jueves, 26 de enero de 2017

"El paraíso de las moras" Por David Arroyo

David Arroyo nació en la Provincia de Santa Fe. Dice el autor: "Escritor intermitente, eterno estudiante de Letras, pater familia full time, empleado perpetuo,  comencé la lectura de Stephen King en la adolescencia, a partir de Los ojos del Dragón. Luego llegaron sus obras clásicas y con ellas  IT y  la sensación de estar frente a un hallazgo trascendental. La certeza de que el miedo paraliza, anula. Las lecturas han mutado, me he ido hacia otros lugares, he mirado incluso con desdén algunas obras de S. K., sin embargo la huella que ha dejado no puedo (tampoco quiero) dejarla de lado, todo lo contrario, suelo ir al reencuentro de esas lecturas (Corazones en la Atlántida, It, The Body)  que remiten a un estado de inocencia que poco a poco se ve socavado"
"El paraiso de las moras" forma parte del número especial de Cuz Diablo. Podés descargarlo a través del siguiente enlace: https://goo.gl/pBAvMF

La casualidad o la fuerza latente de aquellos días olvidados -reprimidos- me hicieron pasar por El paraíso. Hacía siglos que no pasaba. Ya no tenía a nadie allí. Ya no tenía a nadie en ninguna parte.

         Al atravesar el barrio me aferré al volante y fijé la vista en la cinta asfáltica, no quería mirar hacia los costados de la ruta, como quien evita buscar bajo la cama. Miré. Se conservaban los dos carteles que habían sido las credenciales del barrio hacia el mundo, uno que anunciaba el nombre de ese paraje marginal en el que vivíamos y otro que avisaba sobre un loteo de décadas pasadas. En el cartel del loteo alguien (¿alguien?) había escrito "1993, el comienzo del verano aciago". En el otro cartel,  que informaba el nombre del barrio, un signo de pregunta y unos puntos suspensivos ponían en duda la consecuencia entre el nombre del barrio y lo que allí ocurría: "El paraíso..?".
 
         Creí leer, también, una tercera leyenda en el parabrisas de una camioneta arrumbada junto a una estación caminera  "Vos tampoco estarás libre, meón". No recordaba si esa camioneta estaba allí desde hacía mucho tiempo, no tenía forma de saberlo. Inferí, sí, que esa leyenda era para mí. Para entonces ya había estacionado el auto a un lado de la ruta  y  estaba viajando, temeroso y absorto, hacia el verano del paraíso de las moras.

         Por aquellos tiempos éramos media docena de párvulos que oscilaban entre los 11 y 14 años. Nuestro barrio era un constante escenario de íntimo sufrimiento. En una cancha de fútbol, en los terrenos irregulares que servían para diversos juegos o en una hamaca bajo dos álamos, el sufrimiento quedaba al margen. Pero en el otro mundo, en el de los grandes, el acecho de lo innombrable consumía a todos. Los desgastaba. Les vaciaba el alma y los marchitaba. Entonces huíamos de nuestras casas, de la atmósfera densa y oscura que había en ellas. Escapábamos del silencio cómplice que nuestros padres mantenían con los fatales designios que se batían sobre ese mundo al que aún no habíamos ascendido. Algunos crecimos, no todos, y vimos que ese silencio era un modo de preservarnos, de saber que inevitablemente nos encontraríamos con las sombras. El silencio era un modo de mantenernos a salvo de lo irremediable y trágico.

         No sé si en el año 93 comenzó algo terrible, antes de eso tuvimos razones para sospechar que la opacidad rondaba nuestras casas. Lo más resonante, quizás, fue la muerte del Padre Sebastián, que se colgó de un eucalipto cercano a la capilla. Aquello resonó en todos los hogares, inconcebible en un hombre de fe. Al rescate de su recuerdo y del oprobio vino otro evento, igualmente trágico, la muerte de las dos hijas de Rubén, el vecino, que aparecieron ahogadas en una pileta improvisada, hecha sobre una rueda de tractor. Esas niñas eran la peste, pero morir así.... Eso mismo pensé entonces, cuando desde el techo de casa se veían los cuerpos secándose al costado de la pileta, como si su familia esperara que los rayos de sol las revivieran. Eso mismo le dije a mi madre. Me reprobó que relativizara la muerte y sólo me asombrara del modo. Me dio una paliza antológica y me miró con frustración durante semanas. Esas niñas eran la peste.

         A partir de esos acontecimientos y otros no tan afamados comenzamos a conjeturar acerca de si había un asesino en el barrio. Nunca llegamos a nada, en parte porque no hubo asesino y, de haber existido, poco podíamos averiguar nosotros, sentados en ronda, tirándonos pedos y jugando a ver quién escupía más lejos. Sobre los viejos nunca indagamos nada, suponíamos que sus muertes se inscriben en la lógica del mundo, del mismo modo que nosotros éramos inmortales. Creíamos serlo.

         El fin de esa ilusoria  inmortalidad vino de la mano del miedo. No sabíamos bien qué llegó primero, pero sí la relación entre ambos. Saber que moriríamos nos despertó el temor a que eso pase. Antes de eso teníamos inquietudes, vergüenza y complejos tontos; el miedo, pueril, era que esos aspectos se revelaran. A los 12 años aún me meaba encima y aquello me atormentaba al punto de no ir nunca a pijamadas y cosas por el estilo, imaginaba una ronda de niños y niñas señalando mi bolsa de dormir meada y me daban ganas de desaparecer. Pero nada nos generó el pánico que nos causó imaginarnos muertos, apagados, inútiles bajo tierra o diseminados polvorientos en un descampado. Mario llegó a confesar que le daba más miedo saberse encerrado bajo tierra que su propia muerte. Recuerdo que entonces, cuando el insomnio ganaba terreno, imaginaba mi muerte y sólo pensaba en un televisor apagado y tirado en el fondo de alguna casa. Esa sería mi muerte y ahí estaría yo, testigo inmutable de ese mundo que seguía sonando a sonrisas ajenas.

         A la conciencia de la propia muerte como algo inevitable le sobrevino la noción del sufrimiento, no ya como un raspón o caerse de una rama o cualquiera de esos dolores físicos y recurrentes. Vimos el sufrimiento como una cicatriz abierta. El dolor perpetuado en las caras que nos cruzábamos día a día en el barrio. Fue el inicio de la ruptura con ese mundo pastoril que habían configurado para nosotros. Nos mantuvieron lejos del dolor, pero el miedo atravesaba esos muros como la humedad y poco a poco nos cayó encima como una bruma densa.

         La zona gris entre el cobijo de los primeros años y las desavenencias del mundo adulto era la visita a un monte mítico que se encontraba a pocos kilómetros del barrio. La visita al paraíso de las moras era algo así como una iniciación, significaba poder atravesar dos rutas y el puente precario que se elevaba sobre el arroyo. Ninguno de nosotros había ido ahí hasta entonces, sabíamos del lugar por comentarios de un chico que ya se había ido del barrio. Cuidado con los caballos, nos dijo, a título de advertencia. Pablo lo contradijo “ese maricón siempre le tuvo miedo a los caballos”. Por entonces no podía imaginarme algo más inocente que un caballo, salvo, claro, aquella elemental prudencia que debíamos tener al pasar por detrás y evitar las patadas. No faltaban ejemplos de algún tío o hermano de alguien que se había quedado loco después de la patada de un caballo. Yo no conocía a nadie que adoleciera de tal cosa. El único loco del barrio era un flaco alto al que apodaban el derby porque lo único que hacía era ir de su casa al almacén a comprarle cigarrillos al abuelo. Decían que se quedó loco por la paja.

