las redes sociales, firmando peticiones, asistiendo a manifestaciones. A veces somos pocos con las pancartas a favor del progreso, del consumo libre, de la libertad de acción, de la dignidad humana, pero otras, somos cientos de miles y entonces entiendo que tuve razón: no fui la única que entendió el origen de la rabia.  
Por internet hago un pedido de antimoniato de meglubina, el tratamiento contra la leishmaniasis. Lo hago consciente de que es poco probable que aparezca el día de su recepción en esta ruleta de tiempo. Lo mismo que el día que dejamos nuestra casa para mudarnos al campamento colectivo: llevo el joyero con el papel sobre la leishmaniasis, con la esperanza de que la próxima vez que estés enfermo ocurra después y no antes de esto.
            En una madrugada me despiertan tus gemidos. Las úlceras de la enfermedad te causan mucho dolor y lo único que puedo hacer en estas condiciones es abrazarte, tomar tu mano.  Estamos bajo un árbol, rodeados de arbustos, en un buen escondite. Hundo la mano en la bolsa de plástico que tiene nuestras escasas pertenencias. ¡El joyero no está dentro! No podré demostrarles que estás enfermo y viviremos de nuevo la pesadilla. “Quedémonos aquí todo el día,” propongo. “Pero necesitamos buscar comida,” respondes. “Lo haré yo y tú te quedarás aquí”. “Por favor no te muevas de este lugar. No tardo,” insisto antes de encaminarme hacia el basurero.
            Cuando regreso con gusanos y hierbas en la mano, el único alimento que pude encontrar, te veo a lo lejos, sentado en el piso y rodeado de gente. Corro hacia ti con un llanto anticipado: “¡Déjenlo en paz!”. “Nadie me está lastimando,” me dices, sorprendido. Quienes te rodean son jóvenes, desarmados, con una mirada triste, pero resignada, como del perro apaleado por su propio dueño. Miran tus heridas con cierta curiosidad, tan mediocre como mi consuelo: tendrás una muerte muy dolorosa, pero sin violencia, gracias a que en este escenario todos nos conformamos con nuestro destino.
“Esto es un buen comienzo,” digo en voz alta y ninguno, excepto tú, levanta la mirada para atenderme, “Otro día recibiré el medicamento a tiempo, otro más te salvaré de la furia con evidencias y quién sabe, quizás algunos más sucedan a momentos cuando tú y yo todavía no habíamos nacido y hubo gente que impidió todo este desastre.” “¿Cómo quiénes?” preguntas. “Ecologistas que intervinieron a tiempo.”. “Tal vez tienes razón,” respondes, para mi sorpresa.

(*) "Las tentaciones de San Antonio. Obra de Mathias Grünewald 

miércoles, 10 de julio de 2019

Resultados de la convocatoria "Amar en Tiempos del Fin"

Convocatoria "Amar en Tiempos del Fin"

Primer Premio
Somos una plaga (Cecilia Lartigue.  México - Actual residencia en Francia)
Segundo Premio
Los amantes en Q23 (Jorge Lacuadra. Santa Fe, Argentina)
Tercer Premio
Aquí y ahora  (María Valentina Quirino. Mendoza, Argentina)
Premio Cruz Diablo Joven
Hostilidad de balanza (Rocío Comini. 18 años. Buenos Aires, Argentina)
Menciones especiales
Caronte se busca (Maximilano Sacristán. Lujan, Argentina)
Villa Perdición  (Lobabistrot. México)
Una mujer de palabra (Gema Bocardo. España)
Si me quedara contigo (Ricardo Piera Chacón. Bahía, Brasil - Actual residencia en España)
Cuento N° 67 (Nicolas Sambucetti)
Ramillete carmesí (Daniel Herrera Beltrán. México)
La carta (Pedro Liberato. Santo Domingo, República Dominicana)
Mi cuerpo ya no es transparente (Marta Gatumel. Barcelona, España)
El puente (Martín Iguarán. Buenos Aires, Argentina)
Anuncia la sexta extinción de las especies (Anahí Bidegain, México)
Un día en la tierra (Josefina Decoud. Santa Fe, Argentina)
---Hasta aquí los relatos que integrarán el número especial---

Finalistas:
Los placeres del final (Elino Villanueva Gonzalez. Tianquizolco, México)
La Salvación (Melissa Ángeles Jurado. México)
En mil pedazos (Cristián Forestier. Buenos Aires, Argentina)
Cuando la tierra de abra (Eugenia Zuran. Buenos Aires, Argentina)
Todos somos hormigas desde arriba (Juan Manuel Rodriguez Rivera. México)
El Primer Beso (Carlos Enrique Saldivar. Lima, Perú)
La inundación (Gonzalo del Rosario. Perú)
For ever (Lidia Kelly. Argentina)
La yerba del fin del mundo (Nicolas Gallardo. Azul, Buenos Aires. Argentina)
Fuego de artificios (Miriam Jaque. Santiago, Chile)
La habitación aterciopelada (Andrea Marone. Mendoza, Argentina)

miércoles, 6 de marzo de 2019

Convocatoria "Amar en tiempos del fin"

Cruz Diablo convoca  a escritores y escritoras mayores de 16 años y sin restricciones de nacionalidad a la convocatoria “Amar en tiempos del fin”. Los relatos deben estar escritos en castellano, en letra Arial o Times New Roman 12 puntos, interlineado a doble espacio y no podrán superar las 2.500 palabras. Los relatos más valorados por el jurado integrarán la Antología “Amar en tiempos del fin” publicada por Cruz Diablo en formato digital. La temática debe trascurrir en tiempos del fin (tempos post apocalípticos) y tener como protagonista a una pareja (sin importar la relación de pareja ni relación de género).
·         Los relatos deben enviarse a revistacruzdiablo@gmail.com en un archivo Word.
·         En el cuerpo de mensaje debe enviarse el título del relato y una breve biografía del autor.
·         Debe enviarse una foto en formato JPEG o similares, siempre que sean archivo de imagen y no pegando la imagen en Word.
La convocatoria de abre el día 7 de marzo de 2019 y se cierra a las 23:59 del 7 de mayo de 2019.

lunes, 11 de junio de 2018

"Métodos Expeditivos" Por Gerard Moliné

Gerard Moliné Celma. Barcelona. España. Formado en cine, televisión y comunicación, ha sido redactor del Grup Enciclopèdia Catalana y escribe críticas cinematográficas para la revista Ruta 66 y el fanzine Ceremonia Sangrienta. Como escritor de ficción ha publicado relatos en formato físico y digital en las siguientes publicaciones: Matrimonio y Madera Para el Frío (Penumbria, Nº 30 y 31 respectivamente, México, 2015), Pelo Verde (Antología Payasos Malvados de Vuelo de Cuervos, España, 2016), Las Ovejas Descansan en Paz (El Narratorio Nº 10, Argentina, 2016), Cuento de Navidad Precipitado (Convocatoria VIII El Visor, España, 2016), Pesadilla Recurrente (microrrelato en Convocatoria Inspiraciones Nocturnas IV de Diversidad Literaria, 2017) y La Casa de Mis Sueños (Vuelo de Cuervos Nº7 pendiente de publicación).

Nunca había cogido el tren que lleva a las afueras. Normalmente no me desplazaba hasta tan lejos por aquel entonces, no tenía necesidad. Las casas que ofrecían estaban en el centro o, como mucho, en los “nuevos” barrios de la periferia. Digo “nuevos” porque eran nuevos por aquel entonces. A mí aquello me recordaba a mi abuela que aún especificaba si bajaba a la “ciudad” o subía al “monte”, cuando todo ya se entremezclaba en una amalgama de autopistas, puentes levadizos, líneas de metro y tren y rotondas. La gente ya era de todas partes. 
Las ciudades se habían unido entre sí en inalcanzables entes urbanísticos capaces de devorar cualquier espíritu a base de bloques y bloques de granito y plesteck. Cualquier idiota con un mapa descargado del Ministerio podía construir su propia casa con kilos y kilos de plesteck y una buena impresora de última generación. Y pensar que todo esto empezó con las impresoras 3D…
Pues allí estaba yo, portando mi maletín con mis cosas y un montón de proyecciones gráficas de casas prefabricadas para vender o alquilar. Todas devaluadas, por aquel entonces, debido a la sobre fabricación. Lógico. La gente no sabía qué hacer con sus vidas y se dedicaba a cambiar de casa de año en año, o a ampliarla de forma incontrolada hasta que se encontraba con incongruencias arquitectónicas fruto de una mente enferma. Escaleras del revés o que terminaban en el techo, pasillos a la mitad, habitaciones conectadas por ventanas, etc. La antigua casa Winchester, pero a lo grande. Más cosas de mi abuela…
Las explosiones también eran el pan de cada día. Explosiones NO contaminantes. A diario desaparecían en Magalópolis Futura una media de seiscientas mil casas o edificaciones: palacios y palacetes, apartamentos, casas, mansiones, castillos, torres, rascacielos y hasta aeropuertos y centros comerciales. Recuerdo un día ir al Wishi’s a por una hamburguesa de tofu con tempura y encontrarme una réplica de Disneylandia, pero en Futura. Las lágrimas me caían a chorro por las mejillas, no por la hamburguesa, sino por los recuerdos de infancia que me sobrevinieron de forma inesperada. Tuve que descargar del Ministerio la actualización a mi implante y volverme a situar en el mapa. 
Aquello de los trenes era una jodienda. Yo recordaba cuando los coches eléctricos empezaron a volar y cuando hubieron los primeros accidentes y luego la nueva ley de sanidad que prohibía el transporte particular. Aquel gobierno estaba chalado y nos chaló a todos.
La ciudad se erigía interminable aquella noche. El humo de las últimas explosiones del día se mezclaba con las bolsas de ozono lanzadas desde los satélites generando estelas de luz. Era como agitar una bola con agua y purpurina. 
En el vagón viajaba una hermosa muchacha adicta a las extensiones de su chip. Era guapa, con los ojos pintados y el pelo plateado, a la moda. Lucía un jersey auto lavable y una corta falda plastificada. Del turgente trasero colgaba una extensión en forma de cola de mapache. Era una chica mala, de las que me gustan.
Durante el trayecto me miró tres veces, le debí parecer viejo y se sorprendió de que estuviera más pendiente de ella que de mi chip. Había subido en Sur 46 y debía dirigirse al centro a por juerga. 
No lo había planeado, pero todo comenzó a tomar forma en mi cabeza cuando subió un borracho en Sur-Este 57 y me arrebató toda la atención. No era una zona problemática, ya no las había, pero la chica y yo nos sobresaltamos. El tipo era viejo pero fuerte, parecía un antiguo estibador del puerto a juzgar por los tatuajes removibles de su brazo con frases de resistencia política y en pro del desaparecido Sindicato. El tío iba pedo de verdad, a penas se aguantaba. Yo estaba decidido a proteger a la chica si se daba el caso, la había visto primero. 
Se colgó de la barra del techo tambaleándose a la vez que repartía su hedor. Con el primer acelerón se dejó caer sobre la chica abalanzándose como un oso. Ésta gritó intentando zafarse mientras el marinero intentaba meterle la lengua hasta el gaznate.
Me levanté mirando alrededor y levanté el maletín con intención de arrearle. No había cámaras de seguridad, se prohibieron en 2054 ya que vulneraban el derecho a la intimidad. No llegué a golpear al tipo, no hizo falta.
El tren se detuvo bruscamente y las puertas de abrieron dejando paso a unos veinte agentes de movilidad y seguridad del Ministerio, que ataviados con pasamontañas y armas eléctricas golpearon al tipo hasta convertirlo en un despojo. La chica quedó tumbada en el suelo cubierta de babas y de sangre. Aquellos tipos eran expeditivos, se encargaban de todo y sus detectores de movimientos sospechosos eran la última tecnología. Aquellos sensores se activaban con los decibelios de los gritos de inocentes, con la aceleración del ritmo cardíaco de la víctima y emitían un juicio al chip personal de cada agente, que era aerotransportado por una de las múltiples naves que vigilaban el cielo.
Aquel tipo tuvo mala suerte, debió topar con un transporte bastante grande a juzgar por la melé de chalecos que había sobre él. Lo estaban machacando. Sus ojos estaban desorbitados y los alaridos de dolor eran insoportablemente agudos. Le saltaron varios dientes con las descargas y su piel fue tornándose negra como el carbón. Olía a bacon ahumado. Yo me acerqué agachado a la chica y la cogí del brazo. Era preciosa y estaba indefensa.
—¿Estás bien?
Ella asintió con ojos extrañados.
Los agentes se llevaron a rastras al tipo dejando un reguero de sangre que se auto limpió al instante. 
Gracias a aquellos chicos, el crimen había descendido un 44% los últimos cinco años, cosa que obligó al Ministerio a reducir el número de cárceles un 30%. El gobierno y las autoridades atribuían el mérito a los nuevos métodos policiales y a la abolición de la libre circulación de personas entre naciones. No había inmigración. Así de fácil. La sociedad se había vuelto racista con la nueva ola de pensamiento procedente del norte y el gobierno obligaba a tener tres hijos por pareja. Yo ya tenía mis tres. Sus nombres son irrelevantes.
Ayudé a la chica a recomponerse y ella apoyó la cabeza sobre mi hombro, compungida. Era frágil, muy frágil.
Cuando pasamos por el túnel, saqué del bolsillo la jeringuilla con la solución de narcótico que compraba habitualmente en el barrio rico y la inyecté en su cuello con suavidad. Primero no se dio cuenta y luego me miró sorprendida. Sus ojos se llenaron de terror, pero ya estaba paralizada. Entonces me reconoció, salía en televisión, era famoso. De sus ojos cayeron dos lágrimas de clemencia mientras le sujetaba la nuca con fuerza, luego abrí mi maletín para sacar el cuchillo de desplumar de mi abuela. Era un cuchillo fantástico y vaya que si desplumaba. Con sólo la luz de emergencia, el arma lucía increíble. La pasé por el cuello de la joven y no fue hasta pasado unos segundos que la carne se abrió como si una mano invisible hubiese dibujado en la piel con una pluma. La sangre borboteó hasta el suelo y el cuerpo se desplomó sobre el asiento como si lo hubieran desinflado. Dormir no era delito y el auto limpiado hizo el resto. Era hora de irse, antes de que el registro de limpieza robótica detectara ADN humano en los restos limpiados y se mezclara con el Luminol.

Aquella fue mi víctima 23, luego vendrían cinco más. 
Recuerdo ésta con especial cariño porque estuvo a punto de NO ocurrir.
Nunca me detuvieron y si estoy en la cárcel es porque me entregué. 

Apaga eso, no tengo nada más que decir.

miércoles, 23 de mayo de 2018

"Es hambre, nada más" Por Diana Beláustegui

Diana Beláustegui nace en el 74 en medio de las inundaciones de Santiago del Estero, el río la tragó y tuvo un encuentro cercano con el Cthulhu, desde ese día sólo historias truculentas son maquinadas por el cerebro ahogado. Ama leer. Colaboró con varias revistas online.  Publicó en el 2014 su primer libro: Escorpiones en las tripas.
Lleva un anzuelo en el bolsillo, con un tentáculo reseco.
Cruz Diablo presenta hoy el relato "Es hambre, nada más", finalista del Certamen de literatura de terror distópico "El mundo en tinieblas". 


Cándida estaba mezclando la olla cuando el soldado apareció con aspecto cansado.
Entrecruzaron miradas.
Desde que los misiles habían impactado hacía unos 4 años, el ecosistema había cambiado.
A Cándida le gustaba la soledad del monte y se había construido una casita modesta en la espesura del bosque santiagueño. Ahora, de su hogar entre imponentes quebrachos colorados, sólo quedaba un intento de vivienda casi destruida en medio del salitral desierto.
Los cuarenta y cinco grados cuarteaban la tierra, tiñendo de ocre una realidad distópica. El futuro de miseria y hambre había llegado, todos los malos vaticinios de la humanidad estaban ahí, hechos piel ajada y deshidratada. Se habían materializado en los ojos irritados de la mujer y en su pecho devastado.
El gobierno había dado la orden de “Ayudar al soldado que diera su vida por la nación y la supervivencia del hombre”.
—Menos mal que la mujer es cucaracha y sobrevive a todo —había pensado esa vez con un dejo de amargura.
En sus buenos tiempos fue una feminista que luchaba por los derechos de las mujeres, no había hombre que se animara a interferir cuando ella salía a patear patriarcados, ahora era una sombra podrida en medio del rajante sol.
—Buenas, señora —saludó el hombre y se refugió en la sombra.
—Tengo hijos que alimentar, mucho no te puedo dar.
—Está bien, señora, con lo que pueda me basta. No soy de aquí. No estoy acostumbrado al calor, necesito agua y descansar un poco.
—¿Por qué andas solo? —averiguó, mientras sacaba del pozo el líquido sagrado y se la acercaba.
El hombre se adueñó de la olla y así como tomó el agua con avidez, luego la vomitó.
Cándida se quedó mirando unos segundos la tierra reseca que se adueñaba del vómito.
Ahora estaba tranquila, ya no tenía tanta hambre, pero hubo un tiempo en que se habría peleado con la pachamama por esa clase de mejunje.
—Tomá despacito, haz sorbos chiquitos.
Lo observó.
Al hombre, el estómago se le contraía. Se tapaba lo boca con ambas manos y contenía la respiración.
Cándida sonreía divertida.
Después de unos minutos tensos, los músculos del soldado comenzaron a relajarse.
—¿Me puedo mojar?
—No entiendo.
—¿Tiene agua suficiente? Me gustaría mojarme.
—Sí, la última lluvia llenó el pozo, lavate tranquilo, las lluvias están volviendo.
Lo vio alejarse hacia la parte trasera de la casa, el soldado tenía una vergüenza poco común en esos tiempos. La humanidad podía ser extraña a veces.
El hombre se apoyó en la pared tras los primeros baldazos y cerró los ojos.
Percibió el agua corriéndole por el cuerpo, los vellos erizados, la felicidad de encontrar gente y luego el olor a sopa, el hambre, la saliva que se le juntaba en la boca desobedeciendo al organismo que emitía órdenes de no malgastar fluidos porque estaba en un grado peligroso de deshidratación.
Se animó a mirar el interior de una habitación que tenía la ventana abierta, las otras piezas permanecían cerradas.
Lo primero que hizo fue reconocer el tratamiento de la carne seca.
Dentro de un contenedor lleno de sal, podía ver las lonjas de carne que se asomaban.
—¿Vizcacha? —pensó mientras miraba alrededor.
Del monte quedaban vestigios de pequeños árboles secos.
Tenía entendido que la fauna estaba casi desaparecida desde los últimos ataques aéreos. Pero los sobrevivientes seguramente habían encontrado algunos animales para comer.
El huerto eran unas plantas peladas y tristes de papas y cebollas.
Tenía metida prácticamente la mitad del cuerpo por la ventana.
Dentro del habitáculo oscuro olía a sangre y descomposición.
Algo en el aire se le filtraba por los poros y le gritaba que las cosas no estaban bien.
Presentimientos.
—Tengo sopa ¿vas a tomar? —le preguntó ella y el soldado casi pierde el equilibrio.
El rostro de la mujer había mutado, ahora aparecía un destello morboso en los ojos.
—Si, por favor —contestó, intentando que no se notara el miedo.
La siguió.
—Cuando los soldados pasan por aquí, lo hacen en grupos grandes, de 10 a 15 hombres. Nunca puedo darles de comer a todos, aunque ellos siempre toman lo que quieren.
Silencio.
—Sentate aquí, ya te traigo la comida.
La vio alejarse hacia la olla que hervía en un brasero y aprovechó para mirar el interior de la casa, desde donde estaba podía ver la misma habitación, la puerta estaba abierta, había un charco grande de sangre en el piso y huellas que iban y venían.
La observó, ella misma tenía la pollera manchada de sangre.
—Hay olor a carne —aseguró él, paranoico— , ¿qué cazan por aquí? No sabía que había animales.
—Sí, hay —respondió sin darse vuelta—, vienen de vez en cuando en grupos de 10 a 15.
La mujer se acercó con el plato de sopa, en el líquido blanquecino flotaban algunas papas y unos pedazos de carne.
Se miraron.
—¿De dónde sacas la carne, hija de puta? —gritó mientras tiraba a un costado el alimento.
Se paró de golpe y la agarró del cabello mientras le apuntaba con el arma.
—Hubo soldados desaparecidos hace unos 3 días ¿vos les has hecho algo, hija de puta?
Cándida reía, le faltaban casi todos los dientes y el aliento hedía a muerte.
—Mostrame los huesos de lo que estás cocinando.
La llevó arrastrando y entró a la habitación sangrienta.
En un rincón: lo que quedaba del muerto estaba oculto bajo una manta mugrosa.
—¿Qué has hecho, hija de puta? —gritó.
La tiró al suelo con un puñetazo, se acercó y le pegó una patada a la altura de los pechos. La mujer gritó en medio de una carcajada.
El hombre se armó de valor e hizo a un lado la manta. Eran dos los cadáveres. Parecían muñecos rotos, los había acomodado sobre los restos de unas almohadas. Les faltaban los brazos y parte de los músculos abdominales. Parte de los diminutos músculos abdominales. Le costó reconocer lo que estaba viendo.
—Mellizos eran —aclaró ella de rodillas junto a los restos—. Después de la comida te puedo dar leche, tengo las tetas llenas. Nacieron ayer nomás —le dijo con una risita extraña que por ratos se desdibujaba en un principio de llanto.
La apartó de una patada.
—Mina de mierda, hija de puta, sucia. Hasta las perras tienen instinto maternal, inmunda.
—No se come con el instinto maternal —gritó ella y él le apuntó a la cabeza.
Pudo ver el horror en los ojos de la mujer, el rictus de ironía se le había ido, la sonrisa burlona se trastocó con la gravidez del chillido aterrado.
El disparo le abrió el cráneo y dejó una pintura abstracta y sabrosa sobre la pared.
El estallido lo dejó aturdido unos segundos, escuchando sólo un atisbo de imploración de la asesina asesinada y luego otros gritos más lejanos.
Estaba mareado, la pieza giraba convulsionando su ya frágil estómago, giró para salir y los vio.
Tres niños de distintas edades miraban la escena en medio de una crisis de llanto.
Tres niños famélicos, con las panzas hinchadas, desnudos, sucios, que habían estado esperando en silencio por el alimento prometido.
Tres niños, hijos de la guerra y la hambruna, que lloraban a la asesinada-asesina, menos que perra, madre obligada, probable comida que comenzaría a pudrirse en cuestión de segundos.





Diana Beláustegui nace en el 74 en medio de las inundaciones de Santiago del Estero, el río la tragó y tuvo un encuentro cercano con el Cthulhu, desde ese día sólo historias truculentas son maquinadas por el cerebro ahogado. Ama leer. Colaboró con varias revistas online.  Publicó en el 2014 su primer libro: Escorpiones en las tripas. Lleva un anzuelo en el bolsillo, con un tentáculo reseco.