viernes, 20 de enero de 2017

"Algo en su mirada" Por Mario Foffano

Mario D. Foffano nació en 1963 en Adrogué. Ha cursado estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y asistió al taller literario de Pedro Mairal. Obtuvo el segundo premio en el concurso de la Fundación Victoria Ocampo en el 2014. En el 2015 cursó el seminario de grado “Escritura creativa, teoría y práctica de la producción de ficciones” dictado por Elsa Drucaroff. Dentro del contexto de dicho seminario, su cuento “El sacrificio” fue seleccionado para integrar la antología “A dos Puntas – Narraciones al filo” de la editorial Birna. En 2016 obtuvo el tercer puesto en el certamen 30º aniversario de la publicación de "It"Gestiona su blog personal http://relatosparaconstruir.blogspot.com.ar/ en donde publica relatos de su autoría.
"Algo en su mirada" forma parte del número especial dedicado al 30º aniversario de la publicación de "It". Puedes descargar el número completo desde el siguiente link: https://goo.gl/pBAvMF


El primero que lo vio fue el Colorado Desimone. Estábamos en la mitad de la cancha discutiendo qué hacer. Rubén no había podido venir. Nos mandó a decir por un vecino que tenía fiebre y que el médico le había indicado antibióticos y reposo. Eso nos puso en un problema: o lo íbamos a buscar a David para que lo reemplazara o jugábamos con uno menos. De cualquiera de las dos formas, estábamos dando demasiadas ventajas. A David lo habíamos marginado del equipo por su escaso talento futbolístico y jugar con uno menos contra los Galgos era asegurarse la derrota. Esos pibes la descosían y por nosotros nadie pagaba un mango. Encima Rubén era lo mejor que teníamos. Recuperaba la pelota, asistía a los delanteros con unos pases mágicos y cuando había que bajar a defender lo hacía poniendo unos huevos así de grandes. Una vez tuvo que reemplazar al arquero porque lo habían expulsado y hasta atajó un penal. Todos nos estábamos lamentando por su ausencia cuando, de pronto, el Colorado dijo:
         —¿Y ése quién es?
         Miramos hacia uno de los costados de la cancha y vimos a un pibe de nuestra edad (catorce o quince, no más) que nos estaba mirando. Tenía puesta una remera celeste, pantalón corto blanco y medias azules recogidas en los tobillos. Parecía estar esperando que lo llamáramos.
         —¿Le decimos si quiere jugar? —preguntó el Colorado.
         —No sé —respondió Manu.
         —Si a vos te parece… —dijo Román.
         —No creo que sea peor que David —agregué yo.
         Luego de un breve debate, todos estuvimos de acuerdo en incluir al desconocido de remera celeste. El Colorado pegó un chiflido y le gritó:
         —¡Che vos, Pitufo!
         El pibe nos miró fijo y se señaló con un pulgar.
—¡Sí vos, vení!
         Hizo un trotecito hasta nosotros.
         —¿En qué posición jugás? —le preguntó el Colo.
         —En la que haga falta.
         —Joya.
         El Tula, que era el capitán de los Galgos, nos gritó:
         —¡Ya es la hora, che!
         Sin dilatar más la cosa, empezamos a jugar. Al cabo de unos minutos nos dimos cuenta de que ese desconocido la rompía. Los Galgos no podían armar juego y nosotros los sorprendimos a puro toque y gambeta. El Pitufo (así lo llamábamos, Pitufo o simplemente el Pitu) tenía una habilidad increíble. Jugaba y hacía jugar, nos ordenaba tácticamente y nos decía qué marca debíamos tomar cuando había que defender.
         La primera emoción fue a los veinte minutos del primer tiempo. Tuvimos un tiro libre adentro de la media luna del área. Al árbitro (un vecino del barrio que dirigía en la Primera D) le costó armar la barrera. Ellos no respetaban la distancia y tuvo que amonestar a dos para que se quedaran en el lugar que les indicaba. El Pitu acomodó la pelota y retrocedió unos pasos. Cuando sonó el silbato hizo una carrerita suave y le pegó. La pelota se elevó por encima de la barrera, después hizo una comba hacia abajo y entró en el arco por el ángulo derecho.
         Diez minutos después vino el segundo. Córner por la izquierda. Román, que iba a patearlo, levantó un brazo indicando la jugada. El Colorado saltó para cabecear y un defensor lo agarró de la cintura. El árbitro cobró penal. El Pitu pidió la pelota y la acomodó para patearlo. El arquero lo apalabró, pero la artimaña no le dio resultado. Se tiró para un lado y el Pitu se la picó para el otro.
         En el final del primer tiempo llegó el tercero. Nuestro jugador estrella se mandó una gambeta sublime. Apiló a uno, a dos, a tres. Levantó la cabeza y lo vio a Manu solo, sin marcas. Se la puso como con la mano. El arquero salió a cortar, pero no pudo hacer nada. La fue a buscar adentro del arco mientras se puteaba con sus defensores y nosotros hacíamos una montaña humana encima de Manu. Tres a cero y con baile. Nadie lo podía creer.
         En el segundo tiempo los Galgos salieron a jugar agresivos, trabando fuerte y con mala leche. Uno de los que estaban amonestados lo cruzó al Pitu y el árbitro lo echó. Ni siquiera así se calmaron. Al rato, otro le pegó una patada de atrás a Román. Algunos amagaron con irse a las piñas, pero el árbitro intervino justo y la cosa no pasó a mayores. El partido siguió con una falsa calma hasta que el Pitufo armó otra jugada descomunal. Recibió un pase en la mitad de la cancha y encaró hacia adelante. Dejó de garpe a dos defensores y el arquero salió a achicar. Tiró una gambeta larga y logró esquivarlo, pero se abrió demasiado. Sin embargo alcanzó a pegarle de rabona un metro antes de que la cancha se le acabara. El defensor que llegaba cerrando terminó adentro del arco con pelota y todo.
Después de ese gol los Galgos nos miraban con odio. Encima la hinchada que se juntó para alentarnos empezó a sobrarlos con los cantitos. Nosotros estábamos cebados. Todas las jugadas nos salían bien y comenzamos a vislumbrar una goleada aún más catastrófica que esa.
El Pitufo la recibió de nuevo (todas las jugadas que armábamos pasaban indefectiblemente por sus pies) y el Tula, el más grandote de los contrarios y el más matón, estiró una pierna con alevosía y le pisó el empeine. Creímos que lo había quebrado. Hubo otro amague de pelea: empujones, puteadas, manotazos al aire. El árbitro lo amonestó al Tula. Estuvo flojo. No quiso echar a otro, supongo. Si lo hacía, los Galgos le iban a hacer quilombo. El Pitu estuvo tirado unos cuantos minutos, revolcándose. Al final se paró y siguió jugando. Al rato, salió a disputar un centro y el Facha, ladero del Tula, le metió un codazo en la cara. El Colorado, que en ausencia de Rubén era nuestro capitán, le protestó al árbitro y éste, increíblemente, lo amonestó a él. Algunos contrarios se cagaron de risa. El Colorado estaba enfurecido, pero se la bancó.
         El Pájaro hizo causa común con el Tula y el Facha y, buscando lastimar definitivamente al Pitu, salió a marcarlo con los tapones de punta y lo revoleó por el aire. Entonces, la trifulca se desató. El Colorado, al que todavía le duraba la calentura por esa amonestación injusta, le tiró una piña al Pájaro. Después hubo patadas, trompadas, empujones y escupidas. El Pitufo era el blanco principal de los Galgos. El Tula y el Facha le tiraban golpes a mansalva. El Pájaro también lo encaró empuñando un palo que había encontrado por ahí. Fue tal el desmadre que vecinos que habían ido a ver el partido se metieron para separar.
         Entonces el Pitu, que corría de un lado a otro de la cancha para esquivar los golpes, se detuvo. Levantó los brazos y les hizo un gesto con las manos invitándolos a pelear. Esa fue una provocación suicida. Aquellos pibes lo molerían a golpes y, a menos que fuera también un hábil boxeador, lo más probable era que terminara en un hospital con la mitad de los huesos rotos.
Ni siquiera se puso en guardia ni se preparó para resistir el ataque. Tampoco hizo falta. El Tula, el Facha y el Pájaro se le fueron al humo, pero cuando estuvieron cerca de él se frenaron de golpe, como si se hubiesen chocado contra un muro invisible. Lo primero que pensé fue que aquellos tres eran puro alarde y que bastó un mínimo gesto para hacerlos recular. Pero había que ser demasiado cagón para achicarse de esa manera teniendo tanta ventaja. Y esos tres no era ningunos cagones.
Cuando logré acercarme pude ver un poco mejor la escena. El Pitu estaba inmóvil, como una estaca clavada en el suelo. No se le movía ni un solo músculo, ni siquiera pestañeaba. Sus ojos les lanzaban una mirada fría, penetrante como una helada de invierno. De su boca salía un extraño sonido, un gemido agudo e incomprensible. Por unos instantes creí que estaba hablando algún idioma extraño, no humano. Los agresores empezaron a retroceder. Parecía que se habían convertido, de pronto, en tres perritos asustados buscando las piernas de su amo para protegerse.
Se alejaron unos pasos más y luego comenzaron a correr. Corrieron como si se estuvieran alejando de una peste o de un cataclismo, como si la tierra detrás de ellos se estuviera abriendo para devorarlos. El resto de los Galgos, al ver que el líder y sus laderos huían de esa forma, corrieron también.
         El árbitro nos dio por ganado el partido. Felices, entonábamos cantitos en contra de nuestros rivales. Algunos vecinos se sumaron al festejo. Saltábamos en la mitad de la cancha, todos abrazados, cuando alguien advirtió que el Pitufo había desaparecido.

***

Esa misma tarde lo buscamos por todos lados. Nadie lo conocía. Los vecinos jamás lo habían visto. A nuestro colegio no iba. El Laucha Rodríguez dijo que en su división había uno que encajaba con la descripción que le dábamos, pero que no podía ser porque era un tronco jugando. En los potreros de los otros barrios no tenían idea de quién se trataba. Lo seguimos buscando un tiempo hasta que al final nos cansamos de no encontrar ni siquiera una mínima pista. Muchos nos preguntábamos qué les había pasado a esos tres pibes que salieron corriendo como si hubiesen visto al demonio encarnado en ese desconocido. Durante un tiempo nos divertimos hablando de lo ocurrido esa tarde, hacíamos conjeturas absurdas acerca de los motivos de aquella huida hasta que al final la cosa empezó a aburrirnos y de a poco nos fuimos olvidando de todo.
         Fue entonces cuando ocurrió la primera tragedia. El Tula estaba esperando el colectivo en una esquina en donde había una obra en construcción. De pronto, unos ladrillos se cayeron de un andamio y golpearon su cabeza. Un derrame cerebral lo mantuvo en coma unos días hasta que murió. El obrero que estaba trabajando allí arriba declaró que no entendía como esos ladrillos pudieron caerse si estaban bien acomodados. Juraba que no había tocado ninguno, que era muy precavido cuando trabajaba en las alturas y que el capataz anda siempre controlando para que no ocurrieran accidentes como esos.
         Seis meses después sucedió la segunda. Esta vez la víctima fue el Facha. Ocurrió cuando salía del colegio. Él y dos compañeros estaban cruzando una avenida sin advertir que un auto se acercaba a toda velocidad, descontrolado. Pasó la luz roja y al Facha lo agarró de lleno. Voló unos treinta metros hasta que cayó muerto sobre el asfalto. Los otros dos se quedaron desconcertados. Aquel auto ni siquiera los había rozado.
         Fue ahí que comencé a pensar nuevamente en aquel partido con los Galgos. ¿Se trataba de una casualidad que dos de los tres pibes que habían atacado a ese desconocido terminaran de esa manera? ¿Era ahora el turno del Pájaro o esa sucesión de muertes trágicas terminaba con la del Facha? La respuesta la tuve casi un año después.
         El Pájaro se había ido de vacaciones con sus padres, su hermano mayor y la novia de su hermano. Como siempre lo hacían, se fueron en el auto familiar a Villa Gesell. Pasando Castelli el auto derrapó al tocar la banquina y salió de la ruta. Dio unos cuantos vuelcos hasta que se detuvo destrozado a unos quince metros del asfalto. El padre fue el primero que pudo salir y sacó a su esposa que solo se había quebrado un brazo. El hermano mayor salió ileso y su novia apenas sufrió algunos golpes sin importancia, pero al Pájaro lo sacaron inconsciente. Tenía un golpe en la cabeza y la cara cubierta con sangre. Era el único que no tenía puesto el cinturón de seguridad. Lo subieron a una ambulancia, pero ni siquiera llegó al hospital. En el camino sufrió un paro cardíaco. Intentaron reanimarlo, pero fue inútil.
         ¿Pude haber evitado esa tercera tragedia? ¿Quién iba a creerme que había una relación entre esas muertes y lo ocurrido en aquel partido? Ni yo terminaba de convencerme de eso. Además, ¿cuáles eran mis argumentos para sostener semejante teoría? ¿La mirada y el grito de un desconocido que nunca más volvió al barrio? Era ridículo suponer que el Tula, el Facha y el Pájaro habían sido víctimas de un pibe… ¿macumbero? No; si no quería que me tomaran por loco o por estúpido lo mejor era mantener la boca cerrada y asumir que todo aquello se trataba de una enorme casualidad.
Pero el asunto me siguió dando vueltas en la cabeza hasta que un día se lo dije al Colorado.
—¿Qué pasó esa tarde, Colo?
—No sé.
—¿Vos le viste los ojos, cómo los miraba?
—Sí.
—No puede ser casualidad, algo tuvo que haberles hecho.
—Es mejor no pensar.
—¿No pensar?
—Sí. ¿Para qué? Ya no se puede arreglar nada.
—No puedo dormir Colo. Desde que el Pájaro murió. Siento que pude haber hecho algo y no lo hice.
—¿Hacer qué?
—Avisar… decir que tal vez su vida corría peligro… salvarlo por lo menos a él.
—¿Quién te iba a creer semejante cosa?
—¿Vos lo hubieses creído?
Se quedó pensando.
—¿Vos lo hubieses creído? —insistí.
Me miró unos instantes. Después dijo:
—No quiero volver a hablar de eso. Nunca más.
Traté de convencerme de que el Colo tenía razón. ¿Quién me hubiera creído? ¿Alguien se venga de sus agresores lanzándoles con la mirada una especie de maleficio; alguien que apareció de la nada y volvió a esa nada sin que nadie se diera cuenta? Sonaba ridículo. Muchos no dudarían en burlarse de mí. Así que lo mejor era olvidar esas fantasías y convencerme de que todo, efectivamente, se trató de una casualidad.
Con el tiempo fui sintiendo menos culpa. Los años me fueron dando otra perspectiva y si bien nunca pude sacarme de la cabeza esas muertes, al menos pude mantener la conciencia tranquila.