Un día del año 93 decidimos ir al Paraíso de las moras. Quien nombró Paraíso de las moras a ese lugar tenía un fino sentido de la ironía o un desconocimiento total de la idea edénica. El monte, enorme, era una trama interminable de ramas y enredaderas en las que entraba el sol pidiendo permiso. Un terreno enorme con el piso húmedo, moras ácidas e insectos cuya existencia desconocíamos. Tenebrosa, era la morada ideal de cualquiera de esas figuras con las que nos amenazan si nos portábamos mal, desde el viejo de la bolsa hasta el chupacabras. A mí me daban terror los enanos.

Aquel día éramos cuatro que queríamos ir al paraíso de las moras y dos que no. El moco era uno de los que no quería; lo sabíamos el más miedoso. El otro era el seco, un niño callado que había aseverado su silencio cuando dos años atrás su hermana se fue del barrio ni bien cumplió los 15 años. Los padres intuían que Mariel se había ido a vivir a Formosa con un primo apenas más grande que fue a su fiesta de 15. El seco pensaba otra cosa, dijo que la última vez que vio a su hermana, ella iba en bici hacia el monte de moras, quizás de ahí su reticencia a la hora de visitar el lugar.

         El moco era un chico flaco, ojos color almendra, rulos pronunciados como enormes signos de pregunta  y los hombros puntiagudos hacia adelante. Antes de apodarlo el moco lo llamábamos el alfeñique, aunque el mote se lo había puesto su tío y nosotros optamos por renombrarlo; no sabíamos qué era un alfeñique y sus mocos eran de película, como los de aquel día en que el polvo de la tierra seca nos tiñó los rostros infantiles y en la cara del moco parecía desprenderse alquitrán de sus narices.  "A tu hermana" solía decir cada vez que lo puteábamos, sin importar el tenor del insulto, "apurate, pendejo", le decíamos, "a tu hermana" respondía él. Tenía 11 años y era el más chico. En esos largos peregrinajes en bicicleta al costado de la ruta era el rezagado. Solía quedarse sin aire, los bronquios fueron su talón de aquiles desde chico, contaba su hermano Bruno. Casi se muere, decía, está vivo de milagro. Quizás por eso había algo de sobreprotección hacia él. Lo vimos siempre  vulnerable, siempre convaleciente de una u otra cosa y siempre con flema. Yo lo amaba. Intuyo que éramos igualmente débiles, sólo que tuve la fortuna de nacer un año antes y eso me mantuvo a salvo. 

Dejamos las bicicletas tiradas, comimos algunas moras y meamos sobre otras; teníamos la esperanza de que otro grupo de chicos comiera las moras que nosotros habíamos meado. También temíamos haber comido moras meadas. Encontramos preservativos usados, botellas de vidrio, ladrillos rotos,  cubiertas de bicicleta, paquetes de todo tipo, colillas de cigarrillo y sangre. Mucha sangre. Pensamos, ilusos, en animales heridos. El moco insinuó que algún caballo se había comido a una paloma, tal vez. Alguien le tiró una mora grande a la cabeza y se rio de su intervención.

Había pasado poco más de una semana del día de la primavera, quizás de ahí los residuos. Lorenzo, que tenía ya catorce años y presumía de haber visto mujeres desnudas, nos miró a todos con un preservativo en la mano y dijo "Hay que tener ganas de venir a coger acá, eh?" y le tiro el residuo al moco. El moco no tuvo fuerzas para responder, estaba con un ataque de tos.

         -¡Morite de una vez! -le gritó uno de los chicos. Nunca supe quién fue, nunca reconocí la voz.  El moco no se rio. Tenía las mejillas rojas. Quería volver a su casa y nos lo hizo saber. Bruno lo reprimió.
-A casa no vayas que está la hermanita durmiendo, si te ven entrar te sacan cagando.
El moco escuchó a su hermano mayor y desistió. Temía que despertar a su hermana tuviera como consecuencia unos cuantos cintazos.

         Adivinamos un sendero, lo bautizamos pasadizo y entramos en él con las bicicletas. El moco no quiso entrar en ese surco angosto que se formaba con ramas espinosas. Le dijimos que las espinas no eran duras, apenas una incomodidad. Dijo que no era por las ramas. Estaba paralizado. Respiraba agitado. Su cuerpo era como una pava hirviendo. El silbido de su pecho al respirar, también. Retrocedió hasta dar con una pared de moras. Le gritamos algo, alguna provocación esperando que nos respondiera con un insulto hacia nuestras hermanas. No escuchamos nada. Caminamos hacia él y a partir de entonces se sucedió un torbellino de palabras y movimientos que jamás pude ordenar.

De la espesura verde que había a sus espaldas, apenas interrumpida por las moras, comenzamos a ver movimientos extraños, como si las hojas ya no fueran hojas. Tras el moco se movía concéntricamente algo líquido, viscoso, una inmensa formación que mantenía el verde vegetal pero que mutaba su consistencia. El moco se hundía en ella, gritaba que lo ayudemos, que lo agarremos, que tenía miedo, que no quería morir. Le imploraba ayuda a su hermano. Bruno, desesperado, sujetó vanamente al moco de la cabeza. El enclenque niño de 11 años se fundía en la flema verde que hacía unos minutos era una planta silvestre. De su cuerpo sólo asomaba el pecho, las rodillas y el rostro, como si estuviese haciendo una plancha vertical. No podía hablar, estaba ahogado. Un barullo de risas perversas y gritos suplicantes salían de la pared verde. Escuchamos gemidos, risas de niños que luego se convertían en llantos, rezos en alguna lengua extraña (luego pensé en el latín), el ruido del tren, relinchos, martillazos, las voces de decenas de adultos retando a decenas de niños. Una interminable, desordenada y macabra sucesión de sonidos. Comenzamos a escuchar con mayor nitidez el grito angustiado de una mujer.

-Mi hermana, hijo de puta… Mi hermanaaaa -le gritaba el seco a la pared mientras quería hundir sus manos para sacar algo de allí.

-Mi hermana está ahí... Mi hermana…-reiteraba. Bruno suplicaba y exigía también por su hermano y nosotros imitamos el intento por rescatar al moco. Imposible. Lo que para el moco era una membrana gelatinosa que lo absorbía, para nosotros era un muro de hormigón. Tiramos piedras, pegamos con ramas secas y no obtuvimos ningún resultado. Hicimos nuestros últimos movimientos infructuosos por salvar al moco en medio un llanto orquestado y gritos aterrados. Nunca llegamos a experimentar bronca, nunca salimos del pánico.

         El moco nunca volvió. Lo que nos quedó de él, inmaterial,  fue una secuencia macabra, un grito suplicante, un sollozo resignado y el silencio eterno de la nada.  Seguido a eso, un viento arremolinado atravesó el paraíso de las moras y la espesura verde dejó su lugar a las plantas silvestres. El seco se quedó llorando frente a las plantas. Bruno se fue raudamente a su casa. Los otros tres comenzamos la vuelta bajo una cierta impavidez tras haber sufrido un trauma inimaginable. Al instante se nos acopló el seco, en silencio. Volvíamos como veteranos de una guerra perdida con la incertidumbre de describir lo inenarrable.

A los pocos meses emigramos con mi familia, dejamos atrás El paraíso y nos asentamos en un pueblo con un lago enorme donde la tragedia ocasionalmente se hacía presente. Nadie dudaba de la fatalidad y el infortunio. Nadie indagaba más allá de eso.

La distancia nos salvó a los que pudimos irnos del barrio. Quienes se quedaron nos reprocharon el no poner el cuerpo. Poner el cuerpo era morir inútilmente. Había algo que nos olfateaba el miedo, nos veía vulnerables, apetecibles ¿Cuánto faltaría para que el seco se despierte junto a su hermana en una suspensión de malezas y sufrimiento, o que Pablo se cayera de lo más alto de un árbol? ¿Qué impedía que Bruno vaya a despertar a su hermana de la siesta y se encontrase con un bulto inanimado?

         Arranco el auto y subo a la ruta. Me alejo de El paraíso.  Me invade la nostalgia y el desagrado por haberme orinado encima.

