jueves, 19 de enero de 2017

"El Cangrejo" Por José María Marcos

José María Marcos (Uribelarrea, 1974). Publicó el libro de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre (2010); las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde muertos (2012), en coautoría con su hermano Carlos; el poemario Haikus Bilardo (2014), con Fernando Figueras; y las nouvelles El hámster dorado (2014), Monstruos de pueblo chico (2015) y Frikis mortis (2016). Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), dirige el semanario La Palabra de Ezeiza y la editorial Muerde Muertos. Escribe para la revistas Insomnia y miNatura. Ganó el Concurso Nuevo Sudaca Border 2010-11, del sello Eloísa Cartonera (Argentina), y el 1º Premio en el XVII Concurso de Cuentos Fantásticos y de Terror Idus de Marzo 2011 (España). En 2016 quedó finalista del Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil (Argentina) y obtuvo el segundo lugar en en certamen 30º aniversario de la publicación de "It" organizado por Revista Cruz Diablo. Su blog es www.josemariamarcos.blogspot.com
(Totografía: Ale Meter)
"El Cangrejo" integra el número especial dedicado al 30º aniversario de la publicación de "It". Puedes descargar el número completo desde el siguiente enlace:  https://goo.gl/pBAvMF

1

Dirán que soy un viejo loco, como lo era el fotógrafo Eusebio Cardini, y quizás tengan razón. Es difícil explicar por qué regresé a Hust a comprar la residencia El Cangrejo, donde Cardini vivió sus últimos días, pero necesito hacerlo, no tanto para que alguien me entienda y acepte lo que digo, sino para comprender por fin por qué mis días parecen retazos de una larga pesadilla.
Cardini murió hace dos décadas y desde entonces la casa estuvo vacía. Aunque la zona se ha desvalorizado por la falta de buenos accesos, consideré que sus descendientes se opondrían a mi oferta, más teniendo en cuenta que se trata de una casa construida hace más de cien años, con los techos altos y paredes de cuarenta y cinco centímetros. Por el contrario, me dieron el visto bueno y rápidamente cerramos el trato.
Con mi familia me marché de Hust cuando estaba en plena adolescencia, y siempre tuve la sensación de que algo mío se quedó en aquella residencia donde el fotógrafo nos dio un susto bárbaro a mí y a Gastón Capistrano. Ese episodio, a mis once años, es el ancla oculta que me ha mantenido atado al pueblo rural que me vio nacer. Con Gastón íbamos a la misma escuela y éramos grandes amigos. Integrábamos una pequeña pandilla con otros tres muchachitos, pero con él teníamos más afinidad. Lo admiraba, y solíamos hacer muchas cosas sin consultarles a los demás, a punto tal de planear, por nuestra cuenta, robar nísperos y ciruelas en El Cangrejo.
La casa de Cardini —ahora, mi hogar— está construida justo en el centro de tres lotes de diez metros de ancho y sesenta de largo. En el jardín delantero siempre hubo numerosos árboles frutales. En la parte de atrás, antiguamente, estaban los criaderos de cerdos, conejos y pollos, rodeados de plantaciones de tomate, lechuga y zapallo. Para acceder a nuestro botín, sólo debíamos saltar un paredón que daba a la calle. Cardini no tenía perros, sino dos enormes gatos, que solían entrar y salir sin rendirles cuenta a nadie, lo que facilitaba el trabajo. La operación debía ejecutarse con velocidad y a la tardecita cuando solía marcharse al bar, donde se quedaba hasta la noche tomando unos tragos. Durante el día, se dedicaba a sus plantas, huerta y animales, y esperaba que algún cristiano se acercara a solicitarle sus servicios. Era el único fotógrafo del pueblo y tenía bastante trabajo. Hoy, con la proliferación de las cámaras digitales, Cardini se hubiera muerto de hambre, pero en aquel entonces sus fotos eran casi una obra de arte para sus vecinos.

2

Un sábado decidimos actuar. Cuando se había alejado dos cuadras, con su característica bolsa de tela colgada a su hombro, saltamos el paredón y enseguida escalamos la planta de nísperos. Inmersos en una ola de excitación ante lo prohibido, llenamos la primera bolsa mientras comíamos como tragaldabas, dejando de lado las advertencias de nuestros padres de no consumir fruta caliente. Apenas terminamos con los nísperos, abordamos la planta de ciruelas remolacha y llenamos la segunda bolsa.
Al pie del ciruelo nos sentamos y hablamos de futuras aventuras. Nada nos detendría y viviríamos historias que sorprenderían a nuestros compañeros. Gastón no paraba de hacer proyectos.
Nunca pensamos en la posibilidad de que Cardini regresara inesperadamente. El sol estaba aún colgado en el horizonte y mi amigo se reía, con una carcajada, limpia y cristalina, que me cautivaba. Nada podía salir mal.
Deberíamos habernos ido tras llenar las dos bolsas. Es fácil decirlo hoy a la luz de los hechos. Estábamos envalentonados y en el colmo de la desfachatez hasta intentamos entrar a la vivienda. No lo conseguimos simplemente porque todas las puertas estaban trabadas.
Detrás de la finca nos topamos con la huerta, el criadero y un pozo en el que enterraba la basura. Un olor nauseabundo se mezclaba con el olor a tierra mojada y con los aromas de una tortuosa vegetación que crecía desmadrada a diferencia del cuidado frente.
Cuando apoyamos las bolsas en un costado de la casa, el cielo se nubló y mostró los primeros signos de una tormenta. No le prestamos atención a los presagios y seguimos adelante. Primero nos topamos con las gallinas, que vivían en una especie de ranchito, con paredes de barro, techo de paja, dos grandes ventanales y una portezuela de alambre tejido. Al advertir nuestra presencia, las gallinas piaron con insistencia. Gastón estaba lo más campante y se puso a imitar al fotógrafo dándole de comer a sus animales.
—Así hace el viejo cada vez que viene a atender las gallinitas —dijo y caminó encorvado con un gesto adusto que en nada se parecía a Cardini, pero que resultaba gracioso.
No contento con las burlas, agarró una piedra del piso y se la surtió en la cabeza a una gallina.
—¡No seas boludo! —grité.
—Vos también sos una gallinita —respondió, desafiante y burlón.
No quise seguirle la corriente. Era mi amigo y no quería pelearme por una pavada. La idea de entrar había sido de los dos.
Nos acercamos al corral de los chanchos. En medio de lodazal de tres metros por tres metros, cercado por alambres de púa, algunos animalitos dormían y otros se movían serenos, en torno a un bebedero y a unos recipientes verdes con un revoltijo de basura y frutas podridas.
—¿Qué comen los chanchos? —le pregunté a Gastón.
—Comen personas y lo que más les gusta son los niiiiñoooss —contestó mi amigo, tratando de imitar la voz tenebrosa de un presentador de películas que salía por el canal Retro.
Los chistes conformaban un código que nos unía, pero, con la casa de Cardini como testigo, la broma no me causó ninguna gracia.
—Mejor nos vamos —le dije a Gastón.
—Esperá un poco. El viejo no viene hasta la noche —me respondió—. Debe estar en el bar meta ginebra y ginebra.
—Está por llover —protesté.
—Un poco más y nos vamos, gallinita —me contestó.
—Está bien —consentí, y nos quedamos dando vueltas.
Nos topamos con unas casitas grises donde vivían cuatro conejos blancos. Los bichitos se movían nerviosos ante nuestra presencia. Luego entramos a un pequeño tallercito de herramientas, con ladrillos a la vista. La vieja puerta de madera se encontraba sin llave ni candado, el piso era de tierra y en los rincones se destacaban unas telarañas. El sitio servía como depósito de porquerías, y revolvimos un poco, intrigados. En la pesquisa hallamos unas cajas de fotografías, cubiertas de polvo. Gastón abrió una y me mostró una serie de imágenes, en la que se destacaban fotografías del chiquero, retratado desde distintos ángulos.
El sol se estaba ocultando y el tallercito se llenaba de penumbras cuando le insistí a Gastón que era hora de irnos.
De mal modo, mi amigo aceptó y salimos del cuarto. No sabíamos que ya era demasiado tarde para escapar.

3

Cuando caminábamos hacia las bolsas de ciruelas y nísperos, una mano de acero se apoderó de mi brazo. Era Cardini. Me quedé mudo, paralizado ante su rostro. Mi amigo corrió y me dejó solo frente a ese hombre. Llegué a ver cómo Gastón manoteaba las bolsas de frutas y escalaba el muro desapareciendo para siempre.
—¡Qué buen amigo tenés! —vociferó Cardini, escupiendo un insoportable vaho a vino barato—. ¡Qué buen amigo, carajo! —repitió y me obligó a caminar.
Seguí callado. Me sentía angustiado, derrotado y, lo peor, traicionado por Gastón. Mi única esperanza era que mi amigo volviera con algún mayor o con los demás miembros de la banda, pero hasta entonces debía arreglármelas solo.
El viejo me arrastró hasta el chiquero y, con una voz ronca que dejaba traslucir su enojo, me dijo:
—A los mocosos como vos les pego un tiro en la cabeza y tiro sus cuerpos a los chanchos. Cuando ven carne joven se ponen felices y comen con gusto. Están cansados de tanta basura y de tanta fruta podrida.
Musité un apagado “Perdón” y me puse a llorar, pero Cardini no mostró ningún sentimiento de piedad.
—El pueblo entero se ríe de mí. “Ahí va el loco Cardini”. “Sólo lo aguantan los chanchos”. Y no sé cuántas otras cosas cuchichean a mi paso. Piensan que no los escucho, pero tengo un oído muy sensible.
Sin soltarme del brazo, Cardini metió la mano en su bolsa de tela y extrajo un revólver. Apuntó hacia el cielo, que se cubría de nubes, y puso el frío caño sobre mi cabeza.
—Bueno, pibito, se acabó todo. Despedite de este mundo. Decile adiós al viejo Cardini. Decile adiós a Hust. Rezá si crees en algo. Mandale saludos al diablo de mi parte si lo encontrás.
—No, por favor, no me mate —rogué, desesperado.
—¿Por qué voy a dejarte con vida? Sos un pequeño ladronzuelo y vas a empeorar. Ya lo dice el dicho de Cardini: “Se empieza robando una bolsa de nísperos, se sigue por un camión de nísperos y después se roba el banco donde guarda la plata el que cosecha nísperos”. ¿Voy a esperar hasta que llegues al banco?
Pedí perdón una y otra vez mientras trataba de liberarme.
—Chau —dijo y apoyó con más fuerza el cañón del revólver en mi cabeza.
—Perdón —repetí y cerré los ojos.
—Adiós, ladronzuelo —dijo con su voz áspera... y disparó.

4

Sentí que mis piernas se aflojaban. Me hice pis encima. Su mano de acero me soltó y caí arrodillado en el parque.
La bala no había salido, pero difícilmente se repetiría el milagro y el segundo disparo sería certero.
Me quedé tirado en el suelo húmedo, con mi cara hundida en el pasto, lloriqueando hasta que Cardini volvió a tomarme del brazo y me arrastró hacia la casa.
Sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta de atrás. El sol ya estaba casi oculto en el horizonte y caían las primeras gotas de lluvia. Cuando entrábamos pensé que nunca volvería a ver a mis padres. Mi futuro sería una fosa anónima.
Cardini cerró la puerta y encendió un pequeño velador sobre una mesita de roble. Afuera, la tormenta se desataba con violencia.
—Así que querías divertirte con el viejo Cardini —dijo, sin sacarme los ojos de encima—. ¡Aún no puedo creer qué buen amigo tenías! Decime, ¿cómo te llamás?
—Me llamo Carlos Quiroga y soy hijo de Elsa y Enrique —respondí con firmeza pero sin perder el miedo.
El dueño de El Cangrejo me obligó a sentarme sobre un taburete que daba a una ventana con rejas. Desde allí se veía el parque trasero que iba cubriéndose de tinieblas.
Sacó una enorme cuchilla y me dijo:
—Después de matar a los niñitos con una bala, suelo cortarlos en pedacitos. Tu amigo se salvó, pero ya lo voy a agarrar.
El fotógrafo siguió hablando, extendiéndose en detalles que no pude retener, explicándome por dónde era mejor trozar a una persona, y me mostró una mesada en la que ejecutaba sus acciones.
—En Hust todos me conocen por fotógrafo, pero viví mucho tiempo en Avellaneda y tenía una carnicería, hasta que me cansé, vendí todo y me mudé acá.
Hablaba pero ya no podía entender nada más.
Sólo quería huir, o morir, y dejar de sufrir.

5

Creo que me desmayé. Los recuerdos saltan súbitamente del interior de la casa a la calle y me veo tirado en una zanja. Hundido en el barro, contemplaba al viejo envuelto en una capa, resplandeciendo en medio de la lluvia, como un ser sobrenatural. Su risa se mezclaba con los sonidos de la tormenta.
Me incorporé, tambaleante, y salí corriendo.
No recuerdo qué le dije a mis padres, pero no les conté la verdad. Llegué a mi casa embarrado y mojado, con un dolor insoportable en el cuerpo y en el brazo. Estaba profundamente abatido y decepcionado con el mundo, que me mostraba la crueldad en estado puro y una faceta aún desconocida de la amistad. Esto hizo que decidiera enterrar esta historia que hoy trato de exhumar, tal vez tardíamente.
De más está decir que no volví a tratarme con Gastón. Fue como si hubiese muerto. Él, por su lado, trató de evitar todo contacto conmigo. Supongo que estaba avergonzado.
Por razones que desconozco, Gastón, sus padres y sus hermanos se marcharon de Hust a los pocos meses de aquel incidente. Nosotros nos fuimos unos años después. Mi viejo era ferroviario y le dieron un cargo importante en Bahía Blanca. El ascenso significaba una vida más holgada tanto para mis padres como para nosotros los cinco hijos.
Durante muchos años tuve ganas de regresar a Hust. Nací y crecí en sus calles, y juzgaba que mi regreso serviría para cerrar la herida que me dejó la deslealtad de mi amigo y el castigo infringido por el fotógrafo.
Desde aquella época hasta el presente no he hecho muchas cosas significativas o dignas de destacarse por encima de otros ciudadanos de mi edad. Recientemente me jubilé de mi puesto en el Banco Provincia y, en líneas generales, mi vida ha sido la de un hombre corriente. Nunca participé de un partido político, entidad de bien público o religión, y a diferencia de mis hermanos que se casaron y tuvieron muchos hijos, me mantuve soltero, y ya no especulo con cambiar mi destino.
En estas condiciones decidí comprar la casa del fotógrafo. Lo hice porque a lo largo de estos años he arribado a la triste conclusión de que mi vida quedó atrapada en ese angustioso instante, que no me ha permitido desarrollar ninguna otra vocación, pese a que en la juventud tuve deseos de convertirme en artista plástico, músico o periodista, pasiones que se fueron extinguiendo.

6

Regresé a la casa de Cardini en marzo de este año y desde esa fecha hasta el presente no he estado haciendo otra cosa que arreglarla. Mi primera medida fue poner en condiciones una habitación y el comedor. Como vivo solo, no tengo a nadie a mi lado que se queje del mal estado de la casa y trabajo con tranquilidad. Logré que volvieran a conectar la luz eléctrica y hasta conseguí un servicio de cable satelital. El sistema de agua no funcionaba bien, pero mandé a hacer un nuevo pozo de agua y el tema se solucionó. En cuanto al parque, falta mucho, pero tengo un buen jardinero que se está ocupando.
El primer día que regresé a El Cangrejo percibí que, por alguna ruptura del espacio y del tiempo, estaba volviendo a aquella terrible tarde y me largué a llorar sin consuelo.
A medida que hice arreglos, pude ir sintiéndome más dueño de la casa y no un extraño visitante usurpando un sepulcro abandonado. Para la primavera, mi ánimo había mejorado notablemente y la casa se encontraba con menos humedad y adornada con los muebles que elegí.
El único lugar que seguía siéndome ajeno era un pequeño cuadrilátero donde estuvo el criadero de los chanchos y no crecía el pasto.
Ahí al lado Cardini gatilló su arma en mi cabeza.
Por un temor supersticioso, siempre miré de lejos ese recoveco hasta que en noviembre una idea se instaló en mi cabeza. Se me presentó a partir de un hallazgo que hice de una caja con fotos amarillentas, en el cuarto de las herramientas. Ese lugar era el último reducto que me faltaba poner en condiciones, y encontré una serie de fotos, muy parecidas a las que vimos con mi amigo Gastón. Eran más de cien y todas pertenecían a los chanchos. Entre retratos de los animales y tomas del criadero, de pronto, me llenó de horror descubrir una foto donde estábamos con mi amigo, de espaldas, mirando el chiquero. Era una toma del día de la tragedia. Con las manos sudorosas guardé las fotos en la caja y esa misma noche las prendí fuego.
Había ido a esa casa para terminar con esa herida en el tiempo y tenía que hacer lo que mi conciencia me dictara.
Ese descubrimiento fue la semilla de una nueva idea que se cristalizó durante comienzos de un diciembre lluvioso y caluroso.
Un atardecer llovía por tercer día consecutivo. Yo no hacía otra cosa que mirar por la ventana de rejas desde donde Cardini me hizo sentar, y vislumbré lo que tenía que hacer.
Me puse un impermeable, las botas, y agarré una pala. Me dirigí hacia el sector del chiquero donde no crecía pasto. El jardinero me dijo que esa tierra debía ser removida y sembrada, para que quedara pareja con el resto del jardín. Pensaba trabajar en ella durante el verano.
En medio de la tormenta, y sin importarme la fragilidad de mis pulmones, me dispuse a ejecutar la tarea. Cavé igual que un poseso arrojando el barro para los costados. Al principio, sólo hallé unos huesos de cerdos y otros desperdicios. Aunque tenía puesta la capucha del impermeable, la lluvia caía sobre mi rostro y me veía adentro de un desvarío.
La alucinación se volvió realidad cuando hallé lo que intuí que encontraría dentro de ese cuadrilátero.
Hondamente apesadumbrado me dirigí hasta la casa, con la ilusión de que, tras un descanso, mi hallazgo volviera a convertirse en una de mis tantas fantasías de viejo. Un viejo loco, como Eusebio Cardini.
Dejé todo en la sala donde el fotógrafo alguna vez me dijo que él ejecutaba sus carnicerías.
Me bañé y me acosté a dormir en un sofá con la esperanza de que las pruebas se desvanecieran al despertar.

7

Me levanté de madrugada, afiebrado, con mucha tos, y fui hacia el cuarto de la mesada. Afuera había parado de llover. El cielo estaba cargado. Las nubes pesadas no dejaban ver las estrellas ni la luna. La serenidad de la noche contrastaba con mi excitación, pero no así la tenebrosidad que era el reflejo de mi espíritu.
Lo que encontré en el pozo de los chanchos seguía allí y me negaba a nombrarlo. Eso no podía ser real.
En medio de un calamitoso estado creí ver que las dos calaveras de niños, con orificios de bala en la nuca, reían en la oscuridad, mientras que la carne trepaba sigilosa a los cráneos, para mostrar qué rostros habían configurado en vida, confirmando todas mis sospechas...
Tanto Gastón como yo morimos esa tarde lejana en El Cangrejo.
Por algún castigo divino, o tal vez simple misericordia, mis recuerdos se corrompieron y me sumergí en esta brumosa existencia que, ahora lo sé con amarga certeza, sólo es un piadoso sueño de mi tumba.

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miércoles, 18 de enero de 2017

"En el fondo de todas las cosas" Por Pablo Cazaux

Pablo Cazaux nació en Avellaneda en 1967. Publicó seis novelas y resultó ganador y finalista en varios concursos de cuentos. En 2016 resultó ganador del Premio Tristana de novela fantástica.
Uno de los temas que aborda Cazaux en su obra es la cuestión de la identidad. Buscada desde todos los ángulos, la identidad se cuela en los textos en los que los personajes buscan por cualquier medio saber algo de ellos mismos. Por otro lado, la violencia como situación irremediable está presente en sus obras.
·         2016, Ganador del 1º premio del IX Concurso Tristana de novela fantástica, Ayuntamiento de Santander.
·         2014, Finalista del concurso de novela negra Cosecha roja-JPM Editores, con la novela “Carver” (Finalmente editada en 2016 por esta editorial en España)
·         2013, Finalista del concurso de novela negra de Extremo negro, de la editorial Del Nuevo Extremo, con la novela “Demasiadas manos para un cadáver”.
Otras obras publicadas:
·         “Ejército de Ángeles” (novela), publicada con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes y de la SADE.
·         “Milagro en el Guadalupe” (novela), publicada por Navarro Bravo Editores.


"En el fondo de todas las cosas"
Relato ganador del certamen 30º aniversario de la publicación de "It"
Forma parte del número especial que puedes descargar completo en PDF desde el siguiente enlace:

    Ahora Julio me da la razón, pero igual no sirve. Lo que hicimos ya está  hecho y, en todo caso, la cuestión es ver cómo seguimos.
        Está  lloviendo. El agua es invasora. Está por todos lados, anegando el camino de tierra, convirtiéndolo en una ciénaga peligrosa, carcomiendo la madera como un ratón, llenando la casa de humedad y bichos. Es muy triste, casi descorazonador. Vuelvo a mirar hacia el fondo, hacia donde los árboles marcan el límite de nuestra propiedad. Como si allí hubiese alguna clase de imán que atrae las miradas; o porque en ese lugar andan los perros olisqueando el pasto mojado. Cuando encuentro esos ojos que me miran a través de la ligustrina doy vuelta la cara, o me tapo con las manos. Porque sé que esto no tiene fin, que no hay forma de acabar.
       

    Julio y yo nos casamos hace cinco meses. Aunque fue todo muy repentino, estoy segura de Julio, de lo que hicimos, de dejar todo y buscar una casa en un pueblo lejos de la ciudad, de nuestros padres. Julio es médico. Yo no soy nada. Soy la que lo espera con la cena y la que pone un poco de sentido común a las cosas. No es mucho, pero quién sabe. Julio es demasiado crédulo. Quizás por eso le vendieron la casa con tantas goteras y humedad.
           Nos mudamos hace dos meses, en abril. Julio cambió el auto por una camioneta; trajimos el equipo de música y una pila enorme de discos: mucho jazz y música clásica, bastante de Serrat y el resto de Rock'n Roll; trajimos los libros y las cacerolas y los acomodamos en un aparador que no tenía puertas. Pensamos que la cosa era arrancar. Como un desafío. Partir de la nada y llegar a algún lado. Internarse en un bosque y jugar a encontrar la salida. Como un cuento. Pero no pensamos en las consecuencias. Porque uno nunca piensa en las verdaderas consecuencias cuando hace las cosas. Así que dijimos: este es el principio. Y nos creímos nuestras propias palabras.


    En ese principio estábamos nosotros: Julio, yo, los perros. De alguna manera eso significaba espacio y tiempo, nosotros frente al mundo, desafíos y proyectos, la camioneta que no arrancaba, el perro que ensuciaba el sillón, el reloj que atrasaba diez minutos, las colillas de cigarrillos desparramadas en el piso, cartas escritas entre pausas de amor a los amigos de antes, la comida cocinada por nosotros. Rutinas sin trascendencia. Cosas que uno no contaría por miedo a aburrir. Sin embargo, ese era nuestro mundo, donde las cosas cobraban otra dimensión, se hacían importantes. Por ejemplo, sentir el ruido de la camioneta que llegaba y correr a abrir el portón; esconder a los perros para que no se metieran debajo de las ruedas. En esos momentos éramos Julio y yo, mientras que el resto se disolvía como un sueño. Pero eso no duró mucho. ¿Una semana? ¿Dos? Yo creo que ni siquiera un día. Yo creo que Adrián comenzó a observarnos desde el momento en que pusimos un pie en esta casa.
Así que hay dos principios. El nuestro y el de los otros.


   La casa es lindera con la de Clara. Nos separa una ligustrina repleta de agujeros y un portón de alambre que hizo poner el dueño anterior. Clara se presentó como nuestra vecina y detrás apareció Adrián, su hijo. El chico tenía veintitantos años y un retraso mental notorio. Lo supe en cuanto dijo hola, en cuanto abrió su boca y dijo hola con esa voz tan lenta y pegajosa supe que Adrián no me gustaba. Es la verdad. Tampoco me gustó Clara, y con el tiempo llegué a la conclusión de que no me gustaba nadie. Mabel por ejemplo, que con la excusa de usar el teléfono o de esperar una llamada se aparecía cada dos por tres para vernos de cerca, para preguntar por qué teníamos tal cuadro o poníamos el sillón contra la ventana. Al poco tiempo trajo una amiga que se llamaba Gladys, y en horas interminables me contaban sus estúpidas vidas pueblerinas, su mundo en miniatura. No era muy diferente del mío, pero yo no preguntaba. Yo no quería saber. Ellas, en cambio, podían describir mi casa con los ojos cerrados: sabían dónde estaba el café y la leche en polvo, el papel higiénico; con qué botón se encendía la televisión y qué discos estaban rayados. Me preguntaban por qué no me ponía el pullover con rombos que había usado la semana anterior, o por qué Julio llegaba a las nueve si salía del hospital a las ocho.
            Yo trataba de explicarles. Aceptaba el juego por miedo a que me rechazaran. Permitía que tomaran el álbum de fotos y miraran las intimidades de nuestro casamiento: el hotel barato de Córdoba que nos albergó en la luna de miel; fotos de secundaria, de amigos, de lugares que ellas sólo vieron en televisión, o ni siquiera eso. Pero en el fondo no les importaba. No escuchaban mis explicaciones. Saboreaban el poder que les confería espiar nuestras vidas para poder salir a contarlas.
             Julio decía que era el precio que teníamos que pagar y sonaba bastante lógico. Ya no había forma de salirse. Es entonces cuando una se entrega a la paradoja de existir sin existir. Es sencillo. Ellos sabían que estábamos, conocían nuestros nombres y la profesión de Julio. Pero al mismo tiempo no éramos nadie, no lo seríamos nunca si no aceptábamos sus rituales casi infantiles. Y aceptamos sin saber dónde decir basta.


    El pueblo nos vio llegar como lo que éramos: dos extraños que confundieron el paraíso con un pueblo alejado del ruido. El vacío que nos hicieron fue tan grande que por un momento pensamos que nos arrastraría hacia la nada. Éramos nosotros los que teníamos que abrir nuestras puertas para escucharlos. Éramos nosotros los que teníamos que ofrecer la leche para el nene o el teléfono. Éramos nosotros, y a la vez no éramos nadie. Porque todo eso se terminó convirtiendo en una obligación. Si Alfredo, el marido de Mabel, estaba aburrido en la casa, venía a invadirnos a cualquier hora de la tarde. No le importaba que yo estuviera sola fregando los pisos o mirando la tele. Él entraba, se acomodaba donde le viniera en gana y esperaba el café caliente. Yo lo preparaba bien al principio y frío después. Me enfermaba sólo de verlo porque la hora no se pasaba nunca escuchando las historias absurdas de ese imbécil que se creía dueño de todo sólo porque tenía más antigüedad que nosotros. Mi obligación era escucharlo. Con el odio brotándome como espuma lo escuchaba. Sabiendo que el día anterior había molido a palos a su mujer por un motivo que ninguno recordaba, pero que seguramente era justificado. Ese era el precio.


   Hasta que un día descubrí que la invasión no sólo consistía en venir a cualquier hora y controlarnos; en meterse en la casa y atender el teléfono cuando estábamos afuera, o espiar por la ventana de nuestro cuarto un domingo a la mañana con la excusa de pedirnos la bicicleta. En la invasión también participaban aquellos que nunca veíamos. Lo descubrí esa tarde que estaba leyendo un libro en el fondo, tomando el último sol del otoño, y por casualidad giré la cabeza hacia la ligustrina y vi los ojos que estaban fijos en mí. Me radiografiaban con paciencia.
    Me levanté de un salto, corrí a la casa, cerré la puerta y me puse a llorar. No podía hacer otra cosa que llorar porque ya no aguantaba más; porque sabía que cuando saliera los ojos seguirían allí, fotografiando mis movimientos, mis expresiones. Y así fue. Por más que corrí hacia ellos, no se movieron. Eso me asustó. Esos ojos no obedecían a la naturaleza, no se modificaban al ser descubiertos. Sólo reaccionaron cuando Clara gritó el nombre de Adrián. Se cerraron. Se abrieron y volvieron a cerrarse. Luego desaparecieron.
     Esa noche se lo conté a Julio y le hice prometer que hablaría con Clara. Le dije además que podía soportar muchas cosas menos las miradas de un retrasado que se esconde y no se asusta. Julio dijo que era hora de poner límites, que ya habíamos hecho suficiente para que nos aceptaran. Yo estuve tan de acuerdo que hasta me sentí feliz.
                 Pero esa sensación duró poco. Después empezaron las lluvias.


   Un miércoles a media tarde comenzó a llover. Como todas las lluvias, primero gotas gordas que se van afinando con el paso de las horas hasta convertirse en una masa sólida. Llovió toda esa noche y también el jueves y viernes. Era permanente, sin interrupciones. Poco a poco el pueblo se fue transformando, confundiéndose los pedazos de campos vírgenes con las zanjas rebosantes, convirtiendo cada esquina en una trampa. Ahí fue donde se notó que éramos como extranjeros.
                  El sábado a la mañana tuvimos que salir a comprar comestibles. La camioneta no podía atravesar esa inmensa laguna que era la calle, así que fuimos a pie a traer lo que pudiéramos cargar. Apenas salimos el tipo de la esquina estaba diciéndonos por dónde teníamos que pasar, dirigiéndonos como ganado. Él conocía el trayecto seguro. Así que con el agua hasta las rodillas seguimos la ruta trazada por el vecino y avanzamos unos metros. Enseguida nos dimos cuenta de que en la otra esquina había otro vecino esperándonos para lo mismo, y así en todas las esquinas de este asqueroso pueblo. Todos sabían que nosotros veníamos en camino y salían a divertirse un poco, a decirle a los forasteros cuál era el camino que había que tomar, a matar el tiempo y el aburrimiento con esos dos extraños cargados con bolsas que suplicaban una orientación. De paso, les debíamos un favor. A todos ellos les debíamos nuestra vida.
               Al volver tiramos todo sobre la mesa, nos desnudamos e hicimos el amor en el piso húmedo. No porque tuviéramos ganas, sino como una forma de supervivencia, o porque sentimos que eso era lo único que podíamos hacer solos. Pero no hay soledad en un mundo tan pequeño. Tras el vidrio chorreante de agua, más allá, detrás de los pinos, algo se movió. Lo vi como un reflejo de sol o como una linterna prendida en la oscuridad. Algo había atravesado la ligustrina y se movía entre los  árboles. Grité lo más fuerte que pude y Julio salió desnudo, fuera de sí, corriendo entre los charcos, resbalando a cada paso pero con la decisión de alcanzar al invasor. Yo pegué la cara al vidrio, ocultando mi cuerpo con las manos, y vi cuando Julio caía de espaldas en un charco de agua y se levantaba todo embarrado. Vi también la figura de Adrián, borroneada por el agua, que se metía por un agujero de la ligustrina y desaparecía como un fantasma. Julio avanzó como pudo, agarrándose del aire, hasta que se detuvo mirando el piso. Cuando volvió me dijo que el pozo del fondo se estaba desmoronando. La parte del centro se había hundido y llenado de agua.
              

    El domingo siguió lloviendo y parecía casi lógico, como si la lluvia fuese la consecuencia de algo. No teníamos hambre así que no comimos. Nos quedamos uno junto al otro tratando de mantener el fuego para sacarnos la humedad de la piel. A la tarde vinieron Alfredo y Mabel, se sentaron con nosotros y empezaron a hablar. Nosotros no escuchábamos, simplemente asentíamos mientras echábamos otro pedazo de madera en la estufa. Veíamos las caras de esa pareja como a través de un vidrio esmerilado. Las facciones cambiando de forma de acuerdo a la posición de la luz. Los mentones alargados, las frentes abultadas, los dientes como colmillos. Figuras inhumanas que nos prestaban su infierno por un rato, que nos dejaban  subir a sus juegos.  Así nos enteramos de que el director de la escuela abusaba de algunos alumnos; que el Intendente era el dueño del prostíbulo; que en el hospital se practicaban abortos si uno sabía a quién pagar. Un par de horas después, cuando el repertorio se había agotado, Alfredo dijo que teníamos que hacer algo con Adrián. Yo me estremecí y Julio preguntó por qué.
               Lo poco que pudimos sacar en limpio fue que Adrián había quedado idiota de los golpes que le dieron sus padres desde que nació y que no les alcanzó con deformar al chico, sino que además lo violaron sistemáticamente todos los miembros de la familia. El padre, que murió hacía dos años de cáncer, el tío, y Clara, la madre. La que, según todo el pueblo, desde la muerte de su esposo se ensañó mucho más con su hijo, acosándolo todas las noches y castigándolo después.
             Dicho esto se fueron, dejándonos en la boca tantas preguntas que apenas si pudimos hablar entre nosotros. Así que esa misma noche, cuando Julio parecía dormido, me levanté, me puse el piloto y salí al parque. No me importaba el agua acumulada ni la que caía. No me importaba caminar en esa oscuridad de ciego. Solo caminé, descalza, enterrándome en el barro hasta llegar a la ligustrina y pasar del otro lado. Por primera vez sentí esa sensación de pertenencia. El agujero en la ligustrina no era sólo el pase a esa dimensión vacía que veíamos día tras día, sino una señal clara que indicaba nuestra obligación de vecinos. Lo atravesé.
                La luz de la ventana era la única luz de la casa y yo me sentí atraída como un insecto. Pegué la cara al vidrio, la nariz y las pestañas chorreantes de agua fría, vi una habitación de paredes descascaradas y manchadas de humedad, una mesa vacía con dos sillas, una cama de hierro con el colchón desnudo y Adrián. Miraba hacia la puerta, hipnotizado por el miedo de saber lo que estaba por ocurrir. Lo sé porque yo también lo sentía. En ese estado de comunicación, se dio vuelta y miró hacia la ventana como si supiera que yo estaba ahí. Atravesó el cuarto, volteando la cabeza de tanto en tanto, hasta que llegó al vidrio y apoyó su cara deforme contra él, contra mí. Nuestras caras casi se tocaban, apenas separadas por una fina capa de vidrio líquido. De pronto se sobresaltó. Miró por encima de mi cabeza y retrocedió hasta la cama. Yo también retrocedí, impulsada por ese rechazo de imán, hasta que choqué con el cuerpo de Julio. Estaba parado detrás de mí, mojado como yo pero desnudo, en su mano derecha tenía un cuchillo de cocina y en la izquierda el bisturí. No hizo falta hablar. Los dos sabíamos lo que ellos querían de nosotros. Esperamos a que Clara entrara en la pieza y obligara al chico a desnudarse. Recién entonces dimos la vuelta y nos metimos por la cocina. Estaba oscuro. No tenían muebles. Ni siquiera un secreto que fuera sólo de ellos. Seguimos por un pasillo hasta la pieza de Adrián. Abrimos la puerta. Clara no nos vio. Estaba desnuda sobre el cuerpo de su hijo, que hacía un esfuerzo descomunal por soltarse. Yo la agarré del pelo. Puse toda mi furia en eso, mientras Julio cortaba al monstruo en pedacitos.


La lluvia siguió, sigue, y seguirá. No sé cuánto más. No tiene importancia. Porque los ojos de Adrián siguen allí, detrás de la ligustrina, mirando lo mismo que miro yo. Mirándonos sin preocupaciones, sin tiempo en el medio, sólo el agua, o al perro que mordisquea una mano que acaba de encontrar en el pozo derrumbado.



   

martes, 17 de enero de 2017

Número especial 30º aniversario de la publicación de "It"

    Número especial 30º aniversario de la publicación de 
“It”

Escriben:
Pablo Cazaux (Ganador del certamen)
José  María Marcos (2º puesto)
Mario Foffano (3º puesto)
David Arroyo (Mención especial)
Gabriela Arciniegas (Mención especial)
José Gustavo Lupia (Mención especial)
Noel Aguirre Albertoni (Mención especial)
Descarga la revista completa en PDF desde el siguiente enlace:

jueves, 29 de diciembre de 2016

Lo que se viene: Número Especial dedicado al Certamen 30º aniversario de la publicación de "It"

Número Especial dedicado al Certamen 30º aniversario de la publicación de “It”



Escriben:
Pablo Cazaux (Ganador del Certamen)
José María Marcos (2º  Premio)
Mario Foffano (3º Premio)
David Arroyo
Gabriela Arciniegas
José Gustavo Lupia
Noel Aguirre Albertoni
(En pocos días en la Web)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Pablo Cazaux es el ganador del Certamen 30º aniversario de la publicación de "It"

El escritor bonaerense Pablo Cazaux es el ganador del Certamen 30º aniversario de la publicación de “It”. Su cuento “En el fondo de todas las cosas” ha merecido el reconocimiento unánime de parte del jurado. El segundo puesto fue para “El cangrejo” de José María Marcos, escritor de la ciudad de Buenos Aires. En tanto que “Algo en su mirada”, del escritor porteño Mario Foffano, ocupó el tercer escalón de premiación del certamen. Al respecto dijo el jurado: “fue una decisión difícil. Si bien el relato de Pablo Cazaux unificó de entrada la decisión del jurado sobre el merecimiento del primer puesto, teníamos media docena de cuentos disputando el segundo y tercer lugar. Por eso la entrega del veredicto se extendió un poco”. 
El número especial <30º aniversario de la publicación de "It"> se publicará antes de navidad en formato digital. Se comunicará a los ganadores y a toda la comunidad Cruz Diablo el lugar y hora de la ceremonia de premiación. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

"Volver en el 74" por Gonzalo Gossweiler

Gonzalo Gossweiler tiene 32 años. Se recibió de Licenciado en Ciencias de la Comunicación en UADE. Es periodista de Ambito Financiero.
Empezó escribiendo cuentos de ciencia ficción en el taller literario del escritor Hernán Vanoli en 2014. A fines de 2015 el Ministerio de Cultura de la Nación publicó dentro de la colección Leer es Futuro su libro Antártida, con cuentos juveniles.
En 2016 comenzó un taller literario de pura ciencia ficción con el escritor Sebastián Robles. Actualmente se encuentra preparando un libro de relatos ambientados en el futuro.
Esta es su primer aparición en Revista Cruz Diablo.

También podés bajarlo en PDF desde el siguiente enlace:

Hace unos años trabajé en un restorán de San Telmo. Era ayudante de cocina del turno noche. Preparaba comidas básicas, lavaba platos, barría y me tenían de acá para allá. Pagaban una miseria, como en todos lados. Lo bueno era que al final del día nos podíamos llevar comida. Yo buscaba algunas milanesas y me hacía un sanguche tan completo que después no me entraba en la boca. Lo guardaba en una bandeja plástica que enrollaba en film y metía en la mochila. Con eso almorzaba al día siguiente. Además picoteaba de las sobras de los comensales junto con los camareros. No se puede creer cómo desperdicia la gente.
Por momentos se trabajaba mucho, pero también tenía ratos tranquilos para salir a fumar un cigarrillo. Casi no pasaban autos frente al restorán, así que la calle era bastante silenciosa. Me sentaba en el cordón, con los pies sobre los adoquines desparejos y miraba esas vías que vaya uno a saber qué hacían ahí. Creo que ahora está todo asfaltado. Yo me fumaba unos Camel y escuchaba a los grupos de turistas que buscaban dónde cenar.
Me gustó trabajar en ese lugar. Lo que no me convenció jamás era el horario: entraba a las 4 pm y salía pasada la medianoche. A veces, si los clientes estiraban la sobremesa, nos quedábamos hasta las 2 o 3 de la madrugada para limpiar, ordenar y cerrar el local.
Otro problema: siempre viví en Longchamps, tercer cordón del Conurbano. Es el límite entre la ciudad y el campo. "A la vuelta de la loma del orto", dice mi viejo. Para mí es más al fondo todavía. Con el tren se llega perfecto a Capital en una hora de viaje. El tema es que entre las 11 pm y las 4 am no hay trenes. Por eso volvía siempre en colectivo. A unas cuadras del restorán, sobre Paseo Colón, pasa el 74 de la línea San Vicente que termina en la estación de Longchamps.
El 74 tiene pasajeros que viajan siempre en el mismo horario, así que uno los va conociendo. En ese tiempo a veces esperaba en la parada el interno de las 00.15 con Mariana la enfermera. Después subían Pablo el periodista y José el empleado gráfico. El chofer era Raúl, un tipo simpático, vecino del barrio. En el de las 00.45 a veces me cruzaba con tres estudiantes de Diseño Gráfico de la UBA, Pedro el kioskero de Avenida Corrientes y un viejo con olor a sudor de pescado. Manejaba Willy, un roquero frustrado que nos quemaba la cabeza con Black Sabbath a todo volumen.
El último colectivo era el que llegaba unos minutos después de la 1:30 am y si lo perdía tenía que esperar hasta que se reanudaba el servicio a las 3:20 am, por lo que me preocupaba de estar a tiempo. En ese recorrido final solía estar una pareja de telemarketers, María y Facundo creo; un tipo de anteojos que se bajaba en Banfield y nunca hablaba; una señora con obesidad mórbida que ocupaba dos asientos y respondía al nombre de Sara; el Otaco, un pibe que se vestía de negro con cara de meditar el suicidio; y tres colegas cocineros de un hotel cinco estrellas de Puerto Madero -Javi, Pitu y Lean-, que eran con los que yo más me hablaba. Al frente del volante estaba Jorge, un insoportable hincha de Boca.
Aquel día fue jueves. Me acuerdo que el restorán estuvo bastante concurrido para un día de semana. Vino un grupo grande de extranjeros que dejó propina en dólares. Los atendimos como reyes y nos fuimos tarde. Tras cerrar la cortina metálica, corrí a Paseo Colón. Llegué justo cuando aparecía en la distancia el letrero de led naranja fosforescente del último 74 de la jornada.
-¡Que hacés, Marquitos! -me saludó Jorge, el chofer del "xeneize".
-Hola, George, ¿hoy también me vas a hacer pagar?
-Dale, boludo, que estoy laburando. Si el domingo Banfield le gana a Boquita te dejo viajar gratis toda la semana.
-No tiene chances Boca, de local gana Banfield. Les vamos a hacer pasar vergüenza -lo chicanee para seguir la conversación.
Hablamos un rato más. De Boca, de fútbol, de mujeres, otra vez de Boca, hasta que le puse la excusa de que me iba a sentar para dormir un poco porque estaba cansado. Saludé de lejos a los cocineros en el fondo y a la gorda Sara. En la fila de butacas individuales estaba el tipo mudo de anteojos y el suicida. Yo me senté delante de ellos. Al frente, a puros besos, estaban los telemarketers. Las cortinas de las ventanas estaban cerradas y las tenues luces violetas dejaban el interior en penumbras. El bondi parecía una habitación de telo barato.
Esa vez también viajaba un hombre de traje que iba dormido y en las curvas amagaba con caerse. Ya lo había visto antes, era uno de esos pasajeros ocasionales. Tras pocas cuadras, donde termina Parque Lezama, se subió una morocha con cara modesta, pero cola de contratapa de Diario Popular. Tenía un jean que le cortaba la respiración y el ombligo al aire con un piercing plateado. La miré hasta que se sentó y perdió el atractivo. Era nueva en ese horario. Me giré para atrás y le lancé un giño a los cocineros que estaban haciendo gestos obscenos en dirección a la morocha.
Me puse los auriculares e intenté dormir un poco. El hijo de puta de Jorge intercalaba aceleradas y frenadas. Te saboteaba el descanso. Pasamos Barracas, nos metimos por la autopista, llegamos a Avellaneda y entraron dos pibes con olor a porro. Se bajó la gorda Sara. En el shopping se subieron dos lesbianas de pelo corto, una era más femenina y la otra llevaba camisa a cuadros y pelo bien corto. Se sentaron cerca mío, del otro lado del pasillo.
Al dejar atrás el shopping de Avellaneda, el 74 entra en un laberinto de calles internas, casas horribles y negocios a esa hora cerrados. El colectivo gira a la izquierda, después a la derecha por una avenida y de nuevo a la izquierda en una esquina donde hay una fábrica abandonada. Ahí empieza Lanús, no sé si en los papeles, pero es la sensación que siempre me dio. Las casas se vuelven más feas y pobres, con ladrillos a la vista, chapas, grafitis, baldíos, perros vagabundos y tipos que toman cerveza en la calle junto a sus motos aunque sean las 2 am de un día de semana. En una parte del recorrido se siente olor a podrido que calculo se escapa de alguna fábrica. Debe ser insoportable vivir así.
En esa zona me ponía paranoico. Unos meses atrás habían subido unos chorros y a punta de pistola nos habían robado los celulares y billeteras. Después de eso andaba atento para esconder mi teléfono entre el asiento y la pared si volvían a asaltarnos.
Se ve que Jorge venía adelantado en el horario porque manejaba más lento que de costumbre. Los pibes con olor a porro se bajaron frente a una plaza a oscuras que daba la sensación de ser el lugar de una emboscada de chorros. Tal vez durante el día fuese un lugar normal, pero yo siempre pasaba de noche y esa parte del recorrido me ponía la piel de gallina. Me imaginaba que se descomponía el colectivo y yo quedaba ahí, presa fácil de un grupo de drogadictos psicópatas con navajas.
El 74 dobló a la derecha en la plaza y siguió por un depósito municipal, pasó por un asentamiento precario y frenó en el semáforo. Ahí era donde habían subido los chorros. Vigilé en todas las direcciones y me puse alerta cuando se abrieron las puertas. La morocha se bajó. Me acuerdo que pensé que ahí, sola, estaba regalada para un choreo. Cruzó frente al bondi y caminó por la vereda a mi izquierda. Estaba en línea recta a mi ventana y le eché una mirada a su cola de almanaque.
La chica caminó rápido y pasó junto a un montón de bolsas negras de basura. Algo oscuro se levantó y la morocha saltó a un costado. Eso que parecían bolsas se movía y sacó un brazo deforme que la agarró por la cabeza. Un grito muy breve quedó tapado por el ruido del motor. La cosa le arrancó la cabeza, que desapareció entre capas de una piel negra y brillante que parecía plástico a la luz de los faroles. La sangre le salpicó el cuerpo oscuro. Era una mole sin forma, un monstruo de bolsas. Se comió a la chica de la cabeza hasta la panza y después tiró el sobrante al medio de la calle. Las piernas envueltas en jean parecían las de un maniquí. Mi mente no podía procesar que la cintura desapareciera después del piercing del ombligo. En parte era una mezcla de cosas rojas que se derramaba como un tarro de mermelada de ciruela explotado en el piso.
En un momento el semáforo debe haber cambiado a verde y Jorge aceleró. La cosa percibió al colectivo y asomaron unos ojos. Avanzó unos metros, pero la perdí de vista cuando pasamos la esquina. Vigilé por la ventana de atrás y no vi nada.
Mi corazón golpeaba en mis oídos como si hubiera corrido varias cuadras a máxima velocidad, como si hubiese escapado de esa cosa a pie. Por un rato no pude respirar. Miré a los otros pasajeros y cada cual estaba en lo suyo. Los cocineros  veían un video en un celular y se reían, las lesbianas no paraban de hablar, los telemarketers dormían acurrucados, el tipo de traje estaba desmayado y babeaba el vidrio, el Otaco atrás mío tenía la capucha sobre la cara y el de anteojos me miró fijo unos segundos y apartó la vista. Jorge manejaba mal como de costumbre.
No sabía qué hacer o qué decir. No hice nada y no dije nada. Nadie me iba a creer. El colectivo dejó atrás Lanús y llegó a Banfield. El ambiente cambió enseguida. De repente lo que creía haber visto me parecía una locura. El de los anteojos se bajó en Maipú y Alsina y se me quedó mirando desde la vereda sin pestañear. Cuando llegué a Longchamps me tomé un remís porque no estaba como para caminar a mi casa. Al pagarle al remisero me di cuenta de que me temblaba la mano.
Me acosté y no pude dormirme hasta que salió el sol.
Falté al restorán una semana. Dije que estaba enfermo y me lo descontaron del sueldo. Busqué en las noticias y no vi nada raro, ningún cadáver en Lanús.
Cuando me reincorporé en el trabajo no quería volver en colectivo. Esperaba hasta las 3.30 am en el café de una estación de servicio para tomar el primer tren de la mañana. Una vez me animé y volví al 74. Temblaba como hincha de River infiltrado en la popular de la Bombonera. La pasé muy mal, pero no encontré nada raro. Al final renuncié y conseguí laburo en una pizzería de mi barrio. De día. Ya no ando solo de noche.
No sé que vi aquella madrugada en Lanús, ni me interesa. La imagen del cuerpo comido y la cosa esa con ojos... Además pasó en el medio de un barrio residencial donde nadie vio ni escuchó nada. A veces sueño con esa noche, pero yo ocupo el lugar de víctima y la chica me ve morir desde el colectivo, sin tampoco hacer ni decir nada.
El que va a laburar a la mañana y vuelve a la tarde en tren, el que está todo el día en una oficina en Microcentro o en Palermo, el que al mediodía se come una bondiolita en Costanera y a la noche está en la cama, o el que viaja en la comodidad de su auto; esa clase de tipos jamás me van a entender.
Hay cosas que pasan a la madrugada, cuando todos duermen.

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