jueves, 17 de octubre de 2019

"Si me quedara contigo" Ricardo Piera Chacón


Ricardo Piera Chacón. Máster en Estudio de Lenguajes. Profesor de Literatura. Cursa estudios de Doctorado en la Universidade Federal da Bahia. Nacido en Chile, ha vivido durante dos décadas en la ciudad de Salvador de Bahia, Brasil. Actualmente, pasa una temporada de dos años en la ciudad de Valencia, España, donde, además de escribir su tesis doctoral, frecuenta un taller de escritura creativa en los Talleres Libro Vuela Libre, dirigidos por Aurora Luna. Aunque escribe desde pequeño, solo hace algunos meses ha decidido enviar sus relatos a concursos y editoras. Hasta la fecha, no ha publicado.  

El excesivo deseo en el rostro que ocupaba casi toda la pantalla incomodó a José María. Fue lo primero que vio al entrar en la oscuridad de la sala. Dos o tres siluetas casi lo rozaron al pasar a su lado. Pero él se concentró en la luz que venía de la película. Todo en la chica era artificial: el pelo teñido de un rubio canario, el carmín que extravasaba las líneas de sus labios, como si hubiera querido dibujarse una boca más sensual de la que tenía, el negro que bordeaba unas pupilas de vidrio azul. Pero, sobre todo, su deseo: una calentura que no parecía sentir ni sabía interpretar. La cámara se alejó dejando ver los cuerpos bien delineados de los dos hombres que compartían la escena con ella. Por qué tienen que dar películas hetero en esta mierda, si saben que aquí solo vienen maricones, pensó José María, dirigiendo su mirada hacia las butacas.
         Despacio, caminó a ciegas por el costado. Antes de tomar el pasillo central, se sentó en una de las butacas de la primera fila y miró hacia atrás. Sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Varias figuras ocupaban los asientos de ambos lados del corredor, alejados unos de otros. Su corazón palpitó más fuerte al constatar que ese día había muchos. Más de uno querrá romperme el culo, pensó excitado. Se levantó. Tomó el pasillo del medio y subió hasta la puerta que daba a los baños. Sintió varios ojos observarlo mientras avanzaba. En la última butaca antes de la puerta, un hombre bastante mayor extendió el brazo tratando de agarrarle el bulto con la mano. ¿Te la chupo?, le preguntó, abriendo una boca con pocos dientes.
José María se esquivó sin responderle. No era porque fuera viejo ni nada parecido. Simplemente, no estaba allí para hacer lo que siempre hacía con su marido. El Nilo era el lugar adonde iba para ser penetrado. Un deseo que le había vuelto cuando habían cumplido más de diez años juntos. Sentía que, de decírselo a su pareja, la relación se vería afectada. Y eso era lo último que José María habría querido. Apreciaba, por sobre todas las cosas, su estabilidad. Aunque al principio había sido difícil que su familia lo aceptara, su matrimonio le había dado, sin duda, legitimidad a su condición. Si se separase, vendrían las miradas reprobadoras, las preguntas, las críticas. No estaba dispuesto a pasar por nada de todo aquello que conocía de sobra.
Giró brusco, huyendo de la mano curiosa. Agarró la manija que hacía de picaporte y entró en el baño de la izquierda. No había nadie. Se miró en el espejo y salió para entrar por la puerta derecha. Un muchacho delgado, en medio del baño, mamaba de rodillas un hombre barrigudo, mientras otros dos, cerca de los orinales, se tocaban el pene mirando la escena. José María sintió apretársele la braguilla. Su mirada se cruzó con la de otro tipo que lo observaba todo apoyado en la puerta de uno de los retretes. Al percibir la excitación de José María, el tipo le sonrió descarado. Era bajo, aunque no del todo para los padrones del país. La piel tersa y un cuerpo bien definido le daban una apariencia de adolescente. Pero sus ojos marrones sostenían la mirada de quien ya ha vivido lo suficiente. Debe tener unos treinta y cinco, pensó José María atraído.

Se lo comió con los ojos, dejando asomar la punta de la lengua entre los dientes, al sonreír con ese gesto que había vuelto loco a su marido cuando se conocieron. El mismo gesto que le ofrecía a todos los extraños por los que se dejaba poseer cuando salía a buscar. Con un movimiento rápido de cabeza lo invitó a que lo acompañara. El tipo lo siguió hasta llegar al hoyo, nombre que José María le había dado a la hendidura que se formaba entre la pared y el arco de la escalera que llevaba hacia la platea superior. Para tener acceso a ella había que salir de la sala y pasar por el corredor en frente a la boletería que daba a la galería comercial. Había caminado sin mirar atrás, pero sabía que el hombre lo escoltaba. El deseo trepándole por las piernas.
Se detuvo. Miró por debajo de la concavidad, casi seguro de que habría otros al acecho. Pero estaba desocupado. Entró aún más excitado y esperó de espaldas en la oscuridad. No tardó en sentir la respiración que salía de la boca que había empezado a morderle el cuello. Sin darse vuelta, palpó el cuerpo que lo rozaba. Al sentir la mano de José María que le acariciaba la dureza del bulto, el hombre lo apretó contra sí, encajando sus cuerpos viriles.
– A que quieres que te folle, le dijo bajito. – Estás bueno, es verdad, pero tendrás que pagar.
La frase no sorprendió a José María. Pero tampoco le quitó la calentura como solía pasarle. Era común encontrar muchachos que lo hacían por dinero en esos cines del centro y, aunque nunca pagaba, pues se sentiría poco atractivo teniendo que compensar su placer con algo que no fuera su cuerpo, se dio cuenta de que su vanidad cedía ante el deseo que le despertaba aquel tipo. No era su físico, sino la forma como lo había apretado entre sus brazos.
– ¿Cuánto?, le preguntó manteniendo la espalda pegada al pecho que lo ceñía firme.
La respuesta fue interrumpida por un estruendo que sacudió el edificio. José María vio perplejo cómo el hombre lo soltaba y segundos después corría hasta la salida del hoyo. Pedazos de cemento y polvo blanco obstaculizaban la pasada. El hombre empujaba inútilmente con todo su cuerpo.
– ¿Te vas a quedar ahí parado, maricón?, le gritó. – ¡Ayúdame a abrir un hueco, si no quieres que se nos venga encima esta cagada!
El ímpetu de su voz hizo que José María intentara salir de su letargo. Pero le dolían los oídos y el polvo se le metía en los ojos, irritándolos. El hombre lo tironeó por el brazo. Entonces, como por inercia, José María se acercó y empezó a escarbar junto a él, sin fuerza, sin ganas, ajeno. No sabía qué había ocurrido y la tarea se le hacía interminable, pues la polvareda le dificultaba la respiración. Un ardor le recorría el cuerpo. Aunque no conseguía ver muy bien, intuyó que el derrumbe le había provocado algunas excoriaciones. Abandonó la faena y se sentó cansado en el suelo sucio. Los ojos cada vez más hinchados, las heridas quemándole la piel.
Un haz de luz entró por el vano. José María se incorporó lento. Con una mano trémula, le tocó el hombro. El hombre lo miró agotado. Siguió retirando uno por uno los pedazos de cemento y fierro, hasta formar un agujero lo suficientemente grande para sus cuerpos. Primero empujó a José María, que se dejaba manipular indolente. Cuando lo vio fuera, le pidió que lo ayudara con una mano. Al palpar la callosidad de su piel, José María volvió a sentir deseo. Pero, aunque se le puso la piel de gallina, no tuvo coraje para insinuársele, cuando lo vio de pie, masculino, frente a él.
– ¿Qué mierda ha pasado?, preguntó el hombre al ver la galería totalmente abajo.
Sin responderle, José María lo siguió al verlo moverse. Recorrieron lo que quedaba del corredor. Al llegar a la calle, se detuvieron ante una ciudad en ruinas. En silencio, el hombre tomó el camino que quedaba a su izquierda, pues pensó que el cerro que se vislumbraba al final de la avenida, en medio del humo gris, le serviría de guía. De lo contrario, sería imposible no perderse en la urbe que se levantaba delante de ellos. Todos los puntos de referencia habían desaparecido, como si la ciudad hubiera sido bombardeada.
Anduvieron entre baches, coches en llamas, postes derrumbados en medio de la vía. Arcos de cemento o madera cuyas puertas destrozadas ocupaban lo que habían sido aceras; vigas de fierro entre ventanas hechas añico. Todo ello era el testimonio de los grandes edificios, palacios, casonas y malls que, en el transcurso de dos siglos, le habían dado a la ciudad sus trazos de metrópolis cosmopolita y señorial a la vez. Todo en ruinas. Todo abajo.
El hombre continuaba avanzando sin pensar en nada que no fuera encontrar a alguien que le diera una respuesta. Parecía haber olvidado a José María que continuaba mudo atrás de él. El profesor, dueño de sí, acostumbrado a llevar las cosas a su manera, se había desmoronado junto a la ciudad, dejando al aire libre al niño asustado que vivía dentro suyo. El niño que había conocido el sexo de un hombre a temprana edad, cuando el vendedor del carrito de los helados le había mostrado su miembro enorme. El niño que deseaba ser protegido, llevado, dominado. Lo único que deseaba era no pensar en nada y seguirlo a él.
Tiene personalidad, pensaba, mientras lo veía avanzar decidido. Sus piernas arqueadas, su espalda erecta, la musculatura de sus brazos, las venas que se le hinchaban al levantar algún pedazo de fierro que les bloqueaba el paso. Todo en él lo fascinaba. Sin reconocerse, se daba cuenta de que agradecía lo que estaba ocurriendo, pues, por primera vez en su vida, alguien cuidaba de él. Sabía que otros lo habían cuidado: su madre, su hermana mayor, su marido. Pero ninguno lo había hecho como aquel hombre lo hacía: como un hombre puede cuidar a otro hombre.
Al llegar al final del cerro, pudieron ver dos pares de columnas jónicas de piedra marrón separados entre sí por unos dos metros de distancia. El capitel de la última a la izquierda se había desplomado, atascándose entre ella y la columna a su lado. Las dos de la derecha solo conservaban sus bases y sus fustes, que no alcanzaban más de la mitad de la altura que habían tenido algunas horas atrás. Al fondo, pedazos de cemento se apilaban formando entre las ruinas lo que parecía el borrador de un edificio neoclásico.
– La biblioteca nacional – murmuró José María, recobrando de pronto parte de su identidad. Y se sentó en los restos de las escalinatas, mientras seguía con la mirada al hombre que, incansable, buscaba a alguien que le explicara todo. Parece que el mundo se ha acabado, pensó José María, y este hombre quiere saber el porqué. Rio de sí mismo, por lo que le pareció absurdo: toda una vida buscando el conocimiento y ahora, en la hora más apremiante, no quería saber de nada. Quedarse junto a él le bastaría.
Soñó con una vida al lado suyo, sin su familia, sin sus amigos, sin nadie para recordarle quién era y lo que debía ser: «No hay problema en que seas gay», le había dicho su tío, el hermano mayor de su madre, «Pero nunca dejes de ser un caballero», había concluido. Volvió en sí al verlo retornar de las ruinas de la antigua biblioteca.
– No hay nadie allá – le dijo irritado. – No puede ser que seamos los únicos vivos, murmuró sin entregarse.
En ese momento, José María se dio cuenta de que no sabía su nombre y se lo preguntó medio tímido.
– Adán – le respondió el tipo. Y siguió recorriendo los alrededores, ahora con la mirada, en busca de gente viva.
– Deja de buscar, hombre – le dijo José María. – ¿Para qué quieres más si me tienes aquí contigo? – bromeó, sintiendo que recuperaba su osadía.
Adán se volvió hacia él. Lo examinó con los ojos, deteniéndose en cada parte de su cuerpo, de su rostro. Se puso delante suyo, sin tocarlo. Con uno de los pies le acarició el bulto. Subió por su barriga hasta llegar a su rostro. El zapato de cuero negro, raído, estaba lleno de tierra. Pero José María no se lo retiró. Permaneció sentado, mirándolo con ojos de niño carente, pidiéndole que lo hiciera.
– Tengo esposa – le dijo Adán. – Y dos hijos: un niño y una niña. Voy al Nilo y a otros sitios como ése para conseguir lo que no he podido nunca lograr de otro modo. La vida es muy hija de puta con los de mi clase. Y uno tiene que hacer sacrificios. Follando maricones como tú, por ejemplo. Pero estás bueno, ya te dije. Y aquí no hay más que tú y yo. Si te quedaras conmigo…
José María había escuchado quieto, manteniendo su rostro apretado por el zapato de Adán. Pero, al oírlo pronunciar la última frase, lentamente, fue irguiendo la mirada hasta clavarle las pupilas, desafiante.
         – ¿Qué esperas de mí? – le dijo con la punta de la lengua entre sus dientes.
         En ese momento, una muchacha y dos señoras de edad aparecieron atrás del Cristo que había coronado la fachada de la universidad que se ubicaba al otro lado de la avenida y que ahora yacía, cabeza y cuerpo separados, en medio de la acera. La joven agitaba su brazo mientras el pequeño grupo acudía al encuentro de los dos hombres. José María las vio primero, pues Adán estaba de espaldas, todavía con el pie en su rostro, mirándolo, sopesando su respuesta. Pocos habrían sobrevivido. Probablemente su mujer y sus hijos yacían debajo de algún escombro. En su barrio las construcciones no tenían la tecnología de los barrios altos. Nada le ataba, a no ser ese deseo de tener a ese hombre en frente suyo a su disposición, sin rendirle cuentas a nadie. Solo yo y él, pensó agradado.
         De repente, el bolsillo del vaquero de José María vibró. Se le había olvidado su móvil y en ese instante recibía un mensaje. Pepe, estás bien? Solo ahora encontré señal. Si lo lees, vente al refugio de los Peñafiel. Estoy bien. Te quiero mucho.
         ¿Respondía o no? Hace tiempo que había quitado el dispositivo que acusaba con dos barritas azules el recibo de sus mensajes. Así podía demorarse sin tener que explicar la falta de respuestas. Veía a las mujeres acercárseles y no lograba decir nada. Adán, qué lindo nombre, pensó. Todo lo que necesito. Con sumo cuidado, como si fuera una geisha, le retiró el pie de su rostro. Se levantó.
         Y ahí se quedaron, uno frente al otro, escuchando la voz de la muchacha que les imploraba ayuda. Tenían toda la libertad de amarse, sin censuras, sin excusas, sin gentío. Pero José María deslizó su dedo por la pantalla del móvil y caminó en dirección a la cordillera. Adán lo habría seguido, si una condición atávica no se lo hubiera impedido.     

viernes, 11 de octubre de 2019

"Villa Perdición" por Lolabistrot


Lolabistrot. Nacida en la Ciudad de México. Pertenece a la llamada Generación X. Es maestra en Literatura Mexicana Contemporánea y licenciada en Comunicación Social por parte de la UAM. Compiló, editó y publicó Necrópolia, Horror en Día de Muertos (2014) y Mortuoria, Sombras en Día de Muertos (2017) bajo el sello independiente Ediciones Lulú. Por otro lado, sus cuentos han sido publicados en más de 20 antologías de diversas editoriales (impresas y electrónicas) tanto de México, España, Canadá y Argentina. Entre sus aficiones y gustos está el terror. Ha dado cursos de literatura y  organizado ciclos de cine del género en varias casas de cultura de la Ciudad de México.

¿Amar? ¿Ahora? Lo que más deseo es ir al norte y quedarme ahí…solo. Aunque ella venga tras mis pasos, estoy solo en este mundo enfermo lleno de putrefacción, muerte y hambre. La respuesta no está en ella… ¿Mi familia? La única que he tenido, todos ellos muertos.
Rafael, el único padre que conocí. Cuando cumplí los 15 me explicó todo. Yo era hijo de una pareja de mormones ricos adictos a la cocaína y al sadismo. Tengo recuerdos vagos de mucho dolor. Sí, mis padres biológicos me golpeaban. Me ataban a una de las columnas de la sala y se turnaban para castigarme con látigos y puños cerrados. Recuerdo otras caras, extraños, invitados, vitoreando y ejecutando lo mismo. Yo no entendía nada. ¿Llorar? ¿Gritar? Después de un mes de continuos golpes ya no podía hacerlo. Pero de repente, eso terminó. Rafael me platicó que me encontró por azares del destino. Ese día decidió acabar hasta con el último de esos millonarios porque le debían una importante cantidad.  Bastó con llamar a la puerta para descargar su M249 sobre todo lo que se moviera. Esa vez me habían llevado al sótano, así que cuando se puso a explorar la casona y dio conmigo, sus ojos no podían creerlo. Me dijo que me apuntó con el arma, pero fue incapaz de apretar el gatillo al verme en ese estado.     
–Estabas moribundo, eras casi un despojo humano.
Dijo que cuando me llevó al hospital, los encargados de asistencia social lo obligaron a abandonarme ahí mismo para que el orfanato se encargara de mí.             
–Vi lo que los empleados le hacían a los bebés en lugares como ésos, por eso me negué a dejarte.
E hizo lo que mejor le salía: repartir golpes y disparar contra quienes intentaron detenerlo. Me arrebató de los brazos de un sujeto que ya me llevaba hacia un vehículo no sin antes aporrearlo con un extinguidor. Y simplemente huimos para perdernos en la noche. Nos quedábamos en hoteles de paso una o dos noches. Y al otro día, a seguir emprendiendo la huida. La policía ya andaba tras su paso. De los hoteles pasamos a los bajopuentes y sitios abandonados. El dinero escaseó.
Pasaron meses hasta que mi padre conoció a Zelma, una cantante punk. Su hogar era una camioneta destartalada a la que nombraban La Endemoniada. Con ella viajaban Sid, Joey y Mick, unos músicos de medio pelo con los cuales Zelma tenía una banda: Misifús. Mi padre se enamoró de esa chica audaz y le ofreció ácidos y heroína gratis a cambio de dejarlo conducir a través del país que ya estaba sumido en un caos. Zelma aceptó. Y entonces nos integramos a ellos. Recuerdo cuando Sid, al verme, se acercó y me sobó la cabeza y preguntó mi nombre. Mi padre no supo qué decirle. Lo primero que le vino a la mente fue: Aldair. Cuando Joey le preguntó si yo era su hijo, mi padre lo tomó por el cuello y lo empujó contra la pared para advertirle que no se metiera en donde no lo llamaban y que dejara de preguntar.
Mi vida de repente se vio rodeada de huidas, alcohol y música. Rodábamos por ciudades en cuarentena. No había comida, los apagones eran frecuentes, las rapiñas, constantes. La violencia en las calles, imparable. En más de una ocasión intentaron robarnos la camioneta pero mi padre siempre estaba ahí para evitarlo. Nos convertimos en unos forajidos, la poca gente que salía a las calles empezó a temernos. No muchos clubes querían contratar a Misifús, así que los chicos optaron por robar mientras Zelma escribía canciones de desconsuelo y tristeza. La vi muchas veces dar zarpazos desesperados a la guitarra y al bajo, producto del efecto de las drogas.
Pero ¿Aún no he contado la historia de Grisa? Una noche de tantas, La Endemoniada, con apenas unos cuantos litros de gasolina, se metió por un barrio derruido y solitario. A lo lejos, en medio del silencio, llegó el sonido de lo que parecía una niña sollozando. Para entonces yo había cumplido, según cálculos de mi padre, cinco años. En mi memoria está todavía aquella conversación, fresca como carne recién empaquetada.                                                               
–¡Diablos! ¿Por qué llora esa pobre niña? –preguntó Sid.
–Seguramente es de algún indigente –respondió Mick.
–¡Rayos, man! eso se oye escalofriante. –agregó Joey.
–¿Qué tal si es un fantasma? –repuso Mick.        
–¡Déjense de tonterías! Tal vez necesite ayuda –replicó Zelma.       
–Ahora resulta que eres la bondad andando. Zelma, la vocalista y líder de Misifús, repartiendo caridad –añadió Sid.      
–Me conoces y sabes lo que he vivido…cariño, necesito ir a ver…–comentó Zelma dirigiéndose primero a Sid y después, a mi padre.         }
–No vas a salir. No te lo permitiré –vociferó mi padre.
–Tú no me vas a prohibir nada. Eso no entra en el acuerdo, querido. Quédate con Aldair y Sid. Yo me llevaré a Joey y a Mick –afirmó Zelma en un tono calmo.
–Siempre te sales con la tuya, llévate las armas por si las ocupan –ordenó mi padre.
–Me sé cuidar sola…¡Vamos, chicos! –concluyó Zelma.
Salieron al fresco de la noche. Al poco tiempo, regresaron corriendo. Zelma traía en brazos a una niña.
–¡Arranquen!!!!! ¡Váaaaaamonos!!!!!!!!! –gritó Joey.
Sid abrió las portezuelas en lo que mi padre arrancó la camioneta para ponerla en marcha. Apenas entraron, La Endemoniada giró y salió volando como pudo por ese camino oscuro y solitario. Escuchamos pasos y murmullos. Una muchedumbre venía persiguiéndonos, gritaban al unísono: “¡Que venga la luz y que se vayan los jinetes de la oscuridad!” “¡Sálvanos, señor!, ¡Te honraremos! ¡Hemos visto la señal! ¡Por ti lo haremos!”.
Llevaban en las manos linternas, cuchillos y hachas. El miedo me hizo abrazar a mi padre, pero el temor se desvaneció cuando, por el enmohecido retrovisor, vimos que esa gente se quedaba muy atrás.
–¡La niñaaaa! ¡No tiene ojos! –gritó Sid.
–¡Esos malditos se los sacaron! ¡Fanáticos religiosos dementes!.-agregó Zelma.
–¡La pusieron como carnada! –agregó Sid.
–No lo creo –añadió Joey.
–Bienvenidos al post-apocalipsis. Busquemos combustible y larguémonos lejos –masculló mi padre mientras bajaba la velocidad de La Endemoniada.
–¡Hay que curarla! –repuso Zelma.
Mi padre siguió conduciendo hasta detenerse. Respiró y reviró:
–¿Y dónde buscaremos ayuda?
–Ya encontraremos, cariño. No podemos dejarla a su suerte –contestó Zelma en un tono amable.
–Bien, pero ahora tú serás la responsable de esto. Ya te sigo –respondió mi padre.
Me quedé con Joey y Mick en lo que mi padre, Zelma y Sid salieron con la niña al exterior en busca de medicamentos. Antes de irse, la advertencia fue dura como una bala incrustada en el pie contra el baterista y bajista de Misifús:
–Cuiden al chico, pero no se pasen de listos. Si me entero de que le pusieron un dedo encima, los hago picadillo con mi Kahr PM9.
–¡Heyyyy, no tienes que ser duro con ellos!!! Los conozco mejor que nadie y son incapaces de esor – eplicó Zelma.
–Tranquilo, man. ¿Por quiénes nos tomas? –alegó Mick.
–Somos unos patanes pero no unos pederastas ni violadores…–confesó Joey.
–Si acaso, le enseñaremos cómo fumar y alcoholizarse…–bromeó el baterista.
–Muy gracioso, Mick –respondió Zelma.
–¡Bahh! Ensayemos algunas canciones y que Aldair nos vea, ¿verdad, chico? –me preguntó Joey.
–¡Él podría ser el futuro líder de Misifús! –dijo Mick.
–¡YEEAAHHHHHH!-corearon aquellos chicos con piercings y pantalones rotos y ajustados mientras chocaron sus palmas. Yo sólo sonreía.
              Mi padre no estaba acostumbrado a las bromas de la pandilla, así que se dio vuelta y los dejó con la palabra en la boca.
              Después de que se marcharon, me quedé contemplando a ese par de locos pero no dejaba de pensar en la niña. Me preguntaba dónde estaban sus ojos, por qué no los tenía. Mi mente giraba hasta que me aburrí. Me quedé dormido a pesar de los guitarrazos de aquellos dos individuos, que me dejaron boquiabierto la primera vez que los vi con sus cabellos parados y pintados de colores.
              Cuando desperté, Zelma me dio un par de huevos duros y Sid una soda que se había encontrado. La hora del desayuno había llegado. Busqué y ahí estaba ella con unos grandes botones negros encima de sus ojos.
              –¿Qué son ésos? –pregunté intrigado.
              –Se llaman lentes, pequeño curioso –me respondió Mick.
              Zelma estaba alimentando a la niña con unos cacahuates y un poco de leche que había robado.
              –Pues ya tenemos un nuevo miembro en la familia ¡qué rápido estamos creciendo! –dijo con cierto entusiasmo Sid.                                                      –Aldair ya tendrá con quien jugar, necesita a alguien de su edad –afirmó mi padre.
              –Serán como hermanitos –añadió Joey.
              –Esperen ¿Qué nombre le ponemos a la pequeña? –preguntó Mick.
              –Grisa es un lindo nombre. Así se llamaba mi antigua banda de la secundaria –contestó Zelma–. Bien, ahora escuchen con atención. Mismas reglas para esta nena que nos cayó del cielo. Es una mujercita y hay que respetarla. De lo contrario, les colocaré pólvora en el trasero y los haré explotar ¿entendido? –advirtió Zelma a todos.
              Los tres punks asintieron mientras masticaban unos tocinos duros.
Ese fue el comienzo de una serie de circunstancias que nos habían obligado a convivir para poder sobrevivir. La banda lo entendió al paso de los meses. Yo lo supe mucho tiempo después, cuando empecé a hacer uso de la razón. La llegada de Grisa a nuestras vidas significó aprender a lidiar con otras cosas. Para mí, fue una novedad porque ya no tendría que estar todo el tiempo con adultos. Tenía ahora una nueva tarea. Hablarle a Grisa de las cosas que no podía ver, llevarla de la mano, guiarla y enseñarle a hablar.

A pesar de su ceguera, Grisa desarrolló el oído. Pronto agarró gusto por la música de Misifús. Cuando cumplió los 6, buscó a tientas la guitarra para ponerse a tocar. Se aprendió de memoria todo el repertorio de la banda, incluso tarareaba las canciones. Nuestra felicidad era relativa y llevadera. Yo ya tenía ocho.
Pero lo peor del post-apocalipsis apenas iniciaba. Los poblados estaban atascados de cadáveres en las calles. Cucarachas y gusanos abundaban por todas partes. Caí enfermo. Recuerdo haber estado en el sillón gris descosido y sucio donde solía dormirme, acostado por la fiebre alta. En ese momento, Zelma se convirtió en mi madre mientras mi padre atendía a Grisa que sufría de anemia. Cada situación difícil nos unió más pero necesitábamos dinero. Joey pudo conseguir una tocada en un lugar infestado de ratas al que iba gente de mala calaña pero la paga valió la pena. En cuanto el grupo acabó la última canción, salimos volando por miedo a que nos quitaran el dinero. Pero entonces, tanto yo como Grisa debíamos formar parte del equipo. Aprendí a manejar y disparar armas para defensa propia. Grisa, además del oído, hizo de su olfato una herramienta poderosa para detectar peligro o contaminación. Extraña coincidencia, Grisa y yo, violentados de la forma más sanguinaria, reunidos en tiempo y espacio ¿Qué clase de sociedad tortura e inflige atrocidades de esa naturaleza a unos niños pequeños? La decadencia humana nos alcanzó en su punto máximo.
Crecimos. Mi padre empezó a serle infiel a Zelma con cuanta mujer se topaba. Al principio, mi madre le reclamaba y discutían a diario. Pero después, pareció no importarle. Incluso, mi padre tenía el descaro de besarse con otras en las narices de Zelma, quien permanecía callada. En cuanto a Mick, Joey y Sid, conquistaban a chicas por ocasión en cada parada. Y aprendí que eso era el amor: tomar y desechar. Cuando mis instintos masculinos brotaron, seduje a Grisa. La tomaba en cuanto me placía. Accedía gustosa pero cuando la iniciativa salía de ella me daba el lujo de rechazarla. Y así la familia se envolvió en un círculo de promiscuidad en el que cada uno buscaba saciarse. Sucedía en los rincones de las ruinas, entre escombros o paredes que apestaban a orines y excremento. Entre nosotros siempre nos respetamos. Todo ocurría extra muros. Yo tenía quince años. Grisa, trece…

Pero el destino nos tenía preparada una jugada final. Mick se enfermó de tifoidea. Mi padre y Zelma buscaron en vano algún tipo de remedio. A los pocos días, el baterista de cabello naranja murió en medio de su vómito, ante nuestras miradas atónitas. Luego, siguió Sid. Una tos incontrolable acabó con sus pulmones. Esa noche, de pronto calló. Llevaba horas de haber fallecido. Jamás nos dimos cuenta. A la semana siguiente, Joey se deprimió tanto que se inyectó una dosis doble de heroína. Su corazón no resistió.
Con cada muerte, un hueco se abría muy dentro de mí. Ya no escucharía más sus canciones, no más verlos tocar, no más reírme de sus estupideces…sí, realmente el mundo ya se había ido al carajo. Mi madre continuó sin la banda y por su cuenta. Se dedicó a cantar en bares de dudosa reputación, con el bajo y la guitarra, sus nuevos acompañantes. Aquella ocasión tardó en salir. Padre y yo la esperábamos impacientes. La fuimos a buscar al cabo de veinte largos minutos, nadie la había visto. Rodeamos el lugar. Encontramos un rastro de sangre. Al seguirlo, dimos con un rincón maloliente. Allí yacía moribunda. Le habían cortado la garganta para asaltarla. Aún respiraba.
–¡Cuida a Grisa! –se despidió con una caricia y un beso en mi frente.
Cuando se lo dijimos, Grisa se echó a llorar. Lloraba sin lágrimas, ante la ausencia de sus ojos. Sollozaba como esa vez cuando la encontraron, hace años. Esa noche, mi padre decidió abandonar a La Endemoniada y continuar por nuestro propio pie.
En el transcurso de tres años nuestra vida fue gris. Vagábamos por un despoblado llamado Villa Perdición. La tarde era fría. De la nada, salieron varios vehículos. Nos interceptaron. Varios sujetos bajaron. Traían armas. Quise hacer gala de mis cualidades como tirador pero mi padre me hizo una seña.
–¡Rafael Zuñiga, hasta que te encontramos! Todos estos años, en medio de este caos y muerte. Te seguimos la pista. Reza, por fin llegó tu hora –gritó uno de esos tipos.
–Lo acepto, pero a los chicos déjenlos ir, no los lastimen. No quiero que me vean morir –les contestó mi padre.
–Bien, que se haga tu última voluntad –añadió el sujeto.
Nos forzaron a caminar desierto adentro, a Grisa y a mí, con la cabeza baja. Después de algunos kilómetros, oí las detonaciones. Y lloré como nunca, como cuando fui niño y aún podía llorar. Creo que Rafael debió dispararme cuando me halló en aquel sótano y Zelma debió ignorar a Grisa y pasar de largo ante su desgarrador llanto. Más nos hubiera valido no existir en este mundo habitado por bestias.
En un instante, los hombres que nos llevaban se retiraron. Nos quedamos en medio de la nada ¿Para dónde seguir? Pensé entonces en el trayecto del sol. Ayudaría a orientarme. Y agarré camino.

–¡Aldair, Aldair!... ¿Adónde vas?... No me dejes...
–me gritó Grisa desesperada.
Ella se había enamorado de mí. Comprendí que no podría deshacerme de ella. Con su olfato y oído tan desarrollados lograba localizarme en cuestión de segundos a decenas de metros de distancia. Yo sólo quiero llegar al norte, como mi padre, y esperar. Ella sólo quiere estar a mi lado y ser correspondida. Grisa me ama, yo nunca la amaré.



martes, 8 de octubre de 2019

Cuento N° 67 por Nicolas Sambuceti

“Mi nombre es Nicolás Gerónimo Sambuceti. Escribo porque me surge. Publiqué una vez de manera independiente porque decidí gastar en eso el dinero de unas vacaciones. Disfruto más que nada de leer. Enumero los relatos desde la adolescencia aunque no llevo bien el orden y casi nunca los concluyo. A veces algún borrador coincide con la que solicitan en un concurso y me atrevo a enviarlo”

¿Lo último normal que pude ver?
Sí reafirmó el muchacho.
El viejo masculló un poco, se sintió un tanto extraño al pensarlo. Todo se había ido degradando de tal forma que recordando uno no podía tener la seguridad de qué no era normal y qué aún lo era. No apretó demasiado los dientes para pensar, no tanto como le gustaba, una muela le dolía desde hacía semanas. Sabía que debería sacarla con una pinza y por la fuerza, mientras antes mejor, para evitar la infección. Tener una infección, se decía, es lo último que llega alguien a tener. Pero eso no le preocupaba.
Supongo que una película respondió tras tomarse un momento, la última que vi. Nunca viste una, ¿no?
El muchacho había nacido después de que los tendidos eléctricos se volviesen apenas un decorado y una fuente de metal para saqueadores. Apenas había visto alguna vez la luz eléctrica funcionando en faros de un automóvil, en los que andaban las bandas mejor equipadas que podían encontrarse por allí. Sin embargo, le habían contado qué eran. El hombre que lo había criado como su padre solía contarle películas como si fuesen cuentos para antes de dormir.
¿De qué trataba? preguntó el muchacho, un tanto nostálgico.
Del fin del mundo el viejo no pudo evitar la carcajada sincera, aunque de bajo volumen. Había grandes catástrofes climáticas. Nunca sucedió tan rápido como en las películas, pero ese día fue el primero en que me costó conseguir verduras. Simplemente había tan poco y eran tan caras que no llegaban a mi barrio, que no era un barrio pobre. Después faltó la carne, la leche, el agua. Antes de terminar mi juventud ya era prisionero en una granja de alimentos controlada por el ejército, haciendo de mano de obra esclava. Ese fue el primer lugar del que me escapé.
El muchacho sintió lástima por el viejo, parecía haberle costado mucho llegar hasta allí. Era normal encontrar gente en mal estado, de cuerpo y ropas, pero este era el peor que había visto. Si se lo encontraba dormido al lado de un camino, cualquiera se hubiese acercado a tomar sus pertenencias dándolo por muerto.
Aquí funcionaba una de esas granjas contó el muchacho, cuando yo nací ya no la controlaba el ejército. Son buenas tierras.
De ésta fue mi primer escape interrumpió el viejo, cuando dejaron de recibir órdenes los militares se pusieron a cargo, tuvieron algunas riñas entre ellos. La comida no alcanzaba y no sabían si matar a las mujeres, que usaban como amantes obligadas, o a los hombres, que usaban como esclavos. A veces mataban a unos, a veces a otros.
El muchacho guardó silencio un momento, el viejo aprovechó para observarlo. El arma que llevaba en la mano era de aquel entonces, seguramente ya no funcionara o ya no quedaran balas. Con los años, con cada vez menos personas y ciudades, la tierra iba recuperando poco a poco su capacidad de alimentar a sus huéspedes. El cercado inmenso que encerraba la vieja granja se encontraba destruido por partes, copado por una vegetación rebelde enredándose entre alambres. La tierra había vuelto a ser fértil en muchos lados, el agua de lluvia ya podía beberse y la de muchos ríos también. La tierra volvía a alimentarlos a todos, pero para entonces esos todos eran cada vez menos.
El viejo sabía por haberlo visto que más que en manos del hambre, las personas habían muerto en manos de otros hombres, los enceguecidos por el temor al hambre y la sed. El miedo es peor que el hambre, le dijo al viejo años atrás el Jefe Garrido cuando él era una especie de soldado en su banda. Una banda que se dedicaba a robar comida en la época en que aún escaseaba. El jefe había enviado a vaciar los propios depósitos de comida y fingir un incendio, anunciando luego que ya no habría comida para atravesar el invierno. Muchos escaparon, solo quedó una cantidad de hombres avisados previamente, para los que sí alcanzaba la comida. Después reclutarían más, para volver a robar y encontrar una forma de deshacerse de ellos una vez que se hubiese almacenado suficiente.
¿Escapó antes de la revuelta?
El viejo había quedado un tanto abstraído en sus pensamientos y le tomó un tiempo retomar el hilo de la conversación para responder:
Después de la primera, la que se perdió. Me iban a ahorcar, para no gastar balas. ¿Aún les quedan?
¿Qué?
Balas el viejo señaló el arma, ese fusil debe tener unos cuarenta años.

El muchacho, a pesar de apenas haber sido niño cuando ocurrieron los últimos asaltos para robarles comida, tomaba los recaudos que le habían enseñado. Sabía que aún había humanos que no conseguían su alimento de la tierra, o que podía perderse una cosecha en algún lugar o morir animales en otro.
Sí mintió, las fabricamos.
El muchacho era bueno para mentir, pero el viejo supo que era farsa. Él mismo había atacado esa granja. Él había comandado una banda entera de saqueadores, luego de juntar coraje y llevarse consigo a una fracción de los seguidores del Jefe Garrido. Los llamó Hermanos del Hambre, una aventura que duró apenas unos meses. Esa granja del ejército fue su último saqueo. Pero para cuando llegó la granja ya no estaba bajo control de los militares. Alguna revuelta se las había arrebatado. Se enteró mientras incendiaban las casas donde ya no vivían los sargentos. Lo planificado como venganza a los captores terminó siendo un ataque a los compañeros de captura. Decidió no decirle nada al muchacho. Suspiró como respuesta a la culpa, los años le habían dado esa costumbre.
El muchacho lo observaba, las arrugas de la piel morena estaban rellenas de tierra. Los ojos marrones, cansados de años, distraían de las canas que sobresalían a los costados del gastado gorro de lana. El viejo echó su mochila sobre la gramilla y con dificultad se sentó a su lado. El muchacho tuvo intenciones de ayudarlo pero no debía, aún podía ser todo una trampa. Hacía más de un año que nadie llegaba a las puertas de la vieja granja, era la segunda persona que él veía llegar en todas sus horas como guardia.
¿Ya recordó a qué venía? preguntó al viejo, intentando retomar la postura de autoridad.
Eso no importa ya, quería llegar. Ahora que estoy voy a ofrecerte un trato.
El gesto del muchacho fue de total incredulidad, el viejo pudo verlo. El muchacho se había criado en un mundo así, debía no tener más de veinte años. Nunca había viajado en automóvil, nunca había ido al cine, tampoco había formado parte de una banda que se dedicase a robar comida para sobrevivir.
Desde esta puerta comenzó el viejo como si el trato se hubiese cerrado, contando seis postes hacia el este. Hay que alejarse después veinte pasos hacia el norte y aún está, lo vi antes de venir hasta aquí, un montón de escombros que ya han ocultado un poco el tiempo y los pastos. No tengo fuerzas para hacerlo, pero si pudiese moverlos y cavar un metro hacia abajo, encontraría algo que dejé enterrado hace años, lo más preciado que tengo. Si me ayudas podemos compartirlo.
Puedo dispararte razonó el muchacho, decir que venías a atacar y buscar lo que sea que esté escondido esta noche.
Nunca lastimaste a nadie aseguró el viejo con una expresión casi risueña, y no sabes si no queda aún algún secreto.
Conversaron un poco más y llegaron a un acuerdo, el viejo se fue sin haber sido visto por nadie y el muchacho fue relevado de su guardia al atardecer.

Cuando la noche llevaba ya varias horas el muchacho llegó caminando al lugar indicado, el viejo dormitaba sobre unos escombros enmarañados con gramilla. De no haberlo oído roncar aún por encima del ruido del viento, se lo podría haber supuesto muerto. La dificultad con la que respiraba dejaba en evidencia el deteriorado estado de su salud. Hacía unos cincuenta años que todo había comenzado a desmoronarse lentamente, y si el viejo era joven para ese entonces debía tener al menos sesenta y cinco o setenta años, una edad más que envidiable para los tiempos que corrían. Lo despertó sacudiéndole el hombro, el viejo se sobresaltó y sonrió al verlo. Cuando habló su respiración aún sonaba como un ronquido:
Sabía que ibas a venir, hay que apurarse, el viento va a ayudar a que no nos escuchen.
Tal como habían acordado el muchacho comenzó a mover los escombros que parecían indicar un lugar, los trozos de ladrillo y cemento habían sido lentamente abrazados por la tierra y una parte parecía haber sido enterrada a propósito. El viejo, entretanto, lo observaba sentado en el suelo a pocos metros, con la espalda apoyada en el grueso tronco de un ombú y el brazo descansando en su mochila.
El ejército solía hacernos podar los árboles de alrededor para mantener despejado ante un ataque comentó el viejo al aire.
El ejército no manda aquí hace mucho respondió agitado el muchacho tomando la conversación como un recreo, y no hay gente para tantos trabajos. Creo que te aceptarían en la granja, más si ya has trabajado. Para algo debes servir, separar los vegetales malos, cuidar niños, algo.
Ya no me interesa nada de eso. ¿Cómo vas con los escombros?
Creo que los quité a todos, solo queda cavar.
El viejo se puso de pie y se acercó arrastrando su mochila, la luz de la luna apenas pasaba entre los árboles, pero se notaba que la pala se enterraba en tierra negra.
El pozo que el muchacho cavaba ya llegaba encima de sus rodillas cuando el filo de la pala dio contra algo realmente duro. Ya había tenido que cortar antes algunas raíces pero esto parecía más prometedor. Dejó la pala a un costado y enterró sus dedos donde el filo había encontrado la dureza. Parecía madera, algún tipo de varilla áspera. Mientras sacudía para desprenderla de la tierra que la abrazaba, notó lo liviano que era. Cuando al fin venció a los años de entierro buscó la luz de la luna para ver qué era y, al descubrirlo, lo soltó bruscamente mientras ahogaba un grito. Sus manos habían sostenido un hueso largo, con asco buscó al viejo. Estaba a sus espaldas y apuntándolo con un revolver. El muchacho se notó en grave desventaja, en un pozo, desarmado y a demasiada distancia como para creer que ser más veloz que su oponente le diese alguna oportunidad.
¿Qué es esto? aunque intentó mostrar fortaleza, la voz le salió quebrada.
La tumba de Eva respondió el viejo sin dejar de apuntarle con el arma.
El muchacho sintió nauseas, pero le daba aún más asco vomitar sobre el esqueleto que pisaba. Aún asomaba entre la tierra lo que quedaba de la mortaja y pisaba sobre algo duro. Intentaba no pensarlo, pero seguramente sería otro hueso.
Mantendremos el trato dijo el viejo, aún tengo algo para darte.
¿Un balazo?
El viejo sonrió con su boca torcida, débil. Parecía haber mejorado un poco su porte, como si encontrar el cadáver o sostener el arma le mejorasen sustancialmente la postura. Mostró el revólver y lo arrojó por encima de la cabeza del muchacho hacia el otro lado del pozo. Ágilmente el joven salió con sólo un salto y llegó al revolver, cuando volteó con el arma empuñada no vio al viejo. Se acercó al pozo y lo encontró tendido boca arriba, en silencio. Las lágrimas que caían lavando la mugre de su rostro parecían captar la poca luz de la luna que las copas de los árboles dejaban pasar. En su mano empuñaba un cuchillo simple, pequeño pero evidentemente afilado.
Cuando me entierres, al final de los escombros, encontrarás tu regalo. Por ahora te doy el revólver.
El viejo acomodó la punta del cuchillo en un costado de su cuello y presionó con la determinación de las últimas decisiones. La sangre oscura manchó sus manos, su rostro y su cuerpo que se sacudía e involuntariamente se ponía de costado. El muchacho enmudeció en los segundos que lo vio morir. El cadáver quedó tan inmóvil como se hubiese esperado.
El joven demoró un largo instante en entender qué había pasado, luego se tentó de bajar a revisar los bolsillos del viejo, pero supuso que con su mochila sería suficiente. De allí apenas rescató alguna herramienta, el resto lo arrojó sobre el cadáver. Decidió que no sería mala idea tapar el pozo, ocultar el cadáver y ver qué le había dejado el viejo.
El viejo se llamaba Felipe. Había regresado con sus Hermanos del Hambre muchos años atrás a atacar la granja que creía aún controlaban los militares. Pero no regresó por comida, ni a liberar a sus compañeros. Quería la cabeza del sargento que le dijo había matado a Eva, lo demás eran excusas. Casi perdió el alma aquella noche, cuando entre escombros y luces del ataque, encontró a Eva moribunda por las esquirlas de las bombas que sus hombres habían fabricado. Sólo un ser tan estúpido como él, ante la inminencia de la horca, podría haberle creído a un sargento que Eva había muerto durante el levantamiento.
Ella lo reconoció a pesar de lo mucho que había cambiado su aspecto en esos pocos años. Él la alejó del fuego intentando salvarla, la llevó al bosque y pudo verla morir en sus brazos y por su culpa. Mientras, sus Hermanos del Hambre escapaban con el botín dándolo por capturado o muerto. Envolvió el cadáver, utilizando una sábana como improvisada mortaja, y lo enterró. Se juró volver para que sus cadáveres descansaran juntos una vez que se hubiese redimido.
Felipe notó al despertar una mañana, muchos años después, que estaba más cerca de la muerte que de la redención, que habían pasado muchos años y la soledad del bosque no le había compensado el dolor de sus errores. Al menos debía cumplir su última promesa al cadáver de una mujer con la que profesó un amor mutuo. Aunque ella hubiese preferido no morir.
El muchacho había tapado la tumba con los dos cadáveres, y había utilizado hasta el último escombro para ello. El viejo no le había dejado nada. Se conformó con el revólver y con haber ayudado en vaya a saber qué cosa a uno de esos tantos locos que dejó por ahí la hambruna del mundo.