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martes, 24 de enero de 2017

"Ruidos" Por José Gustavo Lupia

José Gustavo Lupia Nació en Buenos Aires en 1975.
Es profesor en Letras. Dicta clases de lengua y literatura en diversos colegios secundarios y es profesor de Gramática I y Taller de producción de textos, en el profesorado del Instituto Sagrado Corazón.
En el año 2006 fue finalista del XIV Certamen Nacional “De Los Cuatro Vientos” –poesía y narrativa breve- participando en la antología  “Letras Argentinas de Hoy”.
En 2012 recibió una mención especial en el concurso Relatos del primer amor, organizado por Subtevive.
Desde el año 2013 participa del taller de escritura dictado por la escritora Eugenia Coiro en el marco del proyecto Siempre de viaje-Literatura en progreso, participando con sus lecturas de diversos encuentros artísticos. En 2016 ha recibido una mención especial en le Certamen 30º aniversario de la publicación de "It" organizado por la revista Cruz Diablo.

"Ruidos" forma parte del número especial que puedes descargar de manera gratuita desde le siguiente enlace: https://goo.gl/pBAvMF

Abro los ojos en medio de la noche y comprendo el espanto que interrumpe mi sueño: los ruidos de las máquinas han cesado.
Se escucha silencio. Un silencio de cementerio superpoblado de muerte, una ausencia de sonidos que espantaría a cualquiera.  
Me incorporo y mis pies descalzos caminan sin protegerse sobre el piso de madera. Bajo las escaleras y llego al comedor. Advierto el finísimo hilo de sangre que deja mi andar. De un tirón, retiro la astilla de la planta de mi pie izquierdo. Arde. No hay tiempo para mayores cuidados, así que sigo mi camino envuelto en una niebla extraña, como cuando vivimos una tragedia y actuamos sabiendo que esos actos no saldrán jamás de nuestra mente.
Así abro la puerta. No me importa mi aspecto nocturno, ni la sangre de mi pie, ni el frío del invierno. El único sentido fiel es el que me informa del silencio, el que me alerta sobre la ausencia de ruidos.
Cruzo la calle.
A medida que me alejo de la casa y me acerco a la fábrica, el miedo crece. De la nada sale un hombre, de la noche, de la niebla de la noche sale un hombre. Un mameluco azul oscuro repleto de manchones negros y unos borceguíes marrones son su vestimenta. Apenas puedo adivinar los contornos de un rostro que permanece oculto en la sombra. Viene a mi encuentro. Habla:
—¿Cómo está señor? Lo estaba esperando.
—¿Por qué debería esperarme a mí? —respondo con cierta hostilidad.
—Porque usted es el vecino. Y ya se sabe que cuando las máquinas se detienen, el vecino llega. Es casi un dicho que tenemos en la fábrica.
 Lo miro con incredulidad. Sin entender del todo sus palabras. Sin comprender, en realidad, nada de lo que está ocurriendo. Espero una explicación mayor y el hombre parece dispuesto a darla; al menos continúa hablando:
—La última vez que las máquinas se detuvieron pasó lo mismo. Fue hace mucho ya. El hombre que habitaba la casa en donde usted vive ahora se acercó muerto de miedo, desesperado por el silencio, tiritando de frío, como usted.
—¿Y quién le dijo que yo estoy desesperado por el silencio? —agrego con ánimos de pelea.
—Su cara me lo dice. No se preocupe señor, a mí no tiene que explicarme nada—continúa con un tono complaciente que me enerva pero, al mismo tiempo, me salva.
—¿Por qué pararon los ruidos? —lanzo cortante.
—Mire, no se alarme. Mañana mismo vuelven. Es que cada diez años tenemos que parar las máquinas. Mantenimiento que le dicen.
—¿Y mañana vuelven?
—Se lo aseguro. Mañana vuelven. Ahora, qué cosa increíble eh.
—¿Qué cosa es increíble? —digo con nueva prepotencia.
—Usted viene desesperado a la madrugada porque pararon los ruidos y me pregunta qué cosa es increíble.
—Es que sin los ruidos…
—Sin los ruidos…
Yo debo terminar la frase. Lo sé. Siento que el silencio se adueña de todo y entra en mi cuerpo llenando de muerte mis arterias. Un cementerio superpoblado ¡Eso! Una manifestación de muerte que, en vez de gritar, silencia, calla, hace vacíos, huecos en la tierra en donde ríos de sangre buscan su curso. Ríos de sangre ¡Eso! ¡Eso!
Entonces exploto en llanto como un niño, un niño que se levanta en medio de la noche porque un trueno lo ha despertado. Igual, pero al revés.
El hombre se acerca e increíblemente abre sus brazos ofreciéndose. Ridículo, ya lo sé, pero qué importa. Acepto su oferta. Apoyo mi cara en su pecho y entre llantos declarados con quejidos y hombros temblorosos, pregunto:   
—¿Cómo voy a dormir sin ruidos?
—Tranquilo, tranquilo —dice—. Ya sé. Ya lo sé todo. Pero es sólo una noche.
—Y usted me da su palabra de que mañana vuelven.
—Todo igual a partir de mañana. Sólo tiene que aguantar esta noche.
—Sólo una noche.
—Sólo una noche. Una larga noche.
—Ya veo. Escúcheme: ¿no se quedaría a hacerme compañía? —pregunto ganando en entusiasmo—. Le puedo preparar un café.
Me responde una escandalosa risa. Una carcajada que crece de a poco hasta encontrar un invisible punto límite luego del cual comienza a ceder.
Separa su cuerpo del mío, recién entonces veo su rostro con nitidez. Un escalofrío me recorre como un flujo tempestuoso. Apenas si puedo disimular el espanto al contemplar la piel ajada, los ojos pequeños demasiado oscuros, el cabello en mechones desparejos.     
Tal vez para salvarme de ese momento, habla de nuevo:
—Usted tiene que pasar esta noche. Yo ya me voy. Cumplí. Terminó mi horario.
De nuevo ríe mientras se pierde entre la bruma.
—¿Qué pasó con el anterior? —pregunto atropelladamente.
—¿Con el anterior?
—Con el que habitaba la casa antes de que yo llegara. ¿Qué paso?
—No todos pueden aguantar una noche sin ruidos. A propósito, debería revisar ese pie. No vaya a ser cosa que termine mal por una pavada. Mire que cuando la sangre empieza a salir…
—Pero contésteme —insisto, ya desesperado.
No hay respuestas. Nada se escucha. Vuelvo a estar sólo en medio de la noche. Sin ruidos. Sin ningún maldito y salvador ruido.
Por supuesto que pienso en el anterior, en las habladurías sobre la casa, la fábrica y los ruidos.  Pero ya no tengo tiempo. Bajo la vista y veo un charco de sangre rodeando mis pies, un charco más grande de lo imaginable para una herida tan pequeña. Decido volver a la casa. Me cuesta moverme porque mi pie izquierdo se hunde en la tierra como si de arena se tratase. Hago un esfuerzo irracional. Logró liberar el pie. Doy pasos lentos, arrastrándolo. Llego a mi casa y me desplomo sobre la primera silla que encuentro. Dejo la puerta abierta lo que me permite mirar la fábrica. Su contorno horroroso me conmueve, como si la estuviera viendo por primera vez, como si la estuviera viendo con otros ojos.
Suplico por ruidos. Sé que es inútil.
Con asombro, veo la estela púrpura que mis pasos dejaron. Ya no es un finísimo hilo, es un sendero que conecta los ruidos con la casa, un lazo que comprendo irremediable. Como un río, pienso, como un río de sangre que ya encontró su curso.
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domingo, 22 de enero de 2017

"Infestación" Por Gabriela A. Arciniegas

(Bogotá, 1975). Nieta del historiador americanista Germán Arciniegas (1900-1999). Es novelista, poetisa, cuentista, ensayista, traductora. Graduada en Literatura (Javeriana, 1999), especialista en Docencia Universitaria (U. de El Bosque, 2007) y Magistra en Literatura Latinoamericana (U. Javeriana, 2013). Hizo parte del colectivo La Comunidad del Megáfono en Bogotá. Fue docente de literatura en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y en la Universidad de la Sabana de Bogotá. Conferencista en la Jorge Tadeo Lozano y en la Universidad Nacional de Colombia. Ha trabajado como correctora de pruebas para Editorial Planeta, como coautora de la colección Hipertexto de textos escolares, Editorial Santillana y como traductora portugués-español para Taller-Rocca Ediciones.

En novela es autora de “Rojo Sombra”, 2013, seleccionada dentro de los cinco libros recomendados por la revista Diners, Colombia, para leer en Halloween (2016). Su novela "Legiones de luz" (aún inédita) fue finalista del I concurso Gregorio Samsa de novela corta en 2016. En poesía, publicó “Sol Menguante”, en 1995, y “Awaré”, ganador del concurso de Ediciones Embalaje del Museo Rayo, 2009. Participó en La Noche Blanca de Granada de la que se publicó la antología “La luna en verso” en 2013. Su libro "Lecciones de vuelo" fue publicado en 2016. En cuento, partcipó en la antología "Cuentos cortos", como finalista del Concurso El Tiempo y Panamericana, 2001. Participó en “Señales de Ruta”, 2008, “Ellas cuentan menos” (minicuento), 2011 y "13 relatos infernales" 2015 entre otros. Autora de "Bestias" (libro de cuentos), en 2015. Su cuento "Infestación" fue finalista del concurso "30o aniversario de IT de Stephen King", Revista Cruz Diablo de Argentina, 2016. Declarada por la revista Cromos de Colombia como la pionera de la literatura de terror en Colombia. Actualmente está radicada en Chile.

"Infestación" obtuvo una mención especial en el certamen 30º aniversario de la publicación de "It". Forma parte del número especial de Cruz Diablo. Puedes descargar el número completo desde el siguiente enlace: https://goo.gl/pBAvMF

No lo supo Carla, la hija mayor, que venía más pensando en los ojos fríos de Juan cuando ella le dijo: no me puedo ir sin antes decirte que te quiero. No lo supo Pedro que, aún tan lejano al mundo de los grandes, aunque parecía no querer más que el carro que le había hecho su papá, se sabía enfermo. No lo supo Lidia, quien luchaba porque Pedro no se quedara atrás. Temía que su hijo fuera atropellado por los hombres del trasteo que venían pujando, apenas pudiendo cargar los muebles. Tampoco lo supo la criatura que Lidia cargaba con el otro brazo y que aún no tenía nombre. Fernanda sí lo sabía, pero lo había callado. En todo caso nadie se fijaba en ella. Se levantaba, ayudaba a la señora Candelaria en la cocina y luego se ponía a hacer aseo, cuarto por cuarto, sala por sala, pasillo por pasillo. Le gustaba tener una rutina. Comenzaba de izquierda a derecha. Los lunes hacía la parte social, los martes, la parte privada, los miércoles se dedicaba exclusivamente a desempolvar las porcelanas, quitarles las telarañas a los cuadros y a las lámparas. Los jueves eran para limpiar a fondo baños y cocina. Los viernes, para brillar la plata. Los sábados lavaba toda la ropa, los domingos tenía día libre para ir a misa y rezar por el niño Pedro que cada vez estaba más malito y por la criatura que les había nacido a los patrones en el barco. También rezaba por su propia criatura que ya debía estar grande, y por su esposo y su mamá que se habían quedado en la otra orilla del océano. Los lunes sacaba un rato para planchar, doblar y guardar. En esos quehaceres, uno de esos días, los vio.
Al principio pensó que eran hojas secas que el niño Pedro había entrado cuando nadie lo veía. El pobre se aburría tanto ahí encerrado que a veces no se aguantaba y se pegaba sus escapadas. Luego entraba con cosas a la casa. Un día había traído un pájaro muerto. Otro día le pidió a Fernanda una caja de fósforos porque había encontrado una abeja muerta y había decidido comenzar un cementerio. Así dijo, comenzar. Porque no quería ver a las pobres abejitas ahí tiradas en cualquier parte sin recibir una sepultura apropiada. Fernanda pensaba que Pedrito en realidad se estaba preocupando por su propia muerte, pero se lo callaba.
Entonces cuando vio el primero, iba a aspirarlo con la mugre pero algo la hizo detenerse y se quedó quieta mirando esa cosa que parecía una hoja seca y no era. Se acercó sin apagar la aspiradora, se acuclilló y acercó la cara. Su segundo pensamiento fue que era un insecto que había entrado a la casa y se había muerto de hambre. Eso parecía. Una tijereta, un cucarrón. Se veía oscuro y opaco, medio envuelto en telarañas. Pero lo tomó con los dedos y lo llevó hacia la luz para verlo en detalle y no lograba saber qué era. Hasta que le vio la cabeza, la cara ínfima, los párpados sellados, los brazos y las piernas apretadas contra el cuerpo como si tuviera mucho frío. El gesto. Como las momias que había visto en la tele, pero del tamaño de un dedo y con alas. Unas alas como de cucarrón, cafés y brillantes. Lo soltó con un gritico. No era asco, era incapacidad de entender lo que tenía en la mano. El bicho cayó al suelo con un chasquido como de papel de dulce y ella le puso el tubo de la aspiradora hasta que oyó cómo subía y bajaba por la garganta de la máquina.
Unos días después encontró otro. Igual al primero. Mismo color, misma pose. Ya más tranquila se preguntó si acaso era una especie de gorgojo que no había visto antes.

***

Lidia agarraba el cuerpo frío de Pedro y no sabía qué más hacer para reanimarlo. Le frotaba la espalda, le pasaba vick vaporub. El inhalador no le había hecho nada. Los labios se le habían puesto azules. Tenía los ojos en blanco y su cuerpo se desgonzaba en los brazos como uno de esos muñecos antiguos de porcelana, esos que tenían los miembros unidos al cuerpo con garfios de metal. El médico no va a alcanzar a llegar, se repetía, mareada ya de tanto forcejeo y de tanta impotencia.
Llamaba a Carla y la voz le salía como un chillido. Carla vino corriendo con un gruñido que terminó en un suspiro. Venía con el periódico del día para ponerle a Pedro sobre el vick. Lidia se lo rapó casi sin mirarla. Carla estaba harta de esa actitud de su mamá cada vez que le daba una crisis a su hermano. A veces le daban ganas de llegar en la mitad de la noche con una almohada y asfixiarlo. A veces pensaba que el niño lo hacía a propósito para hacerle la vida más miserable de lo que ya era. Llegó Fernanda seguida por la señora Candelaria, la una trayendo la olla hirviendo con agua de eucalipto y sábila; la otra, toallas y una vasija con barro. Venían corriendo y Lidia creyó oír a alguna de las dos sollozar.
Cuando llegó el doctor, empapado por el aguacero que caía, encontró el cuarto del niño hecho la visita de una banda de hechiceras. La más vieja rezaba al tiempo que sacudía una rama de eucalipto mojada a unos centímetros de la cara del niño, otra le frotaba con barro el pecho, otra lloraba como una plañidera por todo el cuarto, la menor sostenía al bebé en los brazos y refunfuñaba por lo bajo.
Me hacen el favor y se salen del cuarto y se me llevan todo esto. Sólo quiero a la madre y al niño, dijo. Las tres, Fernanda, Candelaria y Carla con la criatura se quedaron afuera en el pasillo. Carla se sentó en el viejo escaño al lado de la puerta y fue cuando ella vio uno por primera vez. Tieso, oscuro, opaco y comprimido como el que había visto Fernanda hacía ya un par de semanas. En medio del caos se le ocurrió decir: Fernanda, ¿usted sí ha limpiado por aquí?, mientras apuntaba hacia el bicho muerto. A Fernanda le saltó el corazón.
En algún punto del corredor caía una gotera.


***

Pedrito ya estaba mejor. La inyección le había hecho efecto. O quizá había sido el regaño que el doctor le había pegado a su madre, que hasta la había hecho llorar. El doctor le había dicho muy bravo que si era que quería matar al niño, que se dejara de remedios caseros y más bien mantuviera en la casa el bromuro, el beta y los inhaladores como correspondía y le diera las dosis de los remedios como debía ser. Ni siquiera la había dejado hablar para que le explicara al hombre lo juiciosa que era con eso y lo duro que le había dado verlo de repente agonizando a pesar de todos los cuidados que tenía con él. Pero el doctor, un muchacho joven que venía de la ciudad a hacer el rural al pueblo, detestaba que lo llamaran a una emergencia fuera del puesto de salud. Y más aún, que fuera para encontrarse con un aquelarre como el que le había tocado ver. Así se lo había dicho. Lidia odiaba a los médicos por eso, porque olvidaban el verdadero origen de la medicina: la magia. A Pedrito en todo caso esa discusión le había dado igual. Desde hacía un año había incubado la certeza de que moriría pronto, sin importar qué clase de remedios usaran en él.

***

A Carla la despertó un ataque de tos. Estaba oscuro todavía. Tenía la garganta seca y un sabor a serrín. Se levantó. Le ardía respirar y le ardía tragar. Se fue al baño y puso la boca bajo la llave del lavamanos. Bebió hasta que le dieron ganas de orinar. Casi cayéndose del sueño, le vinieron a la mente imágenes entrecortadas del sueño que había estado teniendo antes del acceso de tos. Juan. La estaba besando en una iglesia. Estaban detrás del altar y podían ver hacia el público. Por alguna razón estaban elevados, a mitad de camino entre el suelo y la cúpula. La luz de los vitrales se derramaba sobre ellos como un encaje de luces. Estaba muy somnolienta para someterse al esfuerzo de llorar. Mañana a primera hora voy a llorar, y lloraré mis ojos, se dijo y se levantó de la taza.

***

Lidia encontraba en la jardinería un descanso de todo lo que significaba el cuidado de Pedro y aguantarse las crisis neuróticas de su hija adolescente. Su marido le pedía paciencia, le decía que eso era porque el cerebro estaba despegando, como una pequeña planta, a una velocidad diferente de su cuerpo, y las hormonas más rápido que todo lo otro junto. Pero eso era porque él nunca estaba para recibir las consecuencias de ese crecimiento disparatado.
Amaba las rosas. En cada casa que había habitado había cultivado rosas. Amarillas, rojas, carmín y escarlata. Apenas se había instalado en ésta, se había encargado de plantar rosales. Los había hecho florecer. Se sentía orgullosa de eso. El día anterior había despegado el último botón entre los amarillos. Esa mañana sólo podía sentir desconcierto y un cansancio inmenso. Las lágrimas se le vinieron a los ojos al ver todos sus rosales devastados. Las flores y las hojas llenas de agujeros, los tallos quebrados, pétalos roídos apilados en el suelo, sobre uno de ellos, regordete, quieto, oscuro, lo vio. Se iba a agachar a mirarlo mejor cuando oyó un grito desde dentro de la casa. Corrió a la cocina. No queda nada, decía la señora Candelaria, no queda nada. Todas las alacenas estaban abiertas de par en par, los sacos de arroz, de papa, las cajas de avena, la harina desparramada por el suelo. Qué vamos a comer, gritaba Candelaria, qué vamos a comer.

***

Pedro tosía cuando Fernanda llegó al cuarto con la ropa aún tibia para guardarla en la cómoda. Al principio pensó que el niño se había pegado una de esas atoradas intempestivas y esporádicas que le sucedían a veces con saliva o con el polvo, pero siguió tosiendo y parecía estarse convirtiendo en una crisis de asma. Así que la mujer soltó la ropa y fue a verlo. Comenzó a darle palmaditas en la espalda. Fue entonces cuando el niño se inclinó, cubriéndose la boca con las manos, y empezó a hacer ruidos con la garganta como si se hubiera tragado una espina. Fernanda lo vio retirar las manos cóncavas de la boca y ambos se quedaron perplejos observando lo que había arrojado por la garganta: sangre, y empapado en ella, un bicho. Al comienzo, quieto. Luego movió las patas, las hizo vibrar, se paró sobre la piel replegada, sacudió las alas y salió volando por la habitación, el insecto humanoide. No le digas a mamá, le dijo Pedro. Ella salió corriendo a perseguir al bicho, agarró una de las camisas que traía y la voleó con fuerza. Creyó oír un ruido seco, el zumbido dejó de oírse, buscó por el suelo, en las cortinas, en la mesita que había en el corredor y no vio nada.
Esa noche Lidia despertó al oír un ataque de tos en la pieza de Pedro, al lado de la suya, y como el bebé se despertó con el ruido tuvo que llevárselo con ella. Daba pena verlo tosiendo así, parecía que iba a expulsar los pulmones y hasta el hígado. La sangre salpicaba por todos lados y entre los gritos de Lidia y los del bebé todos en la casa terminaron por despertarse. Estaban rodeando a Pedro, impotentes, cuando la bandada de insectos salió por su boca y le sacó los ojos de las cuencas. Toda la habitación se volvió un nubarrón vibrante de zumbidos. Los insectos buscaron orificios húmedos y tibios por donde meterse. Fernanda, que tenía un sueño pesado, estaba apenas subiendo la escalera cuando oyó el alboroto y alcanzó a devolverse corriendo. Carla venía detrás gritando y manoteando, por poco no cayeron las dos por la escalera. Fernanda atravesó el vestíbulo, se volteó hacia la niña antes de abrir la puerta y la vio cubierta de esos horrorosos seres que aleteaban nerviosos sobre la ropa y la piel. No pudo evitar gritar, espantada y cerró la puerta antes de que la niña saliera.
Pasó la noche en el cuarto de las herramientas. Al otro día se despertó con mucha sed. Se dio cuenta de que, a pesar de la angustia, el sueño finalmente la había vencido. De los gritos y los zumbidos frenéticos de la noche no quedaba nada. Los pájaros cantaban como si fuera un día cualquiera. Fernanda, después de pensarlo mucho, fue hacia a la casa. Pensó en la forma en que había reaccionado. ¿Por qué no fui capaz de salvarla?, se dijo. ¿O acaso había sido un sueño?
Abrió la puerta y entró. Todo estaba en el más sepulcral silencio. Los insectos, con sus caras humanas y sus alas oscuras yacían en el suelo, de espaldas, quietos, como cucarachas envenenadas. No se atrevió a llamar, como si su voz fuera a despertar a esa horda de invasores. Entonces se fijó en un montículo en medio del vestíbulo, cerca a la escalera. Parecía una estatua de madera. La piel seca, arrugada, formando surcos. Carla. Con su pijama y sus pantuflas, tenía los brazos cubriéndole la cara y se alcanzaba a ver la boca en un grito silencioso.
Tuvo que andar con cuidado. Le daba náuseas el pensar cómo se reventarían bajo el peso de su cuerpo. Llegó a la escalera, los escalones también estaban llenos de ellos, y las barandas. Con asco los fue apartando con la punta de los pies, los cadáveres iban cayendo con un chasquido, a veces rebotaban contra los otros. Al final llegó arriba. Entró al cuarto de Pedro. En realidad no entró. Se quedó en el umbral. La luz entraba a través del velo de la ventana. Las alas interiores de los insectos, asomando bajo las exteriores, translucían sus venas en tonos marrón y tornasol. De perfil, al lado de la cama, estaba Lidia con el bebé, como una Virgen con el niño, ambos ancianos, grises, como esculturas talladas en árboles muertos. Ella con la cabeza levemente inclinada hacia adelante, la criatura con sus brazos alzados, las manos diminutas, crispadas por un dolor ya ido, los orificios de las orejas y la boca agrandados y deformes, los ojos otros orificios, el interior del cráneo, vacío. Del otro lado, la señora Candelaria contra la pared, con los brazos encogidos, los dedos empuñados, la cabeza girada hacia un hombro, toda la cara carcomida. En la cama, acurrucado en posición fetal, estaba Pedro. La cabeza sobre las rodillas, la boca extremadamente abierta, la mandíbula dislocada, los labios roídos, las cuencas de los ojos vacías igual que las del bebé. Con un bate de béisbol que encontró al lado de la puerta, fue apartando los cadáveres de los insectos, los parásitos letales de caras abismantes, humanas, que la miraban con bocas entreabiertas. Llegó al pie del niño y extendió la mano sin saber muy bien si tocarlo o abstenerse. Una lágrima resbaló por su mejilla y sintió una culpa enorme al ver como cada milímetro de la piel de Pedro se había transformado en fibras de madera. Sintió seca la garganta y tosió. Casi al mismo tiempo, el volumen de lo que había sido Pedro se fue inclinando hacia un lado y antes de que pudiera detenerlo, cayó al suelo, golpeó sobre los exoesqueletos inertes y se levantó un polvillo de migajas de ala que flotó unos minutos en el aire. Ver ese polvillo la hizo seguir tosiendo. Se lanzó escaleras abajo, ya sin importarle todos los bichos que se quebraban y se aplastaban contra sus zapatos. Abrió la puerta tosiendo, tosiendo cayó de rodillas y de manos sobre la hierba. Sintió algo duro, delgado y punzante en la boca y bregó hasta que pudo sacárselo. Lo puso en su índice. Lo miró. Era una pata con pequeñas púas. Una pata marrón, una pata de insecto.


viernes, 20 de enero de 2017

"Algo en su mirada" Por Mario Foffano

Mario D. Foffano nació en 1963 en Adrogué. Ha cursado estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y asistió al taller literario de Pedro Mairal. Obtuvo el segundo premio en el concurso de la Fundación Victoria Ocampo en el 2014. En el 2015 cursó el seminario de grado “Escritura creativa, teoría y práctica de la producción de ficciones” dictado por Elsa Drucaroff. Dentro del contexto de dicho seminario, su cuento “El sacrificio” fue seleccionado para integrar la antología “A dos Puntas – Narraciones al filo” de la editorial Birna. En 2016 obtuvo el tercer puesto en el certamen 30º aniversario de la publicación de "It"Gestiona su blog personal http://relatosparaconstruir.blogspot.com.ar/ en donde publica relatos de su autoría.
"Algo en su mirada" forma parte del número especial dedicado al 30º aniversario de la publicación de "It". Puedes descargar el número completo desde el siguiente link: https://goo.gl/pBAvMF


El primero que lo vio fue el Colorado Desimone. Estábamos en la mitad de la cancha discutiendo qué hacer. Rubén no había podido venir. Nos mandó a decir por un vecino que tenía fiebre y que el médico le había indicado antibióticos y reposo. Eso nos puso en un problema: o lo íbamos a buscar a David para que lo reemplazara o jugábamos con uno menos. De cualquiera de las dos formas, estábamos dando demasiadas ventajas. A David lo habíamos marginado del equipo por su escaso talento futbolístico y jugar con uno menos contra los Galgos era asegurarse la derrota. Esos pibes la descosían y por nosotros nadie pagaba un mango. Encima Rubén era lo mejor que teníamos. Recuperaba la pelota, asistía a los delanteros con unos pases mágicos y cuando había que bajar a defender lo hacía poniendo unos huevos así de grandes. Una vez tuvo que reemplazar al arquero porque lo habían expulsado y hasta atajó un penal. Todos nos estábamos lamentando por su ausencia cuando, de pronto, el Colorado dijo:
         —¿Y ése quién es?
         Miramos hacia uno de los costados de la cancha y vimos a un pibe de nuestra edad (catorce o quince, no más) que nos estaba mirando. Tenía puesta una remera celeste, pantalón corto blanco y medias azules recogidas en los tobillos. Parecía estar esperando que lo llamáramos.
         —¿Le decimos si quiere jugar? —preguntó el Colorado.
         —No sé —respondió Manu.
         —Si a vos te parece… —dijo Román.
         —No creo que sea peor que David —agregué yo.
         Luego de un breve debate, todos estuvimos de acuerdo en incluir al desconocido de remera celeste. El Colorado pegó un chiflido y le gritó:
         —¡Che vos, Pitufo!
         El pibe nos miró fijo y se señaló con un pulgar.
—¡Sí vos, vení!
         Hizo un trotecito hasta nosotros.
         —¿En qué posición jugás? —le preguntó el Colo.
         —En la que haga falta.
         —Joya.
         El Tula, que era el capitán de los Galgos, nos gritó:
         —¡Ya es la hora, che!
         Sin dilatar más la cosa, empezamos a jugar. Al cabo de unos minutos nos dimos cuenta de que ese desconocido la rompía. Los Galgos no podían armar juego y nosotros los sorprendimos a puro toque y gambeta. El Pitufo (así lo llamábamos, Pitufo o simplemente el Pitu) tenía una habilidad increíble. Jugaba y hacía jugar, nos ordenaba tácticamente y nos decía qué marca debíamos tomar cuando había que defender.
         La primera emoción fue a los veinte minutos del primer tiempo. Tuvimos un tiro libre adentro de la media luna del área. Al árbitro (un vecino del barrio que dirigía en la Primera D) le costó armar la barrera. Ellos no respetaban la distancia y tuvo que amonestar a dos para que se quedaran en el lugar que les indicaba. El Pitu acomodó la pelota y retrocedió unos pasos. Cuando sonó el silbato hizo una carrerita suave y le pegó. La pelota se elevó por encima de la barrera, después hizo una comba hacia abajo y entró en el arco por el ángulo derecho.
         Diez minutos después vino el segundo. Córner por la izquierda. Román, que iba a patearlo, levantó un brazo indicando la jugada. El Colorado saltó para cabecear y un defensor lo agarró de la cintura. El árbitro cobró penal. El Pitu pidió la pelota y la acomodó para patearlo. El arquero lo apalabró, pero la artimaña no le dio resultado. Se tiró para un lado y el Pitu se la picó para el otro.
         En el final del primer tiempo llegó el tercero. Nuestro jugador estrella se mandó una gambeta sublime. Apiló a uno, a dos, a tres. Levantó la cabeza y lo vio a Manu solo, sin marcas. Se la puso como con la mano. El arquero salió a cortar, pero no pudo hacer nada. La fue a buscar adentro del arco mientras se puteaba con sus defensores y nosotros hacíamos una montaña humana encima de Manu. Tres a cero y con baile. Nadie lo podía creer.
         En el segundo tiempo los Galgos salieron a jugar agresivos, trabando fuerte y con mala leche. Uno de los que estaban amonestados lo cruzó al Pitu y el árbitro lo echó. Ni siquiera así se calmaron. Al rato, otro le pegó una patada de atrás a Román. Algunos amagaron con irse a las piñas, pero el árbitro intervino justo y la cosa no pasó a mayores. El partido siguió con una falsa calma hasta que el Pitufo armó otra jugada descomunal. Recibió un pase en la mitad de la cancha y encaró hacia adelante. Dejó de garpe a dos defensores y el arquero salió a achicar. Tiró una gambeta larga y logró esquivarlo, pero se abrió demasiado. Sin embargo alcanzó a pegarle de rabona un metro antes de que la cancha se le acabara. El defensor que llegaba cerrando terminó adentro del arco con pelota y todo.
Después de ese gol los Galgos nos miraban con odio. Encima la hinchada que se juntó para alentarnos empezó a sobrarlos con los cantitos. Nosotros estábamos cebados. Todas las jugadas nos salían bien y comenzamos a vislumbrar una goleada aún más catastrófica que esa.
El Pitufo la recibió de nuevo (todas las jugadas que armábamos pasaban indefectiblemente por sus pies) y el Tula, el más grandote de los contrarios y el más matón, estiró una pierna con alevosía y le pisó el empeine. Creímos que lo había quebrado. Hubo otro amague de pelea: empujones, puteadas, manotazos al aire. El árbitro lo amonestó al Tula. Estuvo flojo. No quiso echar a otro, supongo. Si lo hacía, los Galgos le iban a hacer quilombo. El Pitu estuvo tirado unos cuantos minutos, revolcándose. Al final se paró y siguió jugando. Al rato, salió a disputar un centro y el Facha, ladero del Tula, le metió un codazo en la cara. El Colorado, que en ausencia de Rubén era nuestro capitán, le protestó al árbitro y éste, increíblemente, lo amonestó a él. Algunos contrarios se cagaron de risa. El Colorado estaba enfurecido, pero se la bancó.
         El Pájaro hizo causa común con el Tula y el Facha y, buscando lastimar definitivamente al Pitu, salió a marcarlo con los tapones de punta y lo revoleó por el aire. Entonces, la trifulca se desató. El Colorado, al que todavía le duraba la calentura por esa amonestación injusta, le tiró una piña al Pájaro. Después hubo patadas, trompadas, empujones y escupidas. El Pitufo era el blanco principal de los Galgos. El Tula y el Facha le tiraban golpes a mansalva. El Pájaro también lo encaró empuñando un palo que había encontrado por ahí. Fue tal el desmadre que vecinos que habían ido a ver el partido se metieron para separar.
         Entonces el Pitu, que corría de un lado a otro de la cancha para esquivar los golpes, se detuvo. Levantó los brazos y les hizo un gesto con las manos invitándolos a pelear. Esa fue una provocación suicida. Aquellos pibes lo molerían a golpes y, a menos que fuera también un hábil boxeador, lo más probable era que terminara en un hospital con la mitad de los huesos rotos.
Ni siquiera se puso en guardia ni se preparó para resistir el ataque. Tampoco hizo falta. El Tula, el Facha y el Pájaro se le fueron al humo, pero cuando estuvieron cerca de él se frenaron de golpe, como si se hubiesen chocado contra un muro invisible. Lo primero que pensé fue que aquellos tres eran puro alarde y que bastó un mínimo gesto para hacerlos recular. Pero había que ser demasiado cagón para achicarse de esa manera teniendo tanta ventaja. Y esos tres no era ningunos cagones.
Cuando logré acercarme pude ver un poco mejor la escena. El Pitu estaba inmóvil, como una estaca clavada en el suelo. No se le movía ni un solo músculo, ni siquiera pestañeaba. Sus ojos les lanzaban una mirada fría, penetrante como una helada de invierno. De su boca salía un extraño sonido, un gemido agudo e incomprensible. Por unos instantes creí que estaba hablando algún idioma extraño, no humano. Los agresores empezaron a retroceder. Parecía que se habían convertido, de pronto, en tres perritos asustados buscando las piernas de su amo para protegerse.
Se alejaron unos pasos más y luego comenzaron a correr. Corrieron como si se estuvieran alejando de una peste o de un cataclismo, como si la tierra detrás de ellos se estuviera abriendo para devorarlos. El resto de los Galgos, al ver que el líder y sus laderos huían de esa forma, corrieron también.
         El árbitro nos dio por ganado el partido. Felices, entonábamos cantitos en contra de nuestros rivales. Algunos vecinos se sumaron al festejo. Saltábamos en la mitad de la cancha, todos abrazados, cuando alguien advirtió que el Pitufo había desaparecido.

***

Esa misma tarde lo buscamos por todos lados. Nadie lo conocía. Los vecinos jamás lo habían visto. A nuestro colegio no iba. El Laucha Rodríguez dijo que en su división había uno que encajaba con la descripción que le dábamos, pero que no podía ser porque era un tronco jugando. En los potreros de los otros barrios no tenían idea de quién se trataba. Lo seguimos buscando un tiempo hasta que al final nos cansamos de no encontrar ni siquiera una mínima pista. Muchos nos preguntábamos qué les había pasado a esos tres pibes que salieron corriendo como si hubiesen visto al demonio encarnado en ese desconocido. Durante un tiempo nos divertimos hablando de lo ocurrido esa tarde, hacíamos conjeturas absurdas acerca de los motivos de aquella huida hasta que al final la cosa empezó a aburrirnos y de a poco nos fuimos olvidando de todo.
         Fue entonces cuando ocurrió la primera tragedia. El Tula estaba esperando el colectivo en una esquina en donde había una obra en construcción. De pronto, unos ladrillos se cayeron de un andamio y golpearon su cabeza. Un derrame cerebral lo mantuvo en coma unos días hasta que murió. El obrero que estaba trabajando allí arriba declaró que no entendía como esos ladrillos pudieron caerse si estaban bien acomodados. Juraba que no había tocado ninguno, que era muy precavido cuando trabajaba en las alturas y que el capataz anda siempre controlando para que no ocurrieran accidentes como esos.
         Seis meses después sucedió la segunda. Esta vez la víctima fue el Facha. Ocurrió cuando salía del colegio. Él y dos compañeros estaban cruzando una avenida sin advertir que un auto se acercaba a toda velocidad, descontrolado. Pasó la luz roja y al Facha lo agarró de lleno. Voló unos treinta metros hasta que cayó muerto sobre el asfalto. Los otros dos se quedaron desconcertados. Aquel auto ni siquiera los había rozado.
         Fue ahí que comencé a pensar nuevamente en aquel partido con los Galgos. ¿Se trataba de una casualidad que dos de los tres pibes que habían atacado a ese desconocido terminaran de esa manera? ¿Era ahora el turno del Pájaro o esa sucesión de muertes trágicas terminaba con la del Facha? La respuesta la tuve casi un año después.
         El Pájaro se había ido de vacaciones con sus padres, su hermano mayor y la novia de su hermano. Como siempre lo hacían, se fueron en el auto familiar a Villa Gesell. Pasando Castelli el auto derrapó al tocar la banquina y salió de la ruta. Dio unos cuantos vuelcos hasta que se detuvo destrozado a unos quince metros del asfalto. El padre fue el primero que pudo salir y sacó a su esposa que solo se había quebrado un brazo. El hermano mayor salió ileso y su novia apenas sufrió algunos golpes sin importancia, pero al Pájaro lo sacaron inconsciente. Tenía un golpe en la cabeza y la cara cubierta con sangre. Era el único que no tenía puesto el cinturón de seguridad. Lo subieron a una ambulancia, pero ni siquiera llegó al hospital. En el camino sufrió un paro cardíaco. Intentaron reanimarlo, pero fue inútil.
         ¿Pude haber evitado esa tercera tragedia? ¿Quién iba a creerme que había una relación entre esas muertes y lo ocurrido en aquel partido? Ni yo terminaba de convencerme de eso. Además, ¿cuáles eran mis argumentos para sostener semejante teoría? ¿La mirada y el grito de un desconocido que nunca más volvió al barrio? Era ridículo suponer que el Tula, el Facha y el Pájaro habían sido víctimas de un pibe… ¿macumbero? No; si no quería que me tomaran por loco o por estúpido lo mejor era mantener la boca cerrada y asumir que todo aquello se trataba de una enorme casualidad.
Pero el asunto me siguió dando vueltas en la cabeza hasta que un día se lo dije al Colorado.
—¿Qué pasó esa tarde, Colo?
—No sé.
—¿Vos le viste los ojos, cómo los miraba?
—Sí.
—No puede ser casualidad, algo tuvo que haberles hecho.
—Es mejor no pensar.
—¿No pensar?
—Sí. ¿Para qué? Ya no se puede arreglar nada.
—No puedo dormir Colo. Desde que el Pájaro murió. Siento que pude haber hecho algo y no lo hice.
—¿Hacer qué?
—Avisar… decir que tal vez su vida corría peligro… salvarlo por lo menos a él.
—¿Quién te iba a creer semejante cosa?
—¿Vos lo hubieses creído?
Se quedó pensando.
—¿Vos lo hubieses creído? —insistí.
Me miró unos instantes. Después dijo:
—No quiero volver a hablar de eso. Nunca más.
Traté de convencerme de que el Colo tenía razón. ¿Quién me hubiera creído? ¿Alguien se venga de sus agresores lanzándoles con la mirada una especie de maleficio; alguien que apareció de la nada y volvió a esa nada sin que nadie se diera cuenta? Sonaba ridículo. Muchos no dudarían en burlarse de mí. Así que lo mejor era olvidar esas fantasías y convencerme de que todo, efectivamente, se trató de una casualidad.
Con el tiempo fui sintiendo menos culpa. Los años me fueron dando otra perspectiva y si bien nunca pude sacarme de la cabeza esas muertes, al menos pude mantener la conciencia tranquila.

***

En el barrio también sucedieron otras cosas. La fisonomía fue cambiando vertiginosamente. Corrían los años noventa. En la cancha en donde jugábamos al fútbol se construyó una torre de departamentos con gimnasio y solárium. Muchos terrenos baldíos se vendieron y fueron ocupados por enormes chalets con piletas y quinchos. Las pocas calles de tierra que quedaban se asfaltaron. Un bar de mala muerte que quedaba en el cruce de dos avenidas era ahora un Bistró. Las instalaciones de una fábrica abandonada se convirtieron en un concurrido shopping con multicine incluido y la llegada de una cadena de supermercados arrasó con los pocos almacenes tradicionales que aún existían.
Por mi parte, después de algunos titubeos vocacionales, comencé a estudiar Ciencias Económicas. Mis amigos siguieron por diferentes caminos. Manu empezó a trabajar en el negocio de su padre; Rubén se recibió de ingeniero en sistemas y el Colorado se metió en medicina. A los demás les fui perdiendo el rastro, sobre todo porque mis padres vendieron la casa en la que vivíamos y nos mudamos a la capital. A partir de allí solo mantuve algún que otro contacto con el Colorado. Lo último que supe de él fue que la crisis del 2001 dejó a su familia en la lona y que, desocupado, decidió probar suerte en España.
         Yo me recibí después de seis años de duros esfuerzos. Al final, la suerte me favoreció bastante. Conseguí un buen trabajo, me casé y tuve dos hijos. Hoy mi posición es cómoda, aunque dedico a mi trabajo diez horas por día y a veces más. Mi esposa también es contadora y trabaja de gerente en un banco. Mi hijo mayor tiene doce años y la menor nueve.
         Así estaban las cosas hasta que un día recibí una solicitud de amistad en el Facebook. Era del Colorado. Estaba en Buenos Aires. No lo podía creer. Nos encontramos en un bar del centro. Casi no lo reconocí. Estaba excedido de peso, tenía los brazos llenos de tatuajes y un color bronce en la cara que daba envidia. Me contó que estaba radicado en Ibiza, que era propietario de un bar no muy grande que le permitía vivir sin mayores problemas y que se había casado con una brasileña.Se le había pegado el seseo y decía a cada rato palabras tales como enhorabuena, gilipollas, apetecible y coño. Le pregunté en qué había quedado su vocación por la medicina y me contestó largando una risotada:
         —He descubierto mi lugar en el mundo y mi verdadera vocación tumbado en una playa a orillas del Mediterráneo. ¿Qué más que eso puedo pedir?
         La conversación se extendió un par de horas hasta que nos pusimos al día con las novedades de todos esos años transcurridos. Cuando nos estábamos despidiendo me dijo que había ubicado a algunos de nuestros amigos del barrio y que tenía ganas de juntarnos a todos para comer un asado antes de volverse a España.
         —Es lo único que extraño de este país de mierda —agregó—. El asado con los amigos y mis viejos.
         Intercambiamos nuestros números de teléfonos celulares y quedamos en volver a hablar en dos días para arreglar algo.
         Me llamó tres días después y me contó que había hablado con Rubén, con Manu y con Román. La idea era juntarse a jugar un fulbito, como en los viejos tiempos, y después ir a comer un asado. Para ponerle un poco de emoción al juego, acordamos que los perdedores pagaban la cena. Gracias al Facebook pudimos ubicar a más gente y todos se prendieron con la propuesta. En total éramos diez y formamos dos equipos de cinco. Alquilamos una canchita en Almagro y reservamos una mesa en una parrilla de Palermo.
         Yo llegué media hora antes del partido. El Colorado y Manu ya estaban allí. El resto fue llegando de a poco. Con cada aparición, se producía un estallido de gritos y aplausos. Fue un reencuentro emotivo. Después de los saludos, de los chistes acerca de nuestro aspecto físico y de tomarnos algunas fotos, fuimos a los vestuarios. Nos cambiamos rápidamente y salimos a la cancha. Entramos en calor haciendo jueguitos con la pelota y elongando. De pronto, el Colorado apareció furioso:
         —¡Me cago en la hostia! —gritó.
         Le pregunté qué había pasado. Román lo había llamado por teléfono y le dijo que no podía ir. Su hija menor tenía vómitos y fiebre. La había llevado junto con su esposa a una guardia y debía permanecer allí unas horas, en observación.
         —Entonces —le dije—, vamos a tener que jugar con uno menos.
         Román formaba parte de nuestro equipo. Nos miramos unos instantes, resignados.
         —Joder —masculló el Colorado—, que nos venga a pasar esto habiendo un asado de por medio.
         Nunca le gustó perder, aunque lo que estuviera en juego fuera un asado o un sándwich de mortadela. Por lo visto, los años no lo habían cambiado.
         —No importa —dije simulando optimismo—, los partidos hay que jugarlos.
         —Sí, claro.
         Entonces, nos quedamos mirando hacia un costado de la cancha. En las gradas vacías, sentado a poca distancia de la línea del lateral, había una persona. Nos miraba como si estuviera esperando que le dijéramos algo. Era un tipo de nuestra edad, tenía puesta una remera celeste, un pantalón blanco y medias recogidas en la tobillos. Un escalofrío me recorrió la espalda.
         —No puede ser —murmuré.
         —De nuevo no, por favor… —dijo el Colorado.
         El tipo se dio cuenta de que lo mirábamos y nos hizo una sonrisa. Yo lo miré a los ojos. Había algo en su mirada, algo que me llevó nuevamente a aquel partido con los Galgos, a esa tarde que tanto me había esforzado en olvidar. Él también me miró. Por unos instantes vi en esos ojos algo siniestro, como un brillo, un resplandor infame que me dejó mudo. Al rato, movió la cabeza y clavó esos mismos ojos en el Colo.
         —Ni de coña le digo a ese que juegue —dijo.
         Estuve de acuerdo con él.
—¡Y, para cuándo! —gritó Manu.
         Yo miré nuevamente a ese extraño. Ahora se había parado. Ya no sonreía. Entonces, tuve la sensación de que algo monstruoso estaba a punto de atraparnos, una vez más; algo bestial que se había mantenido oculto hasta ese momento y que había vuelto a aparecer para desparramar la muerte entre nosotros.
Agarré la pelota y la puse en el punto central de la cancha. Después, levanté un puño y extendí el pulgar.
         —¡Empecemos! —dije.

***

Rubén fue el único que conservó aquella habilidad intacta. Lástima que jugó para el equipo contrario. Nosotros hicimos lo que pudimos. Aguantamos con dignidad hasta donde el físico y las circunstancias lo permitieron.
Jugamos todo el partido con uno menos y perdimos seis a dos.


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