jueves, 17 de octubre de 2019

"Ramillete Carmesí" por Daniel Herrera Beltrán


Daniel Herrera es un autor mexicano apasionado de la ciencia ficción, la fantasía y el horror cósmico. Habiendo descubