Intentá borrar esto forma parte del libro “OnceCáscaras” (textosintrusos, 2016), una antología de cuentos de terror enmarcados en la demonología judía.
Rubén Risso nació en 1990 la localidad de Pergamino, Buenos Aires. Es licenciado en psicología con especialización en adicciones. Publicó “El Jardín de los Lobos” (Autores de Argentina y Thelema, 2015) y “Once Cáscaras” (Textos Intrusos, 2016). Fue co-cordinador de la Colección PelosDePunta, destinada a la difusión de autores nacionales. Actualmente es editor en LaOtraGemela Editora.
CONTACTO | RUBEN.RISSO@OUTLOOK.COM
Diego López Insúa mira la mancha como si no comprendiera la
preocupación de su cliente. Se rasca la cabeza, se pasa una mano por la barba y
tose un par de veces antes de decirle que el arreglito le va a costar tres
gambas y media. El interesado lo mira como sabiendo de antemano que ese precio
es de caradura. Pero no le dice nada, solo tamborilea los dedos sobre la mesa
como esperando algo más. Otra cosa.
Diego ceba un mate. Se lo tiende.
Deshace el gesto mientras el otro le devuelve una mano extendida que deja en
claro el desinterés por la invitación.
El tipo no ha quitado los ojos
blanquecinos de la mirada humilde de Diego. Para mañanadomingo a la tarde, qué
se yo, se vence el carpintero. Le va a salir unos pesitos más. Su cliente
parece satisfecho.
Que los tiempos. Que la necesidad.
Que lo que podría hacerse en dos días claramente también es posible liquidar en
uno. Que la plata no es problema. Que mientras no le arranque la cabeza, puede
poner un poquito más en la balanza de la eficiencia. Que es su trabajo pero que
el tiempo es dinero. Que el dinero no puede comprar tiempo, pero pone a bailar
a los muertos si sabe pegarle a la nota. Que si no es posible mejor pregunta en
otro lado. Que si le lleva menos de lo previsto sería lo correcto hacerle un
descuento.
Que hay gente que cobra menos
habiendo estudiado.
Ya las escuchó. Todas las objeciones
y presiones alguna vez han resonado entre las paredes del taller. A todas
responde con lo mismo: cuarenta años en el trabajo, ninguna queja. Es mentira
porque se le quejan a menudo.
El tipo se prende el último botón de
la camisa y abandona el taller mientras se pone el saco. Diego López Insúa
bosteza y manda a llamar a Pablo, que ya está medio boludo como para andar
durmiendo hasta las tres de la tarde. Va a tener que ayudarle en el taller o
mandarse a mudar. Es un hecho.
El pibe aparece con la cara pálida y
el celular en la mano. Anoche se fue a la fiesta de la escuela y se puso en
pedo. En la escuela. Qué barbaridad.
Mové un poco el culo, vos, le dice
mientras le tiende una escoba y le señala el piso, ahí donde el aserrín no deja
ver el color de las baldosas. Qué desgracia resultaste ser, ni siquiera te
levantaste a probar la comida que tu madre hizo con tanto amor. Pe-pe-pero,
viejo. Pero, viejo, nada. Encima de lacra, tartamudo sos.
Pablo barre en patas. Diego lo oye
clavarse una astilla. Dos astillas. Sabe que le salió boludito, pero qué puede
hacer. Nomás darle y darle hasta que se enderece o se quiebre. La madre era
igual. De chica nomás, se le hacía la linda hasta que le dio cabeza, de un
empujón, contra el mismo tronco contra el que se la estaba cojiendo. Así nomás,
desde ese día tuvo que hacer menos cosas para hacerse respetar y marcarle el
lugar que le correspondía por ser suya.
Ya va quedando. Lo lijó, lo puso a
secar al sol y cuando lo fue a ver, tres horas más tarde, la mancha había
desaparecido. Pintarlo de nuevo va a ser una boludez, pero tiene que evitar que
el polvillo le arruine el laburo, así que lo lleva al frente de la casa y lo
apoya sobre dos caballetes que posiciona y abre solo usando las piernas.
Debería laburar más en el patio, ahí está cómodo. El taller es chiquito. Qué
destreza, Dieguito, se dice a sí mismo.
Qué destreza, don, escucha de refilón
y se vuelve. Hay un pibe de remera y gorra. Lo mira con aprehensión.
Los años de laburo te dan eso, nene.
Ustedes no saben hacer nada, los pibes. Todo el día con el telefonito. No sirve
para nada el telefonito, le dice mientras enciende un pucho. Y el pibe lo mira
como si no tuviese nada más que hacer. ¿Querés aprender a hacer algo?, traete
tus herramientas mañana y te enseño a lijar, pintar y pulir un pizarrón, como
éste.
El chico lo mira y sigue camino.
Meh, que se vaya a curtir, ese, debe ser puto. ¡Pablo!, ¡la puta que te parió,
vení para acá!
La noche lo toma por sorpresa
mientras sigue lijando y lijando y esperando a que de la humedad no quede más
que un borde difuso. De momento en momento lo grita al pibito, que con doce
años ya se cree dueño del mundo y no es más que un gato de mamá. Vas a salir
puto y maricon si tu vieja te sigue apañando, ¿eso querés? Y el chico le dice
que no es ni puto ni maricón, porque maricones son los que lloran y él no llora
ni lloró y ni va a llorar nunca. Hay que curtirte, pendejo, no para que te
hagas hombre nomás, sino también para que sepas cuándo podes contestar a lo que
se te dice. No hay palabra que celebre el sopapo. ¿Ves? Ni siquiera fue a puño
cerrado que ya te brillan los ojos. Te vas ya mismo de mi vista. Bañate y ayudá
a tu vieja a poner la mesa… por ahí la tarea de nena te sirve para hacerte todo
puto en vez de un poco nomás. Dale, andá. ¿Qué me miras?, ¿querés otra? Ahí va,
dale, dale, enfilá nomás. Hijo de puta… pendejo puto. Putita tenías que salir.
Cuando sale de bañarse se tira un
pedo bien sonoro y enfila al comedor. Ahí están los dos.
¿Y la puta de tu hija? ¿Cómo que no
sabés? Orgullosa debe estar, salió igual de bombachita como vos. No te hagas
drama, Marta, ya la va a agarrar uno que la domestique. Bien domesticada, eh.
Mientras parte el pedazo de pan con
una mano y aprieta el sifón con la otra, le pide a Marta que suba el volumen,
que no escucha nada. En el noticiero hay un reportero hablando con el director
de una escuela. Un pibito desaparecido. La cara del pendejo aparece como un
manotazo de ahogado. Único documento que probara la existencia del desdichado.
Estos se van, a mí no me joden. Qué
desgracia. Le hacen pasar un momento de mierda a los padres. Se van de juerga,
se merquean, se fuman en la esquina. ¿Ves, nene? Vos deberías estar orgulloso
de no ser como esa lacra, no tenes esas manchas en tu historial. Todo gracias a
mis sopapos, reconócelo. ¿Sabés qué es lo único que te salva? Aprender un
oficio, ¿o cómo pensás que le voy a borrar esa mancha al pizarrón que me
trajeron esta mañana? Sabiendo hacer algo. Si uno sabe su oficio y se dedica a
laburar sin mariconeadas llega a ser un hombre hecho y derecho. Los hombres
hechos y derechos no tienen audífonos en las orejas, ni se levantan tarde, ni
se chupan hasta tarde sin ayudar a las tareas de la casa. Los hombres son
hombres, son laburantes, tienen el camino armado.
No te pongas mal cuando te pongo
límites, lo hago por tu bien. Lo hago porque así es la única forma, y así me
enseñaron a crecer y crecer bien y como se debe. Vos no me odies, porque yo lo
odié toda la vida a mi viejo, y no hasta que se murió pude saber el regalo que
me había dejado. Levantarse a las seis es de hombre macho de la casa, de hombre
que cuida a su familia. Pensá que si no te cuidara así no podrías salir a hacer
tus boludeces. Andá, ahora. Y avisanos si aparece tu hermana, a ver si la otra
también aporta. Tu vieja limpia desde que se despierta hasta que se va a
acostar.
Por la mañana se despierta abombado.
No es de tomar mucho, pero cada vez le duele más la cabeza. Deben ser los hijos
de puta que le venden la damajuana. Se la deben rebajar con alcohol puro.
Dejó, la noche anterior, la mesa en
el patiecito del frente. Con el calor que anda haciendo, seguro que está chiche
bombón. Le pega una patada al gato, que otra vez cagó en el comedor, y sale al
patiecito ni bien la pava hierve. Le gusta trabajar con el mate bien caliente a
un costado. Pero tiene que apoyar la pava antes, en el pasto reseco. La mancha
de humedad volvió, el pizarrón está hecho un pedazo de madera podrida. Putea de
buena gana y se acerca. La madera está blanda. El color más oscuro. El olor a
mierda que desprende le provoca una arcada.
Bien entrada la tarde llega el
cliente. Esta vez ni se saca los lentes de sol. Los chetos son fáciles de
manejar, piensa mientras lo ve acercarse y se prepara para decirle que el
pizarrón no va a estar sino hasta el lunes.
Pero usted me dijo hoy. Si, don,
pero ya ve que la mancha de humedad no se va ni se seca tan fácil. ¿Qué es? Le
convendría comprarse uno nuevo. No sé dónde se compra un pizarrón, usted me
dijo que hoy me lo tenía. ¿Hace cuarenta años que bicicletea así a la gente?,
grita el chetotirando el cigarrillo a la vereda. Tranquilo, don, le dice
parándole el carro. Tranquilo, se mandan a hacer. Yo le puedo hacer uno nuevo,
y para ese sí que va a tener que poner tarasca. Y, qué le puedo cobrar, luca,
luca y media. Y esto me lo tiene que garpar, vio, porque el laburete se lo hice
igual, ya lo ve limpito y lijado en todos lados menos en el centro, donde está
la humedad esa que no se va. Hacemos dos lucas y listo, no se haga mala sangre.
Vuelva el martes, es lo mejor que puedo hacer.
El tipo se va con un trato y él ya
sabe que la pegó como un campeón. Para mañana este pizarrón ya está seco, y lo
reciclo y se lo revendo a este gil.
Cuando Pablo vuelva le va a pedir
que lo ayude con la computadora. Hace unos meses descubrió que le sale más
barata la pintura si la compra por internet. Y al pendejo le regalaron una
computadora en la escuela, como si necesitara una computadora para estudiar.
Qué idiotez. Se debe pajear en clase, una nueva.
Mientras tiene todos estos
pensamientos se le retoba una idea. ¿Por qué esperar al pendejo? Salió y hace
como dos horas debería haber vuelto. Ni bien cumpla catorce lo va a mandar a
laburar. Y sino que se busque otro lugar donde vivir.
Sin pensarlo más, enfila derecho a
la habitación del pendejo y entra sin cuidado. La computadora está en la cama.
En el piso, una media tirada. Se anduvo cascando… bueno, al menos no es puto,
piensa mientras agarra el aparato con un poco de asco. Cuando la abre, la
imagen de su hijo desnudo lo toma por sorpresa. Tan por sorpresa lo toma, que
no reconoce al chico que está junto a él, besándole el cuello y envuelto en las
mismas sábanas que vio colgadas esa mañana.
Hijo de puta. Yo sabía que se la
comía. Qué pendejo de mierda, éste, qué desgracia. Me va a hundir, me va a
hundir porque siempre quiso verme arruinado. Es como la madre, como la hermana.
Hasta como el mismo gato de mierda que le caga toda la casa.
Pero se la guarda. La que le espera
al pendejo cuando llegue…
Tiene que enfocarse. Va a sacarle
dos lucas al cheto de mierda ese y la pintura pizarrón no es de lo más cara,
pero sí cuesta conseguirla. Abre el navegador. El whatsapp de Pablito está
abierto. ¿Qué mierda hacen estos chicos hoy en día? Tiene lo mismo en el
celular y la computadora. ¡Qué enfermitos que son!
La última conversación es con una
tan Andrea. La pendeja es una gordita boluda, pero tiene buen culo. Al menos es
lo que se ve en la foto de perfil. La conversación termina abruptamente en un
video y un “que no salga de acá”. Mientras el video carga, lee los últimos
mensajes.
La pendeja le dice que no lo puede
creer. Pablo le responde con monosílabos, sin ganas. Parece estar más pelotudo
que nunca, piensa Diego mientras pita el cigarrillo y mira a través de la
ventana a su mujer colgar la ropa. El video cargó. Se abre una pantalla grande.
Es un aula. Hay un pibe parado
frente a la cámara. El carpintero lo reconoce al instante. Es el mismo pendejo
que le habló mientras armaba los caballetes y ponía el pizarrón en el patio de
la entrada. Pablo aparece caminando desde un lado de la cámara. Los pupitres
están desordenados pero cada uno con su silla sobre la mesa. Desde el punto de
vista de Diego, tanto su hijo como el otro parecen tener antenas. Se ríe,
parecen dos boludos… ¿Qué van a hacer, un baile?
Su hijo se acerca al otro y le da un
beso en la boca. Diego siente un asco infinito. Con razón. Asiente. El putito
este anduvo relojeando la casa, cojiéndose a su nene y mirándolo de reojo a él.
Qué asco le dan…
Está ya a punto de apagar todo y
juntar bronca para cuando Pablo pase por la puerta de entrada, pero algo le
llama la atención. El sonido de fondo: música. No es un tipo inteligente, pero
sí vivo… esto lo grabó el pendejo el viernes a la noche en la fiesta de la
escuela. Pablo se aleja de su novio.
Dos o tres segundos pasan en el que
ambos están callados, mirándose. Pablo retrocede en todo ese tiempo como si no
fuese dueño de sus actos. El otro pendejo entonces levanta una mano y se lleva
el arma a la boca. Todo termina en un abrir y cerrar de ojos. El mocoso cae. El
pizarrón luce una hermosa y brillante mancha carmesí. El corazón de Diego da un
vuelco. No puede articular palabra ni moverse ni parpadear siquiera.
La cámara se mueve, la cara de Pablo
se adueña del primer plano.
—Intentá borrar esa mancha.
Suena el teléfono. Diego se apresura
a atender. Está confundido, asustado. La voz de Pablo lo inunda de un placer y
sosiego que pocas veces sintió.
—Hijo, ¿dónde andas? —casi grita—
Estuve preocupado.
—Estoy bien, pa—. La voz de Pablito
suena tranquila—. ¿Pudiste borrar la mancha?
—¿Cómo sabías? —la cabeza le va a
explotar—. Sí, pude… pude.
El silencio del otro lado es
cómplice de un destino que no se puede controlar.
—Qué bueno. Voy a intentar dejarte
un desafío esta vez.
Y el disparo no suena tan fuerte,
pero sí lo suficientemente claro para que Diego entienda. Por una vez.
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