jueves, 24 de octubre de 2019

"Mi cuerpo ya no es transparente" Marta Fernandez Gatumel


Argentina de nacimiento (lo que conlleva en sí una amalgama de culturas), ha vivido en diferentes países (Chile, Cuba, Francia, España y actualmente Luxemburgo) y posee un doctorado en informática en el área de la inteligencia artificial. Desde 2011 sigue cursos de novela y cuento en La Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, España. Ha terminado su primera novela “Hacedores de nubes”, una distopía humanista, y actualmente se encuentra finalizando un libro de cuentos de género fantástico cuyo tema principal es la locura en sus diversas formas y grados. Esta mezcla un tanto atípica es la que le permite poblar sus relatos de mundos y personajes especiales.
Su cuento “Cuando la limpieza se vuelve un arte” fue publicado y finalista (segundo lugar) en el concurso de la revista literaria Culturamas de 2018.

Somos tres en uno, como la santísima trinidad. Aunque quizás la trinidad que vivimos nosotros no sea tan santísima como la otra, ni tan convencional.
Todo comenzó hace algunos años, al comprender de pronto que mi cuerpo ya no era transparente. Cuando digo transparente quiero significar indoloro y automático. Es decir: cuando el cuerpo funciona y uno no se da ni cuenta de que existe, cuando no es atacado de manera subrepticia y a traición por los muy cabrones e inexplicables dolores, en conclusión, cuando uno es joven. Mujer, cincuenta y tres años. Eso era yo en esa época. Lo de mujer se mantuvo, lo de los cincuenta y tres, bueno… Y no pienso confesarles cuántos tengo ahora. No viene para nada al jodido caso.
Los dolores. Esos dolores incomprensibles que aparecen sin decir hola, así, de repente, sin anunciarse. Que te hacen creer que las articulaciones de todo tu preciado cuerpo están hechas polvo y herrumbradas, que tus intestinos están dados vuelta, que el lumbago juega una carrera contra el ciático para ver quién llega primero a apoderarse de tu desprevenida espalda, que el corazón te duele, no por amor sino porque se desboca y el muy desconsiderado se pone a latir como se le antoja. ¡Malditos dolores de los cincuenta y tantos! Estaba sorprendida, humillada: a mí también me había llegado el momento que pensaba que nunca me llegaría, mi propio cuerpo me traicionaba; los dolores no me abandonaban, se aferraban a mí como un enamorado que no quiere comprender que ya no lo aman. Así de pegajoso y pesado. Cuando todo esto comenzó quería creer que iba a ser pasajero, que eran solo embriones de dolores, pero tuve que aceptar la triste y ruda realidad: mi cuerpo había entrado definitiva y completamente en la etapa de la no transparencia.
Y como me lo habían repetido durante tantos años, fue en esa oportunidad que empecé a escuchar la voz áspera de un viejo acompañada de todo un bagaje de consejos. Frases del tipo: Debes ir a declarar tus dolores, No pierdas tiempo, Es una responsabilidad civil… Sabía que eso era lo que debía hacer, y sin embargo dudaba. Cuando mis amigos me preguntaban por la voz y mis dolores, yo les decía que todavía no habían aparecido, ni en mi cabeza ni en el resto de mi cuerpo, para que no me delataran, para que no me obligaran a presentarme a la Oficina de la No Transparencia.
Me imagino que las cosas habrían quedado allí y yo habría ido a esa oficina de porquería si no hubiese aparecido el joven. Una voz clara, agradable, fiestera, que aparentemente nadie más que yo escuchaba. —He sondeado muy discretamente a mis amigos y conocidos y les puedo asegurar que es cierto—. Llegó como un huracán, revolviendo todo en mi cabeza y haciéndome olvidar los dolores en cuanto él se presentaba. A tal punto que llegué a convencerme de que si desaparecían en esas ocasiones era porque todavía no me había llegado la hora.
Al principio él también me daba consejos, pero muy diferentes a los del viejo: No vayas, Tienes tiempo, Gana algunos años. Y yo me dejaba seducir por esas ideas, a pesar de todo lo que me podía decir el viejo. Fueron pasando los días, los meses, el joven se transformó en una presencia más tangible. Apenas musculoso, una silueta alta, delgada, cabello largo —todo lo que me gusta en un hombre— y una sonrisa de ángel. ¡Cómo resistírsele! Así que cuando me invitó a tomar una copa acepté. Luego se nos hizo un hábito y aprovechábamos esos momentos para charlar. Generalmente él insistía en que no fuera a presentarme a La Oficina, que yo muy bien sabía que de ahí en más solo me quedarían veinte años de vida, si todo iba bien.  Y yo lo escuchaba, a pesar de los intentos desesperados del viejo por inmiscuirse en nuestras conversaciones, y no iba. Ganaba tiempo, como él me decía, mi ángel, mi ángel Gabriel. Entonces, una noche lo invité a cenar, un solomillo de cerdo con papas al horno, nada del otro mundo, se dirán, pero bueno, no soy una muy buena cocinera, en realidad ¡odio cocinar!, lo hice por él. Y aunque no lo crean estuvo encantado. Se lo devoró todo y hasta me hizo grandes elogios. ¡Qué mono! Ahora, de vez en cuando, comemos juntos, no todos los días, tampoco la locura, no hay que exagerar. Terminaríamos hartándonos. Por el momento todo es idílico, ¡ojalá que dure!  Cuando él está, mi cuerpo se vuelve de nuevo transparente y siento que me puedo llevar el mundo por delante. La única nube en el horizonte es el viejo que, desde que no puede aparecer mientras el joven está conmigo, viene a joderme cuando él se va. ¡El muy aguafiestas! Y comienza a sermonearme. Y a mí me entra un sentimiento de culpa de esos de la san puta y pienso en ir a declarar mis dolores, porque evidentemente siempre vuelven, pero solo duran hasta que me encuentro de nuevo con Él y me dice ¡no vayas!, y yo no voy, mi ángel, mi ángel de la guarda, menos mal que él dice eso, o no, no sé, la verdad es que no lo sé…
Les cuento algo pero que quede entre nosotros, hemos empezado a fumar… No cigarrillos, claro, qué interés tendría eso, no; porros. Tengo que reconocer que al principio sabía hasta dónde podía llegar, cuál era mi límite, pero últimamente pierdo un poco el control. Sobre todo cuando además de fumar nos tomamos unas copas juntos. Yo me despisto un poco y él se vuelve cada vez más osado. Hace unas noches, bueno… me besó. ¡Y cómo me gustó! Aunque esa vez no lo dejé ir más lejos. Incluso le pedí que no volviera, pero él no me hizo caso. Y la cuestión es que porro va, porro viene, que un trago, que otro, se desliza una mano, me agarra una teta, me muerde la otra, me besa, la boca, el cuello, los pezones… y cada noche sus manos se vuelven más danzarinas, descienden y acarician… Y cada vez duermo menos, y estoy muy cansada, y le digo que no venga durante unos días porque necesito recuperar energías, que ya no soy tan joven y que me hace falta más tiempo, bastante más tiempo que a él para reponerme, que los dolores vuelven y que tengo que recapacitar, que me siento culpable porque estoy robándole años a la sociedad, y él ríe, indecente, despreocupado, con toda la vida por delante. Y cuando logro que se vaya, y logro dejar de fumar y beber y de volverme loca con sus caricias, cuando ya creo que voy a poder descansar por unos días, que voy a poder reflexionar sobre lo que tengo que hacer con más tranquilidad, sin dejarme influenciar, en ese mismísimo instante aparece el viejo, su voz ronca, sus sermones: Ya lo sé, le grito, sé que es mi deber como ciudadana ir a declarar mis dolores, sé que no debo hacer trampas, que esas son las reglas, que no puedo disfrutar de más de veinte años de vida a partir de mi declaración, que los dolores son el primer indicio de que mi cuerpo comienza a envejecer, sé todo eso, le digo a veces con bronca, otras casi llorando, otras insultándolo, pero cuando estoy con él, con Gabriel, los dolores desaparecen, así que quizás no es aún el momento, o quizás sí, se lo pregunto al viejo porque yo ya ni sé qué pensar y me dice: Es tu deber cívico y moral, no te engañes, tienes que ir a La Oficina, ya no eres tan joven, el cuerpo te lo está diciendo, te lo está pidiendo. Debes programar tu partida para que los ciudadanos más jóvenes tomen tu lugar, para que no seas una carga para la sociedad.

Es por eso que estoy ahora en el ascensor de mi edificio. He tomado la decisión. Desde mi último encuentro con el joven han pasado cuatro días, he necesitado cuatro días para recuperarme de una noche entera sin dormir, y eso que solo fueron fumetas, chupis y toqueteos, que me controlé, que no llegamos hasta las últimas consecuencias, ¡aunque me quedé con unas ganas bárbaras! Pero basta, basta de noches endiabladas, tengo que ir, tengo que hacerlo, qué mejor prueba: me duele todo el cuerpo, sobre todo las articulaciones, no por nada he tomado el ascensor. Y como me ha advertido el viejo: Haz lo que debas hacer o si no, no hagas nada. No sé muy bien qué ha querido decirme con eso, pero me imagino que tiene razón.
Siete pisos y estaré en la calle. Sexto.
—¿Adónde vas?
¡Es Él! Gabriel. Está allí, ¡delante de mí!, como un Don Quijote feliz de haber reencontrado a su Dulcinea. Quinto. Cuarto.
—A La Oficina.
—¿Estás loca? Tenemos que terminar lo que hemos empezado.
Me ha comenzado a acariciar, ¡aquí, en el ascensor! ¿Y si las puertas se abren? ¿Y si nos ven? ¡Qué subidón! Tercero. Segundo.
Me besa. Me besa. Por todos lados.
Primero. Planta baja. Las puertas se abren. Sale conmigo de la mano.
—¿Qué me harán si no me declaro?
—¿Qué importa? ¡¿Quién te quita lo bailado?!
Corre de nuevo arriba y lo sigo, no me duele nada, subimos las escaleras de tres en tres. Hasta el séptimo cielo.
—¡Recupera mi cuerpo y hazlo tuyo! —me escucho decir cuando Gabriel cierra la puerta del departamento y me levanta la pollera. ¿Qué otra cosa puedo decir a mi ángel de la guarda?

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