***

En el barrio también sucedieron otras cosas. La fisonomía fue cambiando vertiginosamente. Corrían los años noventa. En la cancha en donde jugábamos al fútbol se construyó una torre de departamentos con gimnasio y solárium. Muchos terrenos baldíos se vendieron y fueron ocupados por enormes chalets con piletas y quinchos. Las pocas calles de tierra que quedaban se asfaltaron. Un bar de mala muerte que quedaba en el cruce de dos avenidas era ahora un Bistró. Las instalaciones de una fábrica abandonada se convirtieron en un concurrido shopping con multicine incluido y la llegada de una cadena de supermercados arrasó con los pocos almacenes tradicionales que aún existían.
Por mi parte, después de algunos titubeos vocacionales, comencé a estudiar Ciencias Económicas. Mis amigos siguieron por diferentes caminos. Manu empezó a trabajar en el negocio de su padre; Rubén se recibió de ingeniero en sistemas y el Colorado se metió en medicina. A los demás les fui perdiendo el rastro, sobre todo porque mis padres vendieron la casa en la que vivíamos y nos mudamos a la capital. A partir de allí solo mantuve algún que otro contacto con el Colorado. Lo último que supe de él fue que la crisis del 2001 dejó a su familia en la lona y que, desocupado, decidió probar suerte en España.
         Yo me recibí después de seis años de duros esfuerzos. Al final, la suerte me favoreció bastante. Conseguí un buen trabajo, me casé y tuve dos hijos. Hoy mi posición es cómoda, aunque dedico a mi trabajo diez horas por día y a veces más. Mi esposa también es contadora y trabaja de gerente en un banco. Mi hijo mayor tiene doce años y la menor nueve.
         Así estaban las cosas hasta que un día recibí una solicitud de amistad en el Facebook. Era del Colorado. Estaba en Buenos Aires. No lo podía creer. Nos encontramos en un bar del centro. Casi no lo reconocí. Estaba excedido de peso, tenía los brazos llenos de tatuajes y un color bronce en la cara que daba envidia. Me contó que estaba radicado en Ibiza, que era propietario de un bar no muy grande que le permitía vivir sin mayores problemas y que se había casado con una brasileña.Se le había pegado el seseo y decía a cada rato palabras tales como enhorabuena, gilipollas, apetecible y coño. Le pregunté en qué había quedado su vocación por la medicina y me contestó largando una risotada:
         —He descubierto mi lugar en el mundo y mi verdadera vocación tumbado en una playa a orillas del Mediterráneo. ¿Qué más que eso puedo pedir?
         La conversación se extendió un par de horas hasta que nos pusimos al día con las novedades de todos esos años transcurridos. Cuando nos estábamos despidiendo me dijo que había ubicado a algunos de nuestros amigos del barrio y que tenía ganas de juntarnos a todos para comer un asado antes de volverse a España.
         —Es lo único que extraño de este país de mierda —agregó—. El asado con los amigos y mis viejos.
         Intercambiamos nuestros números de teléfonos celulares y quedamos en volver a hablar en dos días para arreglar algo.
         Me llamó tres días después y me contó que había hablado con Rubén, con Manu y con Román. La idea era juntarse a jugar un fulbito, como en los viejos tiempos, y después ir a comer un asado. Para ponerle un poco de emoción al juego, acordamos que los perdedores pagaban la cena. Gracias al Facebook pudimos ubicar a más gente y todos se prendieron con la propuesta. En total éramos diez y formamos dos equipos de cinco. Alquilamos una canchita en Almagro y reservamos una mesa en una parrilla de Palermo.
         Yo llegué media hora antes del partido. El Colorado y Manu ya estaban allí. El resto fue llegando de a poco. Con cada aparición, se producía un estallido de gritos y aplausos. Fue un reencuentro emotivo. Después de los saludos, de los chistes acerca de nuestro aspecto físico y de tomarnos algunas fotos, fuimos a los vestuarios. Nos cambiamos rápidamente y salimos a la cancha. Entramos en calor haciendo jueguitos con la pelota y elongando. De pronto, el Colorado apareció furioso:
         —¡Me cago en la hostia! —gritó.
         Le pregunté qué había pasado. Román lo había llamado por teléfono y le dijo que no podía ir. Su hija menor tenía vómitos y fiebre. La había llevado junto con su esposa a una guardia y debía permanecer allí unas horas, en observación.
         —Entonces —le dije—, vamos a tener que jugar con uno menos.
         Román formaba parte de nuestro equipo. Nos miramos unos instantes, resignados.
         —Joder —masculló el Colorado—, que nos venga a pasar esto habiendo un asado de por medio.
         Nunca le gustó perder, aunque lo que estuviera en juego fuera un asado o un sándwich de mortadela. Por lo visto, los años no lo habían cambiado.
         —No importa —dije simulando optimismo—, los partidos hay que jugarlos.
         —Sí, claro.
         Entonces, nos quedamos mirando hacia un costado de la cancha. En las gradas vacías, sentado a poca distancia de la línea del lateral, había una persona. Nos miraba como si estuviera esperando que le dijéramos algo. Era un tipo de nuestra edad, tenía puesta una remera celeste, un pantalón blanco y medias recogidas en la tobillos. Un escalofrío me recorrió la espalda.
         —No puede ser —murmuré.
         —De nuevo no, por favor… —dijo el Colorado.
         El tipo se dio cuenta de que lo mirábamos y nos hizo una sonrisa. Yo lo miré a los ojos. Había algo en su mirada, algo que me llevó nuevamente a aquel partido con los Galgos, a esa tarde que tanto me había esforzado en olvidar. Él también me miró. Por unos instantes vi en esos ojos algo siniestro, como un brillo, un resplandor infame que me dejó mudo. Al rato, movió la cabeza y clavó esos mismos ojos en el Colo.
         —Ni de coña le digo a ese que juegue —dijo.
         Estuve de acuerdo con él.
—¡Y, para cuándo! —gritó Manu.
         Yo miré nuevamente a ese extraño. Ahora se había parado. Ya no sonreía. Entonces, tuve la sensación de que algo monstruoso estaba a punto de atraparnos, una vez más; algo bestial que se había mantenido oculto hasta ese momento y que había vuelto a aparecer para desparramar la muerte entre nosotros.
Agarré la pelota y la puse en el punto central de la cancha. Después, levanté un puño y extendí el pulgar.
         —¡Empecemos! —dije.

***

Rubén fue el único que conservó aquella habilidad intacta. Lástima que jugó para el equipo contrario. Nosotros hicimos lo que pudimos. Aguantamos con dignidad hasta donde el físico y las circunstancias lo permitieron.
Jugamos todo el partido con uno menos y perdimos seis a dos.


SEGUINOS EN FACEBOOK:


jueves, 19 de enero de 2017

"El Cangrejo" Por José María Marcos

José María Marcos (Uribelarrea, 1974). Publicó el libro de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre (2010); las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde muertos (2012), en coautoría con su hermano Carlos; el poemario Haikus Bilardo (2014), con Fernando Figueras; y las nouvelles El hámster dorado (2014), Monstruos de pueblo chico (2015) y Frikis mortis (2016). Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), dirige el semanario La Palabra de Ezeiza y la editorial Muerde Muertos. Escribe para la revistas Insomnia y miNatura. Ganó el Concurso Nuevo Sudaca Border 2010-11, del sello Eloísa Cartonera (Argentina), y el 1º Premio en el XVII Concurso de Cuentos Fantásticos y de Terror Idus de Marzo 2011 (España). En 2016 quedó finalista del Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil (Argentina) y obtuvo el segundo lugar en en certamen 30º aniversario de la publicación de "It" organizado por Revista Cruz Diablo. Su blog es www.josemariamarcos.blogspot.com
(Totografía: Ale Meter)
"El Cangrejo" integra el número especial dedicado al 30º aniversario de la publicación de "It". Puedes descargar el número completo desde el siguiente enlace:  https://goo.gl/pBAvMF

1

Dirán que soy un viejo loco, como lo era el fotógrafo Eusebio Cardini, y quizás tengan razón. Es difícil explicar por qué regresé a Hust a comprar la residencia El Cangrejo, donde Cardini vivió sus últimos días, pero necesito hacerlo, no tanto para que alguien me entienda y acepte lo que digo, sino para comprender por fin por qué mis días parecen retazos de una larga pesadilla.
Cardini murió hace dos décadas y desde entonces la casa estuvo vacía. Aunque la zona se ha desvalorizado por la falta de buenos accesos, consideré que sus descendientes se opondrían a mi oferta, más teniendo en cuenta que se trata de una casa construida hace más de cien años, con los techos altos y paredes de cuarenta y cinco centímetros. Por el contrario, me dieron el visto bueno y rápidamente cerramos el trato.
Con mi familia me marché de Hust cuando estaba en plena adolescencia, y siempre tuve la sensación de que algo mío se quedó en aquella residencia donde el fotógrafo nos dio un susto bárbaro a mí y a Gastón Capistrano. Ese episodio, a mis once años, es el ancla oculta que me ha mantenido atado al pueblo rural que me vio nacer. Con Gastón íbamos a la misma escuela y éramos grandes amigos. Integrábamos una pequeña pandilla con otros tres muchachitos, pero con él teníamos más afinidad. Lo admiraba, y solíamos hacer muchas cosas sin consultarles a los demás, a punto tal de planear, por nuestra cuenta, robar nísperos y ciruelas en El Cangrejo.
La casa de Cardini —ahora, mi hogar— está construida justo en el centro de tres lotes de diez metros de ancho y sesenta de largo. En el jardín delantero siempre hubo numerosos árboles frutales. En la parte de atrás, antiguamente, estaban los criaderos de cerdos, conejos y pollos, rodeados de plantaciones de tomate, lechuga y zapallo. Para acceder a nuestro botín, sólo debíamos saltar un paredón que daba a la calle. Cardini no tenía perros, sino dos enormes gatos, que solían entrar y salir sin rendirles cuenta a nadie, lo que facilitaba el trabajo. La operación debía ejecutarse con velocidad y a la tardecita cuando solía marcharse al bar, donde se quedaba hasta la noche tomando unos tragos. Durante el día, se dedicaba a sus plantas, huerta y animales, y esperaba que algún cristiano se acercara a solicitarle sus servicios. Era el único fotógrafo del pueblo y tenía bastante trabajo. Hoy, con la proliferación de las cámaras digitales, Cardini se hubiera muerto de hambre, pero en aquel entonces sus fotos eran casi una obra de arte para sus vecinos.

2

Un sábado decidimos actuar. Cuando se había alejado dos cuadras, con su característica bolsa de tela colgada a su hombro, saltamos el paredón y enseguida escalamos la planta de nísperos. Inmersos en una ola de excitación ante lo prohibido, llenamos la primera bolsa mientras comíamos como tragaldabas, dejando de lado las advertencias de nuestros padres de no consumir fruta caliente. Apenas terminamos con los nísperos, abordamos la planta de ciruelas remolacha y llenamos la segunda bolsa.
Al pie del ciruelo nos sentamos y hablamos de futuras aventuras. Nada nos detendría y viviríamos historias que sorprenderían a nuestros compañeros. Gastón no paraba de hacer proyectos.
Nunca pensamos en la posibilidad de que Cardini regresara inesperadamente. El sol estaba aún colgado en el horizonte y mi amigo se reía, con una carcajada, limpia y cristalina, que me cautivaba. Nada podía salir mal.
Deberíamos habernos ido tras llenar las dos bolsas. Es fácil decirlo hoy a la luz de los hechos. Estábamos envalentonados y en el colmo de la desfachatez hasta intentamos entrar a la vivienda. No lo conseguimos simplemente porque todas las puertas estaban trabadas.
Detrás de la finca nos topamos con la huerta, el criadero y un pozo en el que enterraba la basura. Un olor nauseabundo se mezclaba con el olor a tierra mojada y con los aromas de una tortuosa vegetación que crecía desmadrada a diferencia del cuidado frente.
Cuando apoyamos las bolsas en un costado de la casa, el cielo se nubló y mostró los primeros signos de una tormenta. No le prestamos atención a los presagios y seguimos adelante. Primero nos topamos con las gallinas, que vivían en una especie de ranchito, con paredes de barro, techo de paja, dos grandes ventanales y una portezuela de alambre tejido. Al advertir nuestra presencia, las gallinas piaron con insistencia. Gastón estaba lo más campante y se puso a imitar al fotógrafo dándole de comer a sus animales.
—Así hace el viejo cada vez que viene a atender las gallinitas —dijo y caminó encorvado con un gesto adusto que en nada se parecía a Cardini, pero que resultaba gracioso.
No contento con las burlas, agarró una piedra del piso y se la surtió en la cabeza a una gallina.
—¡No seas boludo! —grité.
—Vos también sos una gallinita —respondió, desafiante y burlón.
No quise seguirle la corriente. Era mi amigo y no quería pelearme por una pavada. La idea de entrar había sido de los dos.
Nos acercamos al corral de los chanchos. En medio de lodazal de tres metros por tres metros, cercado por alambres de púa, algunos animalitos dormían y otros se movían serenos, en torno a un bebedero y a unos recipientes verdes con un revoltijo de basura y frutas podridas.
—¿Qué comen los chanchos? —le pregunté a Gastón.
—Comen personas y lo que más les gusta son los niiiiñoooss —contestó mi amigo, tratando de imitar la voz tenebrosa de un presentador de películas que salía por el canal Retro.
Los chistes conformaban un código que nos unía, pero, con la casa de Cardini como testigo, la broma no me causó ninguna gracia.
—Mejor nos vamos —le dije a Gastón.
—Esperá un poco. El viejo no viene hasta la noche —me respondió—. Debe estar en el bar meta ginebra y ginebra.
—Está por llover —protesté.
—Un poco más y nos vamos, gallinita —me contestó.
—Está bien —consentí, y nos quedamos dando vueltas.
Nos topamos con unas casitas grises donde vivían cuatro conejos blancos. Los bichitos se movían nerviosos ante nuestra presencia. Luego entramos a un pequeño tallercito de herramientas, con ladrillos a la vista. La vieja puerta de madera se encontraba sin llave ni candado, el piso era de tierra y en los rincones se destacaban unas telarañas. El sitio servía como depósito de porquerías, y revolvimos un poco, intrigados. En la pesquisa hallamos unas cajas de fotografías, cubiertas de polvo. Gastón abrió una y me mostró una serie de imágenes, en la que se destacaban fotografías del chiquero, retratado desde distintos ángulos.
El sol se estaba ocultando y el tallercito se llenaba de penumbras cuando le insistí a Gastón que era hora de irnos.
De mal modo, mi amigo aceptó y salimos del cuarto. No sabíamos que ya era demasiado tarde para escapar.

3

Cuando caminábamos hacia las bolsas de ciruelas y nísperos, una mano de acero se apoderó de mi brazo. Era Cardini. Me quedé mudo, paralizado ante su rostro. Mi amigo corrió y me dejó solo frente a ese hombre. Llegué a ver cómo Gastón manoteaba las bolsas de frutas y escalaba el muro desapareciendo para siempre.
—¡Qué buen amigo tenés! —vociferó Cardini, escupiendo un insoportable vaho a vino barato—. ¡Qué buen amigo, carajo! —repitió y me obligó a caminar.
Seguí callado. Me sentía angustiado, derrotado y, lo peor, traicionado por Gastón. Mi única esperanza era que mi amigo volviera con algún mayor o con los demás miembros de la banda, pero hasta entonces debía arreglármelas solo.
El viejo me arrastró hasta el chiquero y, con una voz ronca que dejaba traslucir su enojo, me dijo:
—A los mocosos como vos les pego un tiro en la cabeza y tiro sus cuerpos a los chanchos. Cuando ven carne joven se ponen felices y comen con gusto. Están cansados de tanta basura y de tanta fruta podrida.
Musité un apagado “Perdón” y me puse a llorar, pero Cardini no mostró ningún sentimiento de piedad.
—El pueblo entero se ríe de mí. “Ahí va el loco Cardini”. “Sólo lo aguantan los chanchos”. Y no sé cuántas otras cosas cuchichean a mi paso. Piensan que no los escucho, pero tengo un oído muy sensible.
Sin soltarme del brazo, Cardini metió la mano en su bolsa de tela y extrajo un revólver. Apuntó hacia el cielo, que se cubría de nubes, y puso el frío caño sobre mi cabeza.
—Bueno, pibito, se acabó todo. Despedite de este mundo. Decile adiós al viejo Cardini. Decile adiós a Hust. Rezá si crees en algo. Mandale saludos al diablo de mi parte si lo encontrás.
—No, por favor, no me mate —rogué, desesperado.
—¿Por qué voy a dejarte con vida? Sos un pequeño ladronzuelo y vas a empeorar. Ya lo dice el dicho de Cardini: “Se empieza robando una bolsa de nísperos, se sigue por un camión de nísperos y después se roba el banco donde guarda la plata el que cosecha nísperos”. ¿Voy a esperar hasta que llegues al banco?
Pedí perdón una y otra vez mientras trataba de liberarme.
—Chau —dijo y apoyó con más fuerza el cañón del revólver en mi cabeza.
—Perdón —repetí y cerré los ojos.
—Adiós, ladronzuelo —dijo con su voz áspera... y disparó.

4

Sentí que mis piernas se aflojaban. Me hice pis encima. Su mano de acero me soltó y caí arrodillado en el parque.
La bala no había salido, pero difícilmente se repetiría el milagro y el segundo disparo sería certero.
Me quedé tirado en el suelo húmedo, con mi cara hundida en el pasto, lloriqueando hasta que Cardini volvió a tomarme del brazo y me arrastró hacia la casa.
Sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta de atrás. El sol ya estaba casi oculto en el horizonte y caían las primeras gotas de lluvia. Cuando entrábamos pensé que nunca volvería a ver a mis padres. Mi futuro sería una fosa anónima.
Cardini cerró la puerta y encendió un pequeño velador sobre una mesita de roble. Afuera, la tormenta se desataba con violencia.
—Así que querías divertirte con el viejo Cardini —dijo, sin sacarme los ojos de encima—. ¡Aún no puedo creer qué buen amigo tenías! Decime, ¿cómo te llamás?
—Me llamo Carlos Quiroga y soy hijo de Elsa y Enrique —respondí con firmeza pero sin perder el miedo.
El dueño de El Cangrejo me obligó a sentarme sobre un taburete que daba a una ventana con rejas. Desde allí se veía el parque trasero que iba cubriéndose de tinieblas.
Sacó una enorme cuchilla y me dijo:
—Después de matar a los niñitos con una bala, suelo cortarlos en pedacitos. Tu amigo se salvó, pero ya lo voy a agarrar.
El fotógrafo siguió hablando, extendiéndose en detalles que no pude retener, explicándome por dónde era mejor trozar a una persona, y me mostró una mesada en la que ejecutaba sus acciones.
—En Hust todos me conocen por fotógrafo, pero viví mucho tiempo en Avellaneda y tenía una carnicería, hasta que me cansé, vendí todo y me mudé acá.
Hablaba pero ya no podía entender nada más.
Sólo quería huir, o morir, y dejar de sufrir.

5

Creo que me desmayé. Los recuerdos saltan súbitamente del interior de la casa a la calle y me veo tirado en una zanja. Hundido en el barro, contemplaba al viejo envuelto en una capa, resplandeciendo en medio de la lluvia, como un ser sobrenatural. Su risa se mezclaba con los sonidos de la tormenta.
Me incorporé, tambaleante, y salí corriendo.
No recuerdo qué le dije a mis padres, pero no les conté la verdad. Llegué a mi casa embarrado y mojado, con un dolor insoportable en el cuerpo y en el brazo. Estaba profundamente abatido y decepcionado con el mundo, que me mostraba la crueldad en estado puro y una faceta aún desconocida de la amistad. Esto hizo que decidiera enterrar esta historia que hoy trato de exhumar, tal vez tardíamente.
De más está decir que no volví a tratarme con Gastón. Fue como si hubiese muerto. Él, por su lado, trató de evitar todo contacto conmigo. Supongo que estaba avergonzado.
Por razones que desconozco, Gastón, sus padres y sus hermanos se marcharon de Hust a los pocos meses de aquel incidente. Nosotros nos fuimos unos años después. Mi viejo era ferroviario y le dieron un cargo importante en Bahía Blanca. El ascenso significaba una vida más holgada tanto para mis padres como para nosotros los cinco hijos.
Durante muchos años tuve ganas de regresar a Hust. Nací y crecí en sus calles, y juzgaba que mi regreso serviría para cerrar la herida que me dejó la deslealtad de mi amigo y el castigo infringido por el fotógrafo.
Desde aquella época hasta el presente no he hecho muchas cosas significativas o dignas de destacarse por encima de otros ciudadanos de mi edad. Recientemente me jubilé de mi puesto en el Banco Provincia y, en líneas generales, mi vida ha sido la de un hombre corriente. Nunca participé de un partido político, entidad de bien público o religión, y a diferencia de mis hermanos que se casaron y tuvieron muchos hijos, me mantuve soltero, y ya no especulo con cambiar mi destino.
En estas condiciones decidí comprar la casa del fotógrafo. Lo hice porque a lo largo de estos años he arribado a la triste conclusión de que mi vida quedó atrapada en ese angustioso instante, que no me ha permitido desarrollar ninguna otra vocación, pese a que en la juventud tuve deseos de convertirme en artista plástico, músico o periodista, pasiones que se fueron extinguiendo.

6

Regresé a la casa de Cardini en marzo de este año y desde esa fecha hasta el presente no he estado haciendo otra cosa que arreglarla. Mi primera medida fue poner en condiciones una habitación y el comedor. Como vivo solo, no tengo a nadie a mi lado que se queje del mal estado de la casa y trabajo con tranquilidad. Logré que volvieran a conectar la luz eléctrica y hasta conseguí un servicio de cable satelital. El sistema de agua no funcionaba bien, pero mandé a hacer un nuevo pozo de agua y el tema se solucionó. En cuanto al parque, falta mucho, pero tengo un buen jardinero que se está ocupando.
El primer día que regresé a El Cangrejo percibí que, por alguna ruptura del espacio y del tiempo, estaba volviendo a aquella terrible tarde y me largué a llorar sin consuelo.
A medida que hice arreglos, pude ir sintiéndome más dueño de la casa y no un extraño visitante usurpando un sepulcro abandonado. Para la primavera, mi ánimo había mejorado notablemente y la casa se encontraba con menos humedad y adornada con los muebles que elegí.
El único lugar que seguía siéndome ajeno era un pequeño cuadrilátero donde estuvo el criadero de los chanchos y no crecía el pasto.
Ahí al lado Cardini gatilló su arma en mi cabeza.
Por un temor supersticioso, siempre miré de lejos ese recoveco hasta que en noviembre una idea se instaló en mi cabeza. Se me presentó a partir de un hallazgo que hice de una caja con fotos amarillentas, en el cuarto de las herramientas. Ese lugar era el último reducto que me faltaba poner en condiciones, y encontré una serie de fotos, muy parecidas a las que vimos con mi amigo Gastón. Eran más de cien y todas pertenecían a los chanchos. Entre retratos de los animales y tomas del criadero, de pronto, me llenó de horror descubrir una foto donde estábamos con mi amigo, de espaldas, mirando el chiquero. Era una toma del día de la tragedia. Con las manos sudorosas guardé las fotos en la caja y esa misma noche las prendí fuego.
Había ido a esa casa para terminar con esa herida en el tiempo y tenía que hacer lo que mi conciencia me dictara.
Ese descubrimiento fue la semilla de una nueva idea que se cristalizó durante comienzos de un diciembre lluvioso y caluroso.
Un atardecer llovía por tercer día consecutivo. Yo no hacía otra cosa que mirar por la ventana de rejas desde donde Cardini me hizo sentar, y vislumbré lo que tenía que hacer.
Me puse un impermeable, las botas, y agarré una pala. Me dirigí hacia el sector del chiquero donde no crecía pasto. El jardinero me dijo que esa tierra debía ser removida y sembrada, para que quedara pareja con el resto del jardín. Pensaba trabajar en ella durante el verano.
En medio de la tormenta, y sin importarme la fragilidad de mis pulmones, me dispuse a ejecutar la tarea. Cavé igual que un poseso arrojando el barro para los costados. Al principio, sólo hallé unos huesos de cerdos y otros desperdicios. Aunque tenía puesta la capucha del impermeable, la lluvia caía sobre mi rostro y me veía adentro de un desvarío.
La alucinación se volvió realidad cuando hallé lo que intuí que encontraría dentro de ese cuadrilátero.
Hondamente apesadumbrado me dirigí hasta la casa, con la ilusión de que, tras un descanso, mi hallazgo volviera a convertirse en una de mis tantas fantasías de viejo. Un viejo loco, como Eusebio Cardini.
Dejé todo en la sala donde el fotógrafo alguna vez me dijo que él ejecutaba sus carnicerías.
Me bañé y me acosté a dormir en un sofá con la esperanza de que las pruebas se desvanecieran al despertar.

7

Me levanté de madrugada, afiebrado, con mucha tos, y fui hacia el cuarto de la mesada. Afuera había parado de llover. El cielo estaba cargado. Las nubes pesadas no dejaban ver las estrellas ni la luna. La serenidad de la noche contrastaba con mi excitación, pero no así la tenebrosidad que era el reflejo de mi espíritu.
Lo que encontré en el pozo de los chanchos seguía allí y me negaba a nombrarlo. Eso no podía ser real.
En medio de un calamitoso estado creí ver que las dos calaveras de niños, con orificios de bala en la nuca, reían en la oscuridad, mientras que la carne trepaba sigilosa a los cráneos, para mostrar qué rostros habían configurado en vida, confirmando todas mis sospechas...
Tanto Gastón como yo morimos esa tarde lejana en El Cangrejo.
Por algún castigo divino, o tal vez simple misericordia, mis recuerdos se corrompieron y me sumergí en esta brumosa existencia que, ahora lo sé con amarga certeza, sólo es un piadoso sueño de mi tumba.

SÍGUENOS EN FACEBOOK:

miércoles, 18 de enero de 2017

"En el fondo de todas las cosas" Por Pablo Cazaux

Pablo Cazaux nació en Avellaneda en 1967. Publicó seis novelas y resultó ganador y finalista en varios concursos de cuentos. En 2016 resultó ganador del Premio Tristana de novela fantástica.
Uno de los temas que aborda Cazaux en su obra es la cuestión de la identidad. Buscada desde todos los ángulos, la identidad se cuela en los textos en los que los personajes buscan por cualquier medio saber algo de ellos mismos. Por otro lado, la violencia como situación irremediable está presente en sus obras.
·         2016, Ganador del 1º premio del IX Concurso Tristana de novela fantástica, Ayuntamiento de Santander.
·         2014, Finalista del concurso de novela negra Cosecha roja-JPM Editores, con la novela “Carver” (Finalmente editada en 2016 por esta editorial en España)
·         2013, Finalista del concurso de novela negra de Extremo negro, de la editorial Del Nuevo Extremo, con la novela “Demasiadas manos para un cadáver”.
Otras obras publicadas:
·         “Ejército de Ángeles” (novela), publicada con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes y de la SADE.
·         “Milagro en el Guadalupe” (novela), publicada por Navarro Bravo Editores.


"En el fondo de todas las cosas"
Relato ganador del certamen 30º aniversario de la publicación de "It"
Forma parte del número especial que puedes descargar completo en PDF desde el siguiente enlace:

    Ahora Julio me da la razón, pero igual no sirve. Lo que hicimos ya está  hecho y, en todo caso, la cuestión es ver cómo seguimos.
        Está  lloviendo. El agua es invasora. Está por todos lados, anegando el camino de tierra, convirtiéndolo en una ciénaga peligrosa, carcomiendo la madera como un ratón, llenando la casa de humedad y bichos. Es muy triste, casi descorazonador. Vuelvo a mirar hacia el fondo, hacia donde los árboles marcan el límite de nuestra propiedad. Como si allí hubiese alguna clase de imán que atrae las miradas; o porque en ese lugar andan los perros olisqueando el pasto mojado. Cuando encuentro esos ojos que me miran a través de la ligustrina doy vuelta la cara, o me tapo con las manos. Porque sé que esto no tiene fin, que no hay forma de acabar.
       

    Julio y yo nos casamos hace cinco meses. Aunque fue todo muy repentino, estoy segura de Julio, de lo que hicimos, de dejar todo y buscar una casa en un pueblo lejos de la ciudad, de nuestros padres. Julio es médico. Yo no soy nada. Soy la que lo espera con la cena y la que pone un poco de sentido común a las cosas. No es mucho, pero quién sabe. Julio es demasiado crédulo. Quizás por eso le vendieron la casa con tantas goteras y humedad.
           Nos mudamos hace dos meses, en abril. Julio cambió el auto por una camioneta; trajimos el equipo de música y una pila enorme de discos: mucho jazz y música clásica, bastante de Serrat y el resto de Rock'n Roll; trajimos los libros y las cacerolas y los acomodamos en un aparador que no tenía puertas. Pensamos que la cosa era arrancar. Como un desafío. Partir de la nada y llegar a algún lado. Internarse en un bosque y jugar a encontrar la salida. Como un cuento. Pero no pensamos en las consecuencias. Porque uno nunca piensa en las verdaderas consecuencias cuando hace las cosas. Así que dijimos: este es el principio. Y nos creímos nuestras propias palabras.


    En ese principio estábamos nosotros: Julio, yo, los perros. De alguna manera eso significaba espacio y tiempo, nosotros frente al mundo, desafíos y proyectos, la camioneta que no arrancaba, el perro que ensuciaba el sillón, el reloj que atrasaba diez minutos, las colillas de cigarrillos desparramadas en el piso, cartas escritas entre pausas de amor a los amigos de antes, la comida cocinada por nosotros. Rutinas sin trascendencia. Cosas que uno no contaría por miedo a aburrir. Sin embargo, ese era nuestro mundo, donde las cosas cobraban otra dimensión, se hacían importantes. Por ejemplo, sentir el ruido de la camioneta que llegaba y correr a abrir el portón; esconder a los perros para que no se metieran debajo de las ruedas. En esos momentos éramos Julio y yo, mientras que el resto se disolvía como un sueño. Pero eso no duró mucho. ¿Una semana? ¿Dos? Yo creo que ni siquiera un día. Yo creo que Adrián comenzó a observarnos desde el momento en que pusimos un pie en esta casa.
Así que hay dos principios. El nuestro y el de los otros.


   La casa es lindera con la de Clara. Nos separa una ligustrina repleta de agujeros y un portón de alambre que hizo poner el dueño anterior. Clara se presentó como nuestra vecina y detrás apareció Adrián, su hijo. El chico tenía veintitantos años y un retraso mental notorio. Lo supe en cuanto dijo hola, en cuanto abrió su boca y dijo hola con esa voz tan lenta y pegajosa supe que Adrián no me gustaba. Es la verdad. Tampoco me gustó Clara, y con el tiempo llegué a la conclusión de que no me gustaba nadie. Mabel por ejemplo, que con la excusa de usar el teléfono o de esperar una llamada se aparecía cada dos por tres para vernos de cerca, para preguntar por qué teníamos tal cuadro o poníamos el sillón contra la ventana. Al poco tiempo trajo una amiga que se llamaba Gladys, y en horas interminables me contaban sus estúpidas vidas pueblerinas, su mundo en miniatura. No era muy diferente del mío, pero yo no preguntaba. Yo no quería saber. Ellas, en cambio, podían describir mi casa con los ojos cerrados: sabían dónde estaba el café y la leche en polvo, el papel higiénico; con qué botón se encendía la televisión y qué discos estaban rayados. Me preguntaban por qué no me ponía el pullover con rombos que había usado la semana anterior, o por qué Julio llegaba a las nueve si salía del hospital a las ocho.
            Yo trataba de explicarles. Aceptaba el juego por miedo a que me rechazaran. Permitía que tomaran el álbum de fotos y miraran las intimidades de nuestro casamiento: el hotel barato de Córdoba que nos albergó en la luna de miel; fotos de secundaria, de amigos, de lugares que ellas sólo vieron en televisión, o ni siquiera eso. Pero en el fondo no les importaba. No escuchaban mis explicaciones. Saboreaban el poder que les confería espiar nuestras vidas para poder salir a contarlas.
             Julio decía que era el precio que teníamos que pagar y sonaba bastante lógico. Ya no había forma de salirse. Es entonces cuando una se entrega a la paradoja de existir sin existir. Es sencillo. Ellos sabían que estábamos, conocían nuestros nombres y la profesión de Julio. Pero al mismo tiempo no éramos nadie, no lo seríamos nunca si no aceptábamos sus rituales casi infantiles. Y aceptamos sin saber dónde decir basta.


    El pueblo nos vio llegar como lo que éramos: dos extraños que confundieron el paraíso con un pueblo alejado del ruido. El vacío que nos hicieron fue tan grande que por un momento pensamos que nos arrastraría hacia la nada. Éramos nosotros los que teníamos que abrir nuestras puertas para escucharlos. Éramos nosotros los que teníamos que ofrecer la leche para el nene o el teléfono. Éramos nosotros, y a la vez no éramos nadie. Porque todo eso se terminó convirtiendo en una obligación. Si Alfredo, el marido de Mabel, estaba aburrido en la casa, venía a invadirnos a cualquier hora de la tarde. No le importaba que yo estuviera sola fregando los pisos o mirando la tele. Él entraba, se acomodaba donde le viniera en gana y esperaba el café caliente. Yo lo preparaba bien al principio y frío después. Me enfermaba sólo de verlo porque la hora no se pasaba nunca escuchando las historias absurdas de ese imbécil que se creía dueño de todo sólo porque tenía más antigüedad que nosotros. Mi obligación era escucharlo. Con el odio brotándome como espuma lo escuchaba. Sabiendo que el día anterior había molido a palos a su mujer por un motivo que ninguno recordaba, pero que seguramente era justificado. Ese era el precio.


   Hasta que un día descubrí que la invasión no sólo consistía en venir a cualquier hora y controlarnos; en meterse en la casa y atender el teléfono cuando estábamos afuera, o espiar por la ventana de nuestro cuarto un domingo a la mañana con la excusa de pedirnos la bicicleta. En la invasión también participaban aquellos que nunca veíamos. Lo descubrí esa tarde que estaba leyendo un libro en el fondo, tomando el último sol del otoño, y por casualidad giré la cabeza hacia la ligustrina y vi los ojos que estaban fijos en mí. Me radiografiaban con paciencia.
    Me levanté de un salto, corrí a la casa, cerré la puerta y me puse a llorar. No podía hacer otra cosa que llorar porque ya no aguantaba más; porque sabía que cuando saliera los ojos seguirían allí, fotografiando mis movimientos, mis expresiones. Y así fue. Por más que corrí hacia ellos, no se movieron. Eso me asustó. Esos ojos no obedecían a la naturaleza, no se modificaban al ser descubiertos. Sólo reaccionaron cuando Clara gritó el nombre de Adrián. Se cerraron. Se abrieron y volvieron a cerrarse. Luego desaparecieron.
     Esa noche se lo conté a Julio y le hice prometer que hablaría con Clara. Le dije además que podía soportar muchas cosas menos las miradas de un retrasado que se esconde y no se asusta. Julio dijo que era hora de poner límites, que ya habíamos hecho suficiente para que nos aceptaran. Yo estuve tan de acuerdo que hasta me sentí feliz.
                 Pero esa sensación duró poco. Después empezaron las lluvias.


   Un miércoles a media tarde comenzó a llover. Como todas las lluvias, primero gotas gordas que se van afinando con el paso de las horas hasta convertirse en una masa sólida. Llovió toda esa noche y también el jueves y viernes. Era permanente, sin interrupciones. Poco a poco el pueblo se fue transformando, confundiéndose los pedazos de campos vírgenes con las zanjas rebosantes, convirtiendo cada esquina en una trampa. Ahí fue donde se notó que éramos como extranjeros.
                  El sábado a la mañana tuvimos que salir a comprar comestibles. La camioneta no podía atravesar esa inmensa laguna que era la calle, así que fuimos a pie a traer lo que pudiéramos cargar. Apenas salimos el tipo de la esquina estaba diciéndonos por dónde teníamos que pasar, dirigiéndonos como ganado. Él conocía el trayecto seguro. Así que con el agua hasta las rodillas seguimos la ruta trazada por el vecino y avanzamos unos metros. Enseguida nos dimos cuenta de que en la otra esquina había otro vecino esperándonos para lo mismo, y así en todas las esquinas de este asqueroso pueblo. Todos sabían que nosotros veníamos en camino y salían a divertirse un poco, a decirle a los forasteros cuál era el camino que había que tomar, a matar el tiempo y el aburrimiento con esos dos extraños cargados con bolsas que suplicaban una orientación. De paso, les debíamos un favor. A todos ellos les debíamos nuestra vida.
               Al volver tiramos todo sobre la mesa, nos desnudamos e hicimos el amor en el piso húmedo. No porque tuviéramos ganas, sino como una forma de supervivencia, o porque sentimos que eso era lo único que podíamos hacer solos. Pero no hay soledad en un mundo tan pequeño. Tras el vidrio chorreante de agua, más allá, detrás de los pinos, algo se movió. Lo vi como un reflejo de sol o como una linterna prendida en la oscuridad. Algo había atravesado la ligustrina y se movía entre los  árboles. Grité lo más fuerte que pude y Julio salió desnudo, fuera de sí, corriendo entre los charcos, resbalando a cada paso pero con la decisión de alcanzar al invasor. Yo pegué la cara al vidrio, ocultando mi cuerpo con las manos, y vi cuando Julio caía de espaldas en un charco de agua y se levantaba todo embarrado. Vi también la figura de Adrián, borroneada por el agua, que se metía por un agujero de la ligustrina y desaparecía como un fantasma. Julio avanzó como pudo, agarrándose del aire, hasta que se detuvo mirando el piso. Cuando volvió me dijo que el pozo del fondo se estaba desmoronando. La parte del centro se había hundido y llenado de agua.
              

    El domingo siguió lloviendo y parecía casi lógico, como si la lluvia fuese la consecuencia de algo. No teníamos hambre así que no comimos. Nos quedamos uno junto al otro tratando de mantener el fuego para sacarnos la humedad de la piel. A la tarde vinieron Alfredo y Mabel, se sentaron con nosotros y empezaron a hablar. Nosotros no escuchábamos, simplemente asentíamos mientras echábamos otro pedazo de madera en la estufa. Veíamos las caras de esa pareja como a través de un vidrio esmerilado. Las facciones cambiando de forma de acuerdo a la posición de la luz. Los mentones alargados, las frentes abultadas, los dientes como colmillos. Figuras inhumanas que nos prestaban su infierno por un rato, que nos dejaban  subir a sus juegos.  Así nos enteramos de que el director de la escuela abusaba de algunos alumnos; que el Intendente era el dueño del prostíbulo; que en el hospital se practicaban abortos si uno sabía a quién pagar. Un par de horas después, cuando el repertorio se había agotado, Alfredo dijo que teníamos que hacer algo con Adrián. Yo me estremecí y Julio preguntó por qué.
               Lo poco que pudimos sacar en limpio fue que Adrián había quedado idiota de los golpes que le dieron sus padres desde que nació y que no les alcanzó con deformar al chico, sino que además lo violaron sistemáticamente todos los miembros de la familia. El padre, que murió hacía dos años de cáncer, el tío, y Clara, la madre. La que, según todo el pueblo, desde la muerte de su esposo se ensañó mucho más con su hijo, acosándolo todas las noches y castigándolo después.
             Dicho esto se fueron, dejándonos en la boca tantas preguntas que apenas si pudimos hablar entre nosotros. Así que esa misma noche, cuando Julio parecía dormido, me levanté, me puse el piloto y salí al parque. No me importaba el agua acumulada ni la que caía. No me importaba caminar en esa oscuridad de ciego. Solo caminé, descalza, enterrándome en el barro hasta llegar a la ligustrina y pasar del otro lado. Por primera vez sentí esa sensación de pertenencia. El agujero en la ligustrina no era sólo el pase a esa dimensión vacía que veíamos día tras día, sino una señal clara que indicaba nuestra obligación de vecinos. Lo atravesé.
                La luz de la ventana era la única luz de la casa y yo me sentí atraída como un insecto. Pegué la cara al vidrio, la nariz y las pestañas chorreantes de agua fría, vi una habitación de paredes descascaradas y manchadas de humedad, una mesa vacía con dos sillas, una cama de hierro con el colchón desnudo y Adrián. Miraba hacia la puerta, hipnotizado por el miedo de saber lo que estaba por ocurrir. Lo sé porque yo también lo sentía. En ese estado de comunicación, se dio vuelta y miró hacia la ventana como si supiera que yo estaba ahí. Atravesó el cuarto, volteando la cabeza de tanto en tanto, hasta que llegó al vidrio y apoyó su cara deforme contra él, contra mí. Nuestras caras casi se tocaban, apenas separadas por una fina capa de vidrio líquido. De pronto se sobresaltó. Miró por encima de mi cabeza y retrocedió hasta la cama. Yo también retrocedí, impulsada por ese rechazo de imán, hasta que choqué con el cuerpo de Julio. Estaba parado detrás de mí, mojado como yo pero desnudo, en su mano derecha tenía un cuchillo de cocina y en la izquierda el bisturí. No hizo falta hablar. Los dos sabíamos lo que ellos querían de nosotros. Esperamos a que Clara entrara en la pieza y obligara al chico a desnudarse. Recién entonces dimos la vuelta y nos metimos por la cocina. Estaba oscuro. No tenían muebles. Ni siquiera un secreto que fuera sólo de ellos. Seguimos por un pasillo hasta la pieza de Adrián. Abrimos la puerta. Clara no nos vio. Estaba desnuda sobre el cuerpo de su hijo, que hacía un esfuerzo descomunal por soltarse. Yo la agarré del pelo. Puse toda mi furia en eso, mientras Julio cortaba al monstruo en pedacitos.


La lluvia siguió, sigue, y seguirá. No sé cuánto más. No tiene importancia. Porque los ojos de Adrián siguen allí, detrás de la ligustrina, mirando lo mismo que miro yo. Mirándonos sin preocupaciones, sin tiempo en el medio, sólo el agua, o al perro que mordisquea una mano que acaba de encontrar en el pozo derrumbado.



   

martes, 17 de enero de 2017

Número especial 30º aniversario de la publicación de "It"

    Número especial 30º aniversario de la publicación de 
“It”

Escriben:
Pablo Cazaux (Ganador del certamen)
José  María Marcos (2º puesto)
Mario Foffano (3º puesto)
David Arroyo (Mención especial)
Gabriela Arciniegas (Mención especial)
José Gustavo Lupia (Mención especial)
Noel Aguirre Albertoni (Mención especial)
Descarga la revista completa en PDF desde el siguiente enlace: