viernes, 9 de junio de 2017

"La roncera" Por Marcelo Adrían Lillo

Marcelo Adrían Lillo es escritor argentino. Nació en Río Cuarto, Córdoba, el 1 de noviembre de 1968. Ha publicado sus trabajos en la revista literaria de la Universidad Nacional de Río Cuarto y en la sección literaria de Diario Puntal de la misma ciudad.
En noviembre de 2005 editó el libro de cuentos “Cuatro para la medianoche”, primer trabajo publicado con historias de su exclusiva creación, a través de la editorial CARTOGRAFÍAS de la ciudad de Río Cuarto, Argentina.
En Junio de 2006 publicó su primera novela titulada “El instigador” bajo el sello de Alción Editora de la ciudad de Córdoba, Argentina.
En junio de 2007 ganó el primer premio en el concurso de cuentos Amadis de Gaula, España, con su trabajo titulado “El matador de Gonzalo Fischer”.
En marzo de 2011 publicó su cuento titulado “Un secuestro” en la revista de ficción fantástica ON SPEC de la ciudad de Edmonton, Canadá.
En octubre 2013, publicó su libro de relatos titulado “Mésalliances” en edición conjunta de Editorial CARTOGRAFÍAS y UniRío (Editorial de la Universidad Nacional de Río Cuarto).
Desde agosto de 2009 publica regularmente y bajo contrato sus relatos en el diario PUNTAL de la ciudad de Río Cuarto, Argentina.
Podés descargar este relato en PDF desde el siguiente enlace:


Lo conocí en el bar donde habíamos quedado en encontrarnos para tratar el negocio. Lo primero que pensé al verlo fue en una equivocación, porque el tipo no se acoplaba en nada a la idea que me había hecho a partir de lo que Norma me contó cuando me acompañó desde la inmobiliaria.
—Llegó del extranjero hace un par de meses. El viejo era cliente de mi viejo. Arrendamientos de campos, hectáreas de soja, mucha guita. Hace poco falleció y le dejó la casa, así que tuvo que venir para arreglar los trámites de la sucesión. Me fue a ver para que lo ayudara a venderla, y como vos estabas interesado…
Seguro que lo estaba. Si las fotos que Norma me había mostrado en la inmobiliaria eran lo suficientemente fidedignas, jamás iba a conseguir una propiedad semejante al precio que la ofrecían. Una oportunidad irrepetible. Lo cual me hacía desconfiar. Por eso le pedí que arreglara una entrevista ese mismo día. Si había algún problema, mejor desengañarse pronto. Como el tipo andaba por el centro a esa hora, decidimos reunirnos cuanto antes en el bar.
Lo encontramos sentado bajo las escaleras, arrinconado entre la mesa y la pared, como un objeto tirado. Vestía una campera vaquera y pantalones desteñidos. Un pelo largo y desgreñado hacía juego con una barba de varios días. Miraba hacia atrás, como si examinara algo con atención, aunque a sus espaldas no hubiera más que vacías superficies de pared. Se sobresaltó cuando nos acercamos a la mesa. Tenía la tez pálida y ojeras que parecían haber sido pintadas con los dedos. Olía a tabaco y a taller mecánico. Nos invitó a sentarnos y luego de las presentaciones de rigor me resumió sus condiciones.
—La venta es al contado. No estoy dispuesto a otorgar facilidades ni a aceptar permutas. Necesito venderla rápido. De ahí que he optado por hacerle una rebaja al precio final. —Y agregó como un inciso suplementario de su resolución—. No puedo quedarme por mucho tiempo.
Lo juzgué razonable. Indagué sobre impuestos y gravámenes.
—Todo al día —sintetizó—. Norma tiene los comprobantes. Pago en efectivo y escritura inmediata.
Mientras hablaba, giraba la vista a todos lados, la fijaba en algún punto y enseguida la retiraba. Sus ojos se contraían ante estímulos invisibles. Le propuse ir a ver la casa. Eso pareció relajarlo un poco.
A punto de levantarnos, el teléfono de Norma sonó, abortando nuestra partida. Él se rascó sus mejillas sin afeitar, produciendo un ritmo rasposo y veloz, como si tratara de apurarla con su cadencia de metrónomo. Una mujer se nos acercó para ofrecernos trapos de piso y bolsas de residuos. Él se estremeció al descubrirla parada junto a la mesa y la rechazó con enérgico desdén. La cara se le había vuelto de porcelana. No me costó mucho pensar en insomnios y psicofármacos.
—Estos boludos —rezongó Norma al cortar la comunicación—. Traspapelaron un contrato que iban a venir a firmar hoy. Parece que si no estoy yo se salen los planetas de órbita. Vayan yendo ustedes. Yo en un rato los alcanzo.
Salimos. El tipo paseó una lenta mirada a lo largo de la vereda del otoño y subimos al auto.
La casa estaba en las afueras, en el camino a Santa Catalina. Una de esas viejas fincas remodeladas que aún subsisten en la periferia de los espacios y del tiempo. Tenía senderos arbolados y un patio con jardines, y también servicio de Internet, televisión satelital y cámaras de vigilancia. Un lugar imbuido en esa media atmósfera entre lo urbano y lo campestre, tomando lo mejor de cada uno. No me disgustaba, encontraba cierto encanto en su ambiente sombrío, como una belleza esperando ser rescatada.
El interior estaba más desamoblado de lo que había imaginado. Sólo quedaban una mesa, un par de sillas, un escritorio con una computadora y un heterogéneo conjunto de objetos desparramados, un horno a microondas, una heladera y un sofá-cama desplegado en un rincón del living, cerca de la puerta. Quizá la habían dejado así, o tal vez él ya se había desecho de los otros muebles y había conservado lo justo y necesario para permanecer allí hasta que se efectuara la venta.
Inspeccioné los cuartos, los techos y las paredes, buscando defectos inexistentes. No encontré nada que me despertara dudas, excepto los cordeles con ristras de campanillas colgados sobre las puertas y las ventanas. Estaban enganchados a cada extremo del marco, combados en posición horizontal, como un adorno navideño. La curiosidad me ganó.
—Me los dio una curandera en un viaje que hice a los Cárpatos el año pasado —me contó. Sopló apenas el cordel y las campanas tintinearon ante la leve caricia de aire—. Para protección contra los malos espíritus, según me dijo.
—Algo así como un llamador de ángeles —dije yo.
—Como un sistema de alarmas —contestó.
Yo asentí como si hubiera entendido.
—Veo que le gusta traer recuerdos bastante particulares de los lugares que visita.
Él sonrió y arqueó las cejas.
—No siempre.
—Digo, por las cosas que tiene ahí —comenté, señalando el escritorio.
Él, adivinando mi intriga, me describió brevemente lo que ahí tenía. Un pequeño libro de conjuros latinos, una escultura de madera de un chamán africano, una piedra energética del Uritorco, una fragancia que sólo los curas de San Marino sabían preparar y un estilete francés del siglo XVII. Salvo este último, los demás parecían compartir un mismo factor común de esoterismo fetichista. Me saltó a la vista esa discordancia y así se lo expresé.
—Los jesuitas de Poitiers acostumbraban llevarlo a los exorcismos en caso de que fallaran los otros métodos —me explicó—. Una especie de último recurso.
—¿Contra quién?
Él se encogió de hombros.
—Calculo que contra ellos mismos.
Admirando su desordenada colección, le dije tratando de evitar el halago.
—Un verdadero apasionado de los viajes.
Puso el estilete en su lugar.
—He hecho varios, la mayoría por placer.
—¿Y los otros fueron por necesidad?
—Podría decirse —señaló como un punto final—. Supongo que querrá ver el patio.
—Claro.
Una galería techada servía de umbral a un extenso terreno parquizado, con faroles distribuidos a lo largo de un camino de piedra lisa y negra. Una cámara sobresalía de un ángulo de pared como un ojo en una mirilla. Desde un rincón, un perro encadenado emitió un gruñido indagatorio al vernos salir. Él lo silenció con un chistido y me guió por el sendero neblinoso que serpenteaba entre los pinos y los ligustres. Aquella inmensidad amurallada, con su aire condensado entre grises y verdes, me causó una nostalgia casi terapéutica, como si extrañara un lugar en el que nunca había estado.
—Me gusta —le dije, sintetizando mi interés.
Él no pareció escucharme. Su atención se había torcido hacia un caracol que imprimía un filamento viscoso sobre la humedad de la piedra plana.
—Es curioso, ¿no?
—¿Perdón?
—Uno pensaría que va a tardar un día entero en cruzar todo el jardín. Para él, una distancia como ésa equivaldría a unos cincuenta o sesenta kilómetros para nosotros. Pero a la hora sale al patio y ve que ya cubrió un cuarto del trayecto. Una hora más, y ya pasó la mitad. Cuando menos se quiera acordar, abre la puerta y lo tiene ahí. Es increíble cuánto nos engaña la perspectiva.
Y acto seguido lo aplastó.
Yo lo observé sin escándalo ni repudio, como si no me importara mi propio desconcierto, o como si me estuviera acostumbrando.
—Podemos acelerar las cosas, si quiere —habló mientras se frotaba la suela contra el césped.
—¿Cómo dice?
—Si de verdad le interesa —añadió, abarcando la casa con un índice giratorio.
—Sí, claro. En tres días me habilitan el plazo fijo y entonces podemos transferir el pago contra escritura.
—Tres días —repitió como un eco tardío.
El timbre sonó. Él permaneció pensativo y ausente, como si estuviera haciendo cálculos. El timbre volvió a sonar y lo acompañé hasta la puerta. Había otro cordel de campanillas colgado junto al marco, sólo que en posición vertical. Abrió.
—Pensé que ya habían cerrado trato sin mí —dijo Norma—. ¿Y? ¿Qué te pareció?
—Está bien —le respondí.
—¿Viste? —le tocó el hombro, tratando de transmitirle su entusiasmo—. Te dije que te la iba a hacer correr rápido.
—Ahora por fin te vas a poder librar de mí —replicó él en un tono que murió a medio camino entre la ironía y la languidez.
—No seas tonto —le dijo ella—. Sabés que no lo hago por eso.
—¿De veras?
—Claro que no. Es por la comisión.
Nos despedimos en el umbral. El tipo miró a ambos lados del exterior de la casa y cerró la puerta.
Habíamos quedado en encontrarnos en la escribanía el viernes a las cuatro. A las seis y diez, luego de exasperantes intentos por contactarlo, nos propusieron concertar una nueva cita para la semana siguiente.
Norma subió molesta al auto. Supuse que se debía al riesgo de perder su comisión. Le sugerí llegarnos hasta la casa. Tuve que recurrir a varios argumentos para convencerla.
Nadie atendió al llamado del timbre. Ni la primera vez, ni la segunda, ni la tercera. Entonces ella sacó una llave de la cartera, la introdujo en la cerradura y explicó sin que yo le preguntara nada.
—A veces tenía que venir a mostrar la casa y él no estaba.
Un imprevisto tintineo nos hizo saltar hacia atrás cuando ella abrió la puerta. El cordel se desprendió del gancho con el envión y quedó colgando como el brazo de un muerto.
Norma desactivó la alarma, entró y lo llamó. Sabía que nadie contestaría, pero era una mujer práctica y debía cumplir el trámite. Me quedé en el umbral mientras ella desaparecía por el pasillo para fijarse en las habitaciones. La casa estaba a oscuras. Eran sólo las siete, pero a mediados de otoño ésa es una hora impredecible.
Me asomé y observé el living, concentrándome en objetos que no podía ver. No percibí nada, excepto una luz rojiza y titilante que me hacía guiños desde el escritorio. Me aproximé y comprobé que la computadora estaba encendida. También había una taza con café frío, una tableta de cápsulas vacía y un cigarrillo en la ranura de un cenicero; inferí, por la larga curva de ceniza que se extendía desde el filtro, que se había consumido allí solo.
Moví la silla apoyada contra el escritorio, pulsé una tecla y la pantalla de la computadora se aclaró gradualmente. Bajo la luz fluorescente de la pantalla alcancé a divisar un par de cabellos sobre el teclado, como si alguien se hubiera quedado dormido allí. Comencé a revisar las páginas, había varias abiertas. La primera era una noticia de hacía siete años publicada en un diario de Catamarca; algo sobre una tragedia vial en el cruce con la ruta 38. En la siguiente había un nombre escrito en el buscador: Silvia Belisario. La otra era un video en YouTube: Avistamiento de la Roncera en Lima. La última era un sitio de compras de pasajes aéreos; había una reserva confirmada a Moscú.
Efectué el recorrido en reversa. Examiné el video; databa de cinco meses atrás. Al principio mostraba una calle nocturna y brumosa, apenas bañada por el resplandor amarillo de los faroles. Una apretada voz masculina servía como sonido de fondo al paisaje inmóvil. “Creo que ahí está, padre,” repetía. Por un rato no vi nada. Luego, como una vela en la oscuridad, una sombra blanca se fue agrandando en un segundo plano de la pantalla. Una silueta caminando por la vereda empapada de claroscuros, tambaleándose a paso lento y constante, como si las tinieblas la escupieran. Una figura encogida y cabizbaja, como de vieja reumática. Una figura que parecía humana. Y a continuación un grito ahogado, mezclado con el ruido de cosas que se caen, y una voz con inconfundible acento andino indicándole al otro que no debía perder tiempo, que se fuera ya mismo de ahí, que no podía hacer nada más por él. Uno de los tantos fraudes por los que la gente ya no cree en el misterio, pensé. Y miré sin querer el estilete francés que adornaba el escritorio. Todavía estaba allí, donde él lo había dejado.
Pasé a la otra página y revisé los enlaces facilitados por el nombre en el buscador. Hablaban de accidentes, de fugas y de investigaciones en curso. Me pregunté si guardaban alguna relación con la noticia del principio, y a punto de cerciorarme una mano en el hombro me hizo girar y ponerme en guardia, revelándome una tensión que hasta entonces no sabía que tenía.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Eh?
—No toques nada —me previno Norma. Y agregó de una manera que no daba lugar a malentendidos—. Por las dudas.
—¿Todo en orden adentro?
Ella miró hacia atrás y después de vuelta hacia mí.
—Demasiado —dijo—. Vamos. —Dio media vuelta hacia la puerta—. Vámonos de acá.
Algo en su entonación me hizo acordar a la voz que acababa de escuchar en el video.

Volvimos a encontrarnos la semana siguiente en su oficina, cuando toda esperanza de ventajosos tratos ya se había esfumado del todo.
Me reembolsó el monto de los honorarios que le había adelantado y advertí menos fastidio que desazón en su actitud.
Le pregunté si estaba bien, no por formalismo sino por sincera curiosidad. Ella me contestó que sí, considerando lo que había pasado.
—¿Y qué fue lo que pasó?
—No sé. Quiero creer que le agarró un ataque de espontaneidad y simplemente se arrepintió de vender.
—No entiendo.
—No importa. No sería la primera vez que hace algo así.
—Es que de veras no entiendo. Si su plan era vender pero no quería quedarse, ¿por qué no nombró a algún apoderado que hiciera los trámites por él?
—¿A quién? Si acá no tenía a nadie.
—A vos, por ejemplo.
—¿Y quedar prendida en una historia como ésa? Ni en pedo.
—¿Cuál historia?
Ella suspiró, contrariada por el aprieto en el que ella misma se había metido.
—Hace unos años protagonizó un accidente en una ruta del Norte con una novia que tenía por allá. Se les atravesó una mujer que vendía mantas o alpaca o qué sé yo. Fatal. Para hacerla corta, papi y mami pusieron los billetes, movieron algunos hilos, probaron que no hubo forma de evitar el choque y en menos de tres meses los largaron sin cargo ni culpa. Quién sabe, a lo mejor fue así, tal vez no alcanzaron a verla, a lo mejor el chabón no iba en pedo y la mina no se la estaba chupando mientras él manejaba. La verdad que eso mucho no importa, porque lo más jodido vino después.
—¿Cuándo?
—Cuando desapareció la novia.
Yo me la jugué.
—¿Silvia Belisario?
Ella tomó aire.
—Parece que alcanzaste a ver más de la cuenta. En fin, no voy a pretender que creas lo que voy a decirte porque ni yo misma lo puedo creer. Así que me da lo mismo. El tema es que cuando vino a hablarme por lo de la venta y me dijo que tenía que quedarse hasta completar los trámites, lo noté angustiado, muy colgado, más que de costumbre. Nos conocemos desde chicos, desde que nuestros viejos empezaron a hacer negocios. Tuvimos alguna que otra historia juntos, y como no nos habíamos visto por tanto tiempo lo invité a cenar. Tomamos unas copas, charlamos sobre el pasado, una cosa llevó a la otra y… bueno, no necesitás detalles. Se ve que el whisky le aflojó la lengua, o a lo mejor las ganas de descargarse que tenía. Así que me contó. Todo ese asunto acerca de la mina.
—Ajá.
—Una mañana la mucama tocó el timbre en la casa de la piba, una india de la zona que le iba a limpiar la casa dos veces por semana. Como no le abrían, la mujer lo llamó a él y entraron. Nadie. Forzaron la puerta, estaba cerrada con pestillo. Las ventanas bajas, la alarma activada, todo en perfecto orden… igual que la otra noche, ¿te das cuenta?
Claro que me daba cuenta. El problema no era que no pudiese creerlo, sino que no quería. Y también presentí que, de la misma forma en que se lo habían contado a ella, ahora era ella quien necesitaba descargarse.
—El único detalle que les saltó a la vista fue la cama destendida. La mucama dijo que seguro la había agarrado dormida. Él le preguntó a quién se refería, ella no quiso largar el rollo, él la apretó y entonces ella le dijo que se fuera rápido, que el accidente había convertido a la vieja en La Roncera y ahora andaba cerca. Él le preguntó qué carajo era eso. Y ella se lo dijo.
—La Roncera —indagué yo.
—El espíritu vengativo de alguien a quien le truncaron su ciclo de vida y reclama justicia rastreando a su objetivo en cada lugar adonde va. Lo persigue a paso constante,  por sus espacios paralelos de niebla y sombras, sin detenerse jamás. Y ahí está la trampa. Uno se relaja después de pasar meses o años sin verla, creyendo que le ha sacado toda una vida de ventaja, como la fábula de la liebre y la tortuga. Pero por más lento que se mueva, tarde o temprano lo alcanza. Por eso no puede quedarse tanto tiempo en un mismo lugar. Ni hablar de establecerse. Y si en algún momento se descuida… —y se abstuvo de completar la oración—. La cuestión es que la mandó a la mierda a la mucama por decir tantas boludeces en un momento así. Y hasta la semana siguiente siguió creyendo que no eran nada más que eso. Un rosario de supersticiones delirantes.
—¿Qué pasó a la semana siguiente?
Norma se removió en la silla, como si estuviera incómoda.
—Se la encontró una noche a la vuelta de una esquina. A la misma vieja, la que se habían llevado por delante en la ruta. Tenía las piernas quebradas y el cuerpo descoyuntado, y aun así se le acercaba.  De pedo que tuvo tiempo de salir corriendo. Cinco segundos más que tardara en doblar la esquina y…
Volvió a interrumpirse.
—Eso fue lo que te contó.
Norma se encogió de hombros.
—Como te dije, no pretendo que me creas. Pero desde ese día se la pasa yendo de un lado a otro, como un fugitivo. Una vez la adivinó entre la multitud en una plaza de Nueva York, según me dijo. Otra, en el andén de una estación sueca. Otra, en medio de la selva durante una excursión que hizo en Sudáfrica. La última vez fue en un monasterio en Perú.
Recordé las palabras del video. “Creo que ahí está, padre.” No quise preguntarme de quién era esa voz. Quizá porque no quería conocer la respuesta.
—¿Y cómo hace para seguirlo de un continente a otro? ¿Va caminando sobre el mar?
—¿En serio? ¿Eso es lo que más te llama la atención?
Tenía razón. Una vez admitida la idea de una persecución de ultratumba, ya todo lo demás dejaba de sonar tan imposible. Me abstuve de seguir haciendo comentarios. Ella continuó.
—No sé si cuánto hay de cierto en la historia y cuánto de alucinado. Pero la verdad que nunca antes lo había visto llorar así. Y honestamente, tampoco creo que vaya a verlo después.
Agité una negación, sin saber qué estaba negando en realidad.
—Tengo que irme. Llamame si te enterás de algo, ¿sí?
—Andá tranquilo. Yo te aviso.
Me levanté y le dije:
—Y no te des tanta manija por este tipo. Me da la impresión de que conocer tantas cosas terminó por volverlo loco.
—¿Vos decís?
—Me juego que ahora está en un cabaret de la Plaza Roja, hasta el culo de vodka y enroscado con un par de gringuitas de diecisiete años.
Y me retiré.
El tiempo acabó por reafirmar esta convicción. En ningún momento me permití dudar de ella. Ni siquiera anoche, después de descubrir el video.
Lo había subido alguien que se hacía llamar NighTremors. Se titulaba “El enigma de Santa Catalina”.
Apenas empecé a verlo distinguí las oscuras hileras de pinos y ligustres. En el borde inferior, los números marcaban las cuatro y veintitrés. La fecha era de mediados de otoño. Había un perro en el centro de la pantalla, ladrándole a la nada de la noche. De repente se precipitó hasta el fondo, se perdió de vista en la última frontera de penumbras y no volvió a aparecer. Por un momento sólo vi el paisaje inmóvil, sereno e insonoro. Luego, como siguiendo el compás de los segundos que transcurrían en el borde inferior, una figura encogida y cabizbaja avanzó por el sendero de piedra negra. Lenta, constante y dolorida. Lo último que vi fue una cabellera tan enmarañada que parecía flotar mientras pasaba por debajo del punto de visión. Entonces me acordé de la cámara ubicada en lo alto de la galería.
De alguna manera la proyección se había filtrado y alguien la había difundido. Supuse que teniendo en cuenta el trasfondo de la historia, no habrá faltado el trastornado cibernético de turno que se tomó la molestia de insertar aquellas imágenes imposibles para dar una explicación mística a la desaparición del propietario. Otro de los tantos fraudes por los que la gente ya no cree en el misterio. Un sofisticado truco de magia informática. Nada más.
Pero sin saber por qué, pensé en el estilete que vi sobre el escritorio de la casa desierta.
Y una voz interior que no era la mía se preguntó si había tenido tiempo para usarlo o si había sido arrastrado en cuerpo y alma hacia los espacios paralelos de niebla y sombras.

SEGUINOS EN FACEBOOK: 

miércoles, 7 de junio de 2017

Iván W. Tovar galardonado en Cartagena

Revista Cruz Diablo felicita a su joven colaborador Ivan W. Tovar (Colombia), ganador del XX Festival de arte de Cartagena en narrativa y poesía.



¡Felicitaciones Iván!

lunes, 5 de junio de 2017

"El castillo de Silling" Por José María Marcos


"
José María Marcos (Uribelarrea, 1974). Publicó el libro de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre (2010); las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde muertos (2012), en coautoría con su hermano Carlos; el poemario Haikus Bilardo (2014), con Fernando Figueras; y las nouvelles El hámster dorado (2014), Monstruos de pueblo chico (2015) y Frikis mortis (2016). Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), dirige el semanario La Palabra de Ezeiza y la editorial Muerde Muertos. Escribe para la revistas Insomnia y miNatura. Ganó el Concurso Nuevo Sudaca Border 2010-11, del sello Eloísa Cartonera (Argentina), y el 1º Premio en el XVII Concurso de Cuentos Fantásticos y de Terror Idus de Marzo 2011 (España). En 2016 quedó finalista del Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil (Argentina). Su relato "El cangrejo" obtuvo el segundo lugar en el Certamen de narrativa de terror "30º aniversario de la publicación de It" organizado por revista Cruz Diablo. Su blog es www.josemariamarcos.blogspot.com

Podés descargar el relato en PDF desde el siguiente enlace:  
https://goo.gl/Ybp6DC

Andrés Imperiale hacía meses que venía dándole vuelta a una idea, pero no se animaba.
Abogado con cierta fama, había lograba acumular una pequeña fortuna patrocinando a hombres y mujeres del espectáculo, y soñaba con cumplir fantasías pendientes, sobre todo desde su reciente separación.
Uno de sus secretos berretines era escribir durante los ratos libres. Tenía una carpeta repleta con sus textos. El estilo puede apreciarse en una poesía que elaboró pensando en su secretaria Elisa González:

Sabé, Elisa, que no podré
vivir sin ti por el resto de la vida,
y aunque no me lo pidas,
voy a llegar hasta las estrellas,
porque amarte es ir hacia ellas,
y yo te amo sin ninguna medida.

Imperiale admiraba el verso hernandiano pero no respetaba la métrica. Para él, la rima era la clave. “La entonación se la da el lector, que termina de completar la obra”, reflexionaba este notable creador de octosílabos chasco.
En cuanto a la temática no tenía que estar convencido de que lo que decía fuese verdad. Podía jurarle amor eterno a Elisa o a cualquier mujer, sin conflictos morales o éticos, porque, ciertamente, no sería un gran poeta pero sí un abogado muy eficiente.
Pese a creer en el valor de su obra, no tenía ningún plan editorial. Le alcanzaba con el placer de crear. Podemos afirmar que estaba en paz con sus creaciones.
Lo que perturbaba su calma había brotado de leer un aviso que decía: “Poeta sádico busca masoquista que desee ser castigada con imaginación y amor”.
Imperiale era un sadomasoquista reprimido y nunca había hablado de eso con nadie, aunque su deseo lo empujaba a ser un febril consumidor de pornografía.
Solía contratar a prostitutas, en general para los servicios tradicionales. Al sadomasoquismo lo disfrutaba a través de las imágenes en distintos soportes donde hombres anónimos ataban a las mujeres y las maltrataban, o viceversa. Excepto lo que veía mediante internet, el material fílmico y gráfico se lo conseguía un quiosquero que tenía su reparto en la zona de Tribunales.
Una vez, el quiosquero le ofreció una película snuff, donde los protagonistas no sólo eran castigados con crueldad, sino que resultaban asesinados. Pero la rechazó. A tanto no quería llegar.
Cuando descubrió el aviso “Poeta sádico...” en una de sus revistas de cabecera, pensó que podría poner uno similar para contactarse con alguien que le permitiera experimentar todas sus fantasías.
Primero tenía que vencer su timidez. Si bien no era cobarde en el plano profesional, en lo sexual era bastante conservador.
Dejó pasar algunos días y luego hizo una llamada a la revista para hacer las primeras averiguaciones. Por teléfono le explicaron cómo debía proceder para poner el anuncio. Podía mandar los datos por correo electrónico y pagar a través de una transferencia bancaria o por intermedio de la tarjeta de crédito. Especuló que era una buena opción, pero la descartó porque el pago quedaría registrado.
En cuanto a la confección del aviso no sabía si debía poner un celular, un email, facebook o wasap. Existían agencias que se encargaban de organizar estos contactos, pero debía entregarles sus datos y una foto, y dejar pistas lo aterraba. Le hubiese gustado ser invisible para estas cuestiones.
Imperiale solía decirles a sus clientes que era un especialista en encontrar caminos, pero no podía encontrar uno para cumplir con su deseo.
Siguieron pasando los días. Su enfado iba en aumento por no encontrarle salida al entuerto, hasta que se le ocurrió hablar con el director de la revista y pedirle un consejo. La redacción quedaba cerca del Congreso y una charla no lo comprometía a nada.
Quizá no fuera acertado pero algo tenía que hacer. En los casos más resonantes siguió algunas puntas no del todo claras y, al fin, logró una solución. “Si no hay mapas, hay que salir al campo a inventarlos”, era una de sus frases.
En menos de una semana, el director Javier Mansilla lo recibió en persona en su despacho, rodeado de fotos de mujeres desnudas, revistas, libros, un armario marrón cerrado con un candado y una enorme caja fuerte.
—Hola, soy Andrés Imperiale, abogado. Vengo a hablar con usted para que me asesore. Es para un cliente —se presentó el letrado, de cara huesuda y ojos saltones, que algunos medios perseguían con ahínco.
—¿Cómo voy a negarme a ayudar al Abogado de los Famosos? Mire si un día necesito su ayuda —bromeó Mansilla.
—Claro, claro —respondió el abogado, incómodo—. Entenderá que, como soy un hombre público, necesito privacidad.
—Por supuesto. Lo que hablemos aquí se quedará aquí. Será como si hubiese hablado con un cura, un secreto de confesionario o de sumario, como más le guste. Por la revista pasa todo el mundo, pero jamás decimos quién es todo el mundo. Nuestro leitmotiv es “Prudencia y paciencia, con saliva todo entra” —dijo Mansilla, con una sonrisa.
El viejo latiguillo no le causó ninguna gracia al abogado, y manteniendo su habitual tono neutro, le contó al periodista las necesidades de “su cliente”.
—Si usted quiere discreción, compre un celular por algún tiempo, de esos libres, y después lo da de baja —respondió Mansilla, que ya notaba cómo venía la mano—. Arregle una entrevista en un bar no muy céntrico, pero en un barrio lindo. Si es por la tarde, mejor. Hay que evitar cualquier suspicacia. A lo mejor deba utilizar un seudónimo o un nombre falso; ya verá. Trate de pasar desapercibido. Si la muchacha viene de buena fe, usted lo va a saber enseguida.
—Mi cliente lo sabrá enseguida —lo corrigió Imperiale.
—Exactamente —contestó Mansilla.
—Le agradezco mucho por su ayuda. Voy a transmitirle todo esto a mi cliente y veré si hay que poner el aviso —dijo el letrado y se levantó para marcharse.
—Espere un segundito —dijo el periodista—. Tengo algo que puede interesarle a su cliente. Es un producto que viene de China. No es muy común y es bastante caro. Si su cliente tiene dinero puede serle de gran utilidad, porque es altamente satisfactorio y por demás discreto.
Imperiale volvió a sentarse y preguntó:
—¿Puede explicarme en qué consiste?
—Es difícil transmitir qué es. Sólo le pediría que le eche un vistazo. Confío que se dará cuenta si puede servirle.
—Bueno, muéstremelo...
Mansilla se paró y fue hacia la caja fuerte. La abrió con delicadeza y extrajo una casita un poco más grande que una caja de zapatos. La puso sobre la mesa y explicó:
—Se llama el Castillo de Silling, en honor al Marqués de Sade, por Los ciento veinte días de Sodoma. ¿Lo leyó?
—Nunca leí a Sade —respondió Andrés—. Veo que ustedes en la revista lo nombran mucho, pero no sé más nada.
—Empiece a leerlo. Vale la pena —dijo Mansilla y recitó—: “Es absurdo entregarse a los remordimientos después de un crimen, y más absurdo aún sufrir por un posible castigo en el otro mundo, si somos bastante dichosos de escapar al escarmiento terrenal”. Más o menos así son las palabras que dice un moribundo ante un sacerdote. Sobre el final, el moribundo condena sus crímenes, pero primero Sade te manda esa idea. Podría ser una buena frase para los abogados.
—Ya lo creo —respondió Imperiale—. Usted es una caja de sorpresas —agregó, con más confianza.
—Todos lo somos. Todos tenemos secretos guardados. Pero vayamos a lo nuestro. Quiero que evalúe si le interesa el Castillo de Silling. Sé que parece una estúpida casa de muñecas, pero basta con que usted mire por aquí y decida —explicó el periodista y señaló un sector del techo de la fortaleza con unos binoculares incrustados.
—¿Y qué voy a ver por ahí?
—Hágame caso, mire y después hablamos.
Imperiale apoyó sus ojos y sólo vio oscuridad. Se quedó unos pocos segundos y levantó la vista, decepcionado.
—¡Pero acá no hay nada! —vociferó.
—Perdóneme, señor Imperiale, olvidé decirle que tiene que mirar y esperar un poco. El tiempo de inicio depende de cada persona. Ya sabrá de lo que le estoy hablando. Se manifestará eso que usted ansía secretamente.
El abogado volvió a poner sus ojos en los binoculares esperando ver una filmación pornográfica en tres dimensiones, una serie de fotografías o alguna invención poco difundida en la Argentina, pero que de ninguna manera solucionaría su problema. Esperó y esperó hasta que se encendieron las luces y empezó a ver... y lo que vio lo llenó de espanto pero también de una extraña fascinación.
Él y su secretaria Elisa hacían cosas con las que él soñaba casi a diario.
Imperiale se perdió en ese mundo donde todo era posible y fue Mansilla el encargado de traerlo a la realidad, golpeándole el hombro.
—Largue, hombre, largue. Ya sabe de qué se trata —dijo.
Saliendo del ensueño, perdiendo las formas y la vergüenza, Imperiale gritó:
—¡Me lo llevo!
—Espere un segundito —contestó Mansilla—. Debo decirle cuánto sale y necesito darle algunas recomendaciones. No puedo dárselo así nomás.
—¿Por qué no? Usted dijo que estaba en venta.
—Es así, pero le pido un poco de calma, señor Imperiale. Yo se lo voy a vender a usted... o a su cliente. Pero antes debe escucharme.
—Lo escucho —contestó el abogado.
—Esta caja, como se habrá dado cuenta, es mágica. O si prefiere decirlo de otra manera, posee una tecnología tan avanzada, que no entendemos su funcionamiento. Tiene la capacidad de proyectar todos nuestros deseos sexuales captando nuestras ondas cerebrales. Hay que esperar algunos segundos para que comience a funcionar.
—¡Yo no pensaba en nada cuando me puse a mirar! —se atajó el abogado.
—Lo sé, pero el Castillo de Silling actúa en lo más profundo de nuestra psiquis.
—¿Y por qué no se vende masivamente? —preguntó Imperiale—. ¿Tan caro es?
—El inconveniente es otro, algo que los científicos aún no saben cómo solucionar.
—¿Qué es?
—Crea adicción.
—No se puede culpar a la casita. En todo caso será responsabilidad de cada usuario —dijo Imperiale.
—Puede que sí, puede que no. Yo, por las dudas, la he usado siguiendo los consejos de mi proveedor.
—¿Y cuáles son esos consejos?
—Le explico —dijo Mansilla—. Sólo puede usarse tres veces por día, no importa si vio algo o no, o si estuvo un minuto o tres horas. Si se pasa cinco horas seguidas mirando, es como si lo usara una sola vez. Si mira cinco veces en breves lapsos de un minuto igual se contabilizan cinco veces.
—¿Y qué pasa si violo esta norma?
—No lo sé muy bien. No está en mis planes hacerlo. Mis proveedores dicen que uno empieza a perder el juicio —dijo Mansilla—. Le pido por favor que me haga caso porque desconozco las derivaciones.
—Quédese tranquilo. Mi lema será: “Prudencia y paciencia con saliva todo entra” —dijo Imperiale, y ambos rieron.
Tras discutir el precio y las condiciones de pago, cerraron el trato. Era mucho el dinero en juego, pero el abogado se había enamorado a primera vista.

Durante el primer tiempo, Imperiale se ajustó a las instrucciones de Mansilla y disfrutó a lo grande mirando a través de la ventanita. Estuvo horas enteras saboreando las imágenes de Elisa, y mientras la veía en la oficina, se encontraba sereno ante su presencia, como si le alcanzase con tenerla en la casita.
A la fantasía de Elisa fueron agregándose otras señoritas. Eran mujeres que veía en la calle, en Tribunales o en la tele, y hasta se permitió fantasear con algunas dirigentes políticas.
En fin, todas las damas que conocía pasaban por ese pequeño espacio privado donde él era el único amo y señor, rey máximo del sexo, bestia suprema entre todos los animales en celo.
Poco después ocurrió algo insólito: se sumó su ex mujer Liliana, con una actitud distinta a la que siempre había mostrado. Estaba completamente desfachatada y muy pendiente de sus deseos. Extrañamente, la flamante incorporación le sirvió a Imperiale para mejorar su relación con su ex a quien ahora veía sin ningún apasionamiento.
A medida que disfrutaba de los beneficios del castillo, al abogado le daba rabia tener que respetar las reglas impuestas por Mansilla. En algunas ocasiones lograba quedarse horas mirando sin levantar un segundo su vista. Otras veces se sentaba frente a la casita, miraba un minuto y se levantaba para ir al baño y ya gastaba un turno.
Estaba seguro de que no pasaría nada si miraba más de tres veces por día. Si aquello producía algún tipo de radiación maligna, él ya estaba expuesto. Y aparte, ¿qué tenía que ver que mirara una o diez veces? Lo significativo era la cantidad de horas de exposición. “La dosis es el veneno”, habría dicho el viejo Paracelso.
Con el correr de las semanas se cansó de tomar recaudos y un día terminó contemplando a sus mujercitas como seis o siete veces.
A la noche de ese día, un poco asustado por la manija que le dio el periodista, se fue a dormir preocupado. Sin embargo, no pasó nada y ni siquiera tuvo sueños perturbadores.
Así determinó que eran falaces las advertencias de Mansilla.
Imperiale comenzó a llevar en un bolso su casita a la oficina. El tiempo que antes le dedicaba a las películas, las revistas o a internet se lo fue destinando al castillo, porque era superior a todo, y hasta llegó a olvidarse de las poesías en su vida real, aunque paradójicamente se las recitaba a sus chicas, quienes se morían de amor al escuchar sus palabras.
Su obsesión fue creciendo y, cuando por fin llegó enero con la feria judicial, decidió no irse de vacaciones y quedarse en su departamento a disfrutar a fondo de la casita comprada hacía siete meses.
Era increíble la cantidad de cosas que se le ocurrían a su inconsciente. Bastaba con ver una nueva mujer para que apareciera en el castillo recibiendo chirlos. El placer cada vez pedía más y se producían escenas con latigazos, mujeres esposadas o atadas con cadenas, flagelaciones, asfixias, violaciones, fist fucking y humillaciones diversas. A veces, él era la víctima en manos de dos o tres mujeres desnudas.
Tan lejos estaba llegando que temía que, algún día, su imaginación lo arrastrara hacia algo espantoso.
Durante esas vacaciones durmió mal, un poco por el calor y otro poco porque pasaba muchas horas encerrado sin hacer ningún tipo de ejercicio.
Para mitigar el incipiente insomnio recurrió a la cajita mágica y logró que las horas pasasen agradables.
A fines de enero, Imperiale se levantó a las tres de la mañana de un lunes, sobresaltado. Oyó voces en el departamento. Pensó que había dejado el televisor prendido. O bien, estaban por asaltarlo...
Se llevó una sorpresa: el Castillo de Silling resplandecía en la oscuridad y parecía haber cobrado vida propia. Adentro, varias personas conversaban, se reían y escuchaban música. Se acercó y puso sus dos ojos en los binoculares para observar. Atónito descubrió que Elisa y Liliana eran amigas y comentaban las aventuras que compartían con él. Vivían juntas en el castillo y para su horror ya no respondían a sus fantasías. Mientras observaban dos enormes cuchillas, hablaban de sus nuevos juguetes sexuales.
Imperiale se incorporó asustado y recordó las palabras de Mansilla.
¿Qué sería lo siguiente? ¿Esas extrañas mujercitas saldrían y vivirían con él? ¿Lo atacarían? ¿Habría que mantenerlas vivas? ¿Matarlas? ¿Comerían lo mismo que los seres humanos comunes?
Tenía que hablar urgente con Mansilla. Él sabría qué hacer.
Esa madrugada no podía hacer nada. Trataría de descansar.
Se tomó dos pastillas de tranquilizantes, se encerró en su pieza y durmió hasta el mediodía, oyendo en sueños las conversaciones lejanas de Elisa, Liliana y otras mujeres.
Cuando se levantó seguía preocupado, pero cuando llegó al living la casa estaba en silencio. Ya era de día.
Más sereno se bañó y almorzó.
Tras lo sucedido, Imperiale no quiso ni echarle un vistazo al castillo y tomó la decisión de acabar con aquella aventura. La noche anterior se había pegado un buen susto y juzgaba que podía vivir sin ella. Él no era un adicto.
Cuanto antes le llevaría la fortaleza a Mansilla. Se la entregaría en consignación para su venta. Debía sacársela de encima, recuperara todo o sólo parte de su dinero. Él era un hombre público y debía seguir cuidando su imagen.
Había ido muy lejos.
Metió la casita en un bolso y, cuando quiso salir, no pudo abrir la puerta del departamento. La llave se quebró adentro de la cerradura. Buscó el celular del cerrajero de emergencias. Levantó el tubo del teléfono y marcó. Atendió un contestador automático. Trató de comunicarse con el portero y recordó que estaba de vacaciones.
Marchó hacia al living y se sentó en un sofá de cara al balcón, que le mostraba un cielo claro y azul sin nubes.
Trató de serenarse y evaluar sus próximos pasos. Buscaría en la guía o en internet a otro cerrajero, solucionaría lo de la puerta y marcharía a devolver la casita.
En medio de sus especulaciones, dos carcajadas agudas le helaron la sangre, y pensó que provenían del castillo.
Estaba equivocado.

La tarde se oscureció. Los enormes ojos de Elisa y de Liliana se asomaron por el balcón, esperando a que él empezara la función. 

SEGUINOS EN FACEBOOK: 

jueves, 1 de junio de 2017

"Los que perecieron engañados" Por Julian Lucero

Julián Joel Lucero nació el  8 de Mayo de 1982, en Sunchales, Santa Fe. Es Profesor de Química y trabaja en escuelas secundarias de Sunchales y Rafaela. En el año 2015 publicó su primer libro de cuentos, “La nena que eructaba melodías gonzo” editado por Modesto Rimba. Sus autores favoritos son: Silvina Ocampo, Manuel Puig, Patricia Highsmith, H. P. Lovecraft, Stephen King, Chuck Palahniuk, entre muchos.

Podés bajarlo el achivo en PDF desde el siguiente enlace:  https://drive.google.com/file/d/0B68bhg9qd0HpR1VQNzhrOHZhMXM/view?usp=sharing



Jorge no conciliaba el sueño. Con tan sólo diez años, consumido por un terror profundo, no conciliaba el sueño. Eran los muertos los que se adueñaban esa noche de sus pensamientos. Esas personas que, en  situaciones cotidianas, habían dejado de existir.  Los arroyos,  lagunas y piletas de lona,  podían ser lechos de muerte, trampas tendidas a la espera de víctimas. Era un niño, pero la posibilidad de ser engañado y dejar de existir lo acobijaba en su desvelo. Tal vez ponerse blando y verde. Tal vez ser devorado por los gusanos. Él, que tenía tanta vida, podía convertirse en nada. Eso les pasó a ellos. Los que no le dejaban pegar un ojo.
En el pueblo se leían, escuchaban o recordaban tragedias vinculadas con ahogados. Los más viejos hablaban del tema con demasiada liviandad, como si contaran un cuento con una moraleja torcida. A veces, también parecían experimentados relatando miserias ajenas, porque los muertos eran otros. En ese dolor, el de los otros, tal vez encontraban un poco de seguridad.
Solo, en su cama, alumbrado por la poca luz de la noche,  Jorge imaginaba el cuerpo podrido de aquel hombre y a esos dos chicos que se había llevado el agua mientras pescaban, los chicos tiesos. También a la adolescente que nunca cumplió sus quince y la pobre bebé: la bebé sin vida tendida boca abajo en la piletita de lona. La ventana que daba al patio estaba abierta, porque, según su mamá,  entraba aire fresco y limpiaba el tufo. A él no le importaba. No temía por lo que pudiese entrar. La inseguridad no había llegado al pueblo minúsculo en el que vivían, imperceptibles para el resto del mundo. Lo que lo perturbaba provenía de los recovecos de su mente insomne.
Las historias negras sobre ahogados llenaron su cabeza gradualmente y convergieron en un monstruo espantoso, que le mostraba,  cada vez que cerraba los ojos, cadáveres en descomposición, violáceos, verdes, repletos de gusanos que reptaban ansiosos. Un monstruo que se escondía en la simpleza de la vitalidad y desde ahí acechaba. Un monstruo que se reía de la desesperación de sus víctimas mientras les quitaba la vida lentamente de una forma horrible. Porque los adultos, expertos en la vida y muerte de los demás,  decían “Morir ahogado o quemado deben ser  las peores formas de morir”.“Enterrado vivo también” pensaba Jorge. Tierra, fuego y agua. El aire era lo que faltaba al final.
El hermano mayor de Francisco, el panadero del pueblo,  había fallecido algunos años atrás. Estaba cazando patos en una laguna tranquila. Una de sus presas quedó flotando en medio del cuerpo de agua y decidió nadar para buscarla. Se sacó la ropa y, en calzoncillos,  sumergió su cuerpo en el agua barrosa. Nadie supo nunca si se descompuso, o qué fue lo que pasó porque no había testigos en aquel lugar aislado. Si gritó o pidió auxilio en algún momento,  nadie lo oyó. Todo ocurrió serenamente, ahí donde no había nadie. Dos semanas más tardes, tres chicos que pasaban por el lugar, sintieron un olor nauseabundo y  encontraron el arma y la ropa. Caminaron por la orilla de la laguna, consumidos por el asco que les producía aquel hedor indescriptible. Uno fue a pedir ayuda a un paraje cercano. Los otros dos se toparon con el cuerpo, hinchado y desnudo, del hermano de Francisco, que yacía hundido parcialmente en el barro. Su piel amarillenta estaba repleta de moscardones que husmeaban el cadáver. Cuando otras personas llegaron al lugar intentaron levantarlo, su vientre se desfondó y una masa negra de entrañas y líquido cadavérico les bañó los calzados y parte de su ropa. Eso decían los pueblerinos del hermano de Francisco. Eso es lo que escuchó Jorge. En eso pensaba aquella noche. En el cuerpo sin vísceras, putrefacto. Tenía que pensar en otra cosa.
También, los padres se desligan, no saben qué hacen los changos y después lloran. Yo al Román le tengo prohibido salir si hay tormenta” comentaba Isabel, la mejor amiga de la mamá de Jorge. Unos compañeros del colegio de Román, que tenían dieciséis años,  murieron ese verano. Fueron a pescar al arroyo del pueblo un día tormentoso y no volvieron. Cuando se desató la tormenta, los padres desesperaron y decidieron, en medio del diluvio, buscar a sus hijos. Los encontraron flotando al día siguiente a unos kilómetros del puente en el que habían bajado para emprender la pesca. El arroyo creció y, junto con un montón de ramas y basura, se llevó a los chicos, para que nadie pudiese escucharlos mientras morían. Iván y Manuel se llamaban. Manuel tenía las manos en posición de estar aferrándose a algo, como garras. “Estaba tieso”, decía la gente. Cuando Jorge dejó recordar a los chicos del arroyo, notó que sus manos estaban aferradas, también como garras, al forro de almohada.
Siempre quedaba hipnotizado ante la foto de esa chica tan bonita y joven, prima de su padre, que descansaba junto con otras fotos viejas en un álbum deteriorado. El relato sobre lo que ocurrió con Sandra  se repetía con frecuencia en su familia. Si no era su papá, seguramente su abuelo o sus tíos evocaban aquella tragedia. La cava de Colonia Eustolia, el lugar natal del papá de Jorge,  era muy concurrida por los habitantes del pueblo. Un lugar tranquilo, un sitio de reunión para los fines de semana de verano. Las mujeres se ponían al día con los chismes entre mate y mate mientras los maridos cazaban y sus hijos se refrescaban en la cava. Las miradas atentas de las madres, que no dejaban de hablar, remarcaban el”No se alejen de la orilla”. Sandra esperaba ansiosa sus quince años, todos lo sabían. En la colonia, las fiestas de quince eran eventos populares, esporádicos, algo de qué hablar durante los meses subsecuentes. Ya tenía su vestido, sólo restaba la espera a ese día que nunca llegó  porque,  uno de esos tantos fines de semana,  desapareció repentinamente de entre los cinco chicos que se estaban bañando. Su cuerpo, sin vida, emergió de las aguas al anochecer. La muerte de Sandra definió la desolación total de la cava y su carácter de lugar embrujado. Comentaban que la imagen de la joven se aparecía en las aguas tranquilas, al atardecer.
Esa chica, llena de vida, hermosa,  se había consumido en un cajón entre  restos de flores. Seguramente quedaba poco de su cuerpo, unos huesos y carne seca. Su abuelo solía decir que lo primero que desaparece en el cuerpo de un muerto es la lengua. La lengua de Sandra, pudriéndose ahí. Jorge respiró hondo, sacudió la cabeza. Jamás cerró los ojos.
Fijó la vista en la pared, pensó que, de una vez por todas,  se había despojado de todos esos pensamientos que no lo dejaban dormir. Sintió la puerta del baño, era su papá que se levantaba siempre por las noches. Sonó la cadena, el agua corría. Su papá y el agua corriendo, su papá y el diario en la mañana, el diario y los policiales. Todos los sucesos se concatenaban armónicamente con el propósito de que no pegara un ojo. Estaría envuelto en la maraña de recuerdos contaminados hasta el amanecer, hasta que los párpados cedieran, se rindieran, como se rindieron todas aquellas personas, el señor, los chicos, la chica. Entonces no vería más nada. Todo sería oscuridad.
Los policiales del domingo informaron acerca de la muerte de una bebé  en la ciudad de Esperanza. Según la fuente, la madre había entrado a atender el teléfono y cuando regresó, la criatura estaba tendida boca abajo flotando en la escasa agua de la pileta de lona. “Fatalidad, te das vuelta y pasa”, dijo su padre. No había más detalles, motivo por el cual, la cabeza de Jorge trabajaba a un ritmo macabro. La piel azulde la bebé, azul cianótico, azul podrido. Como la panza del hermano de Francisco, como la lengua de Sandra. Seguro estaba tiesa, como los chicos de la pesca. También habrá luchado por aferrarse a la lona con sus brazos cortos y el agua, despiadada, no la dejó salir, no la dejó gritar ni respirar. Por eso su piel tenía que estar azul. Jorge reaccionó. Estaba empapado íntegro en transpiración. “Quiero pensar cosas lindas, quiero pensar cosas lindas, quiero dormir”. Se levantó en la penumbra y caminó hasta el baño. Se frotó los ojos cansados y la nuca con agua fría. Se sentía estúpido. Todo eso había pasado afuera, lejos. Él estaba en su casa. Su papá y su mamá cuidaban de él. También de Sandra y de la bebé, pensó. Y ahora están azules y podridas, pensó “¡Basta!” gritó. Volvió a la cama y se recostó. Finalmente, cerró los ojos y se durmió.
Lo despertó el ruido de un baldazo. Asumió que debía ser su mamá iniciando las tareas domésticas,  pero todavía era de noche.  Su habitación estaba iluminada por la luz de las estrellas que ingresaba a través de la ventana abierta. Entonces sintió el chapoteo. Alguien o algo chapoteaba debajo de su cama. Se sentó y se asomó temblando. No quería gritar porque era un chico grande, tenía diez años y se bancaba las películas de terror por las que la mayoría de sus amiguitos se meaban encima. Efectivamente, se había formado un charco que crecía desde abajo de su cama. Los chapoteos no cesaron y entonces apareció la responsable: era una bebé. Su cadáver pequeñito gateaba en el charco y buscaba con sus ojos vacíos la mirada de Jorge, tiraba de las sábanas, quería llegar a él.  Se paró aterrado sobre el colchón. Su intento de grito fue interrumpido por  manos frías que le taparon la boca, llegaron desde atrás. Alguien había entrado por la ventana. Maldijo a su mamá y al aire fresco. Hizo fuerza e intento zafarse. No quería ver a quién pertenecían, pero las manos lo dieron vuelta y quedó cara a cara con la cosa que estaba en su ventana. Era una chica, el cadáver de una chica, con los ojos hundidos en lo que alguna vez fue su rostro, consumido, seco. Besó en la boca a Jorge y le metió la lengua. La lengua era tan grande que ocupaba toda su boca, no podía respirar. La bebé había trepado a la cama y se abrazó a sus piernas. Jorge apretó fuerte los dientes hasta que cortó la lengua de cuajo y empezó a tirar puñetes. Uno de los golpes dio de lleno en el rostro de la chica y la tiró de la cama. Sacudió las piernas para deshacerse de la bebé, que se desprendió y rodó cayendo al suelo. No obstante, las dos monstruosidades se incorporaron velozmente. Un poco de aire entraba por su nariz, un aire nauseabundo, ácido. No podía escupir la lengua estaba pegada en su boca, como una sanguijuela. Saltó por la ventana y cayó sobre el césped del patio. Corrió cegado por el miedo. Quería gritar y no podía. Con los dedos intentaba, en vano, sacar aquel fragmento de carne putrefacta de su boca. Rogaba porque alguien lo viera en ese pueblo donde todos saben todo, pero nadie ve nada. Llegaría al frente y tocaría el timbre. Podría escupir la lengua y gritaría. Chocó contra algo. Lo único que vio fue una figura humana con un agujero negro a la altura del vientre. Un chorro delíquido negro lo bañó. Entró en sus ojos, boca y nariz. Intoxicado por el hedor de la putrefacción, desvaneció.


Lo arrastraban boca arriba por los pies. Amanecía. Observó el cielo más claro mientras su nuca trazaba un surco y chocaba contra piedras y desniveles del suelo. La lengua ya no estaba más en su boca. El olor nauseabundo era lo único que respiraba. Una mezcla de huevos podridos, meada, cloacas y osamenta. Giró la cabeza a un costado y vomitó. Vomitó hasta que nada quedó en su estomagó y después tosió. Reconoció el lugar. Estaba en los zanjones, en las afueras del pueblo. Juntaban poca agua, pero la suficiente para tapar su cuerpo. El frío de la inmersión invadió primero sus piernas, después su cintura y se expandió por todo su cuerpo. Flotaba en el agua estancada de los zanjones. Ya no gritaría, no tenía fuerza. Miró por última vez el cielo. Buscó con la vista y encontró a los que lo llevaron ahí. Eran dos chicos más grandes que él, que le sonreían. Tenían el pelo largo y los ojos como pelotas hinchadas, oscuras, que se hundían en sus caras verdosas. Uno le apoyó la mano en forma de garra sobre la frente y hundió su cabeza.  Luego, los dosse sentaron encima hasta dejarlo completamente sumergido, indefenso. Y cuando el aire se terminó,  las burbujas se cortaron y la vida fue arrancada del cuerpo de Jorge, todo fue paz, estaticidad y naturaleza. Sus miedos se desvanecieron en aquel  lugar tan inofensivo como tramposo, lejos de toda fragilidad que intentase invocarlos.

SEGUINOS EN FACEBOOK: 

martes, 16 de mayo de 2017

Campaña lectores de Cruz Diablo. Sorteos.

Revista Cruz Diablo realizará sorteos de manera regular entre sus lectores más activos. Durante los próximos meses se sortearán ejemplares de los libros de los nuevos autores argentinos del género de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción. La participación es gratuita y solo requiere que te agregues como seguidor de nuestro blog y realices al menos un comentario en alguna de las publicaciones de la revista. El primer sorteo será de dos ejemplares de la novela de horror erótico "Las elegidas" ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica (Argentina) con envío gratuito. 
Con respecto a "Las elegidas" 
dijo el jurado:
"Novela crossover que maneja la trama en base a lo sexual. Hay erotismo, ciencia ficción, drama, suspenso y gore. De ritmo suelto y envolvente, mantiene al hilo al lector. De lenguaje acertado y actual, refleja, de cierta manera, adónde se orienta la literatura joven de género, transitando la segunda década del siglo"

Recuerda:



* Agrégate como seguidor 
de nuestro blog 
añadiéndote a  nuestro círculo como lo indica 
la primera fotografía






* También puedes seguirnos por email o suscribirte como indica la segunda fotografía. 


*Por último no olvides realizar algún comentario en alguna de nuestras publicaciones. 

*Luego envíanos tu nombre y apellido y los últimos tres números de tu documento a revistacruzdiablo@gmail.com Quedarás en la base de dato para todos los sorteos que se realicen. 

domingo, 14 de mayo de 2017

Cruz Diablo Nº 5 Mayo de 2017 (Lista para descargar)

Podes descargar Cruz Diablo Nº 5 desde el siguiente enlace: https://goo.gl/xkw5xw
Escriben:
Lore Morena
Ruben Risso
Iván W. Tobar
Gonzalo Gossweiller
Daniel Gonzalez Chavez 
Alfonso Padilla
Rogelio Oscar Retuerto
PDF Gratuito: https://goo.gl/xkw5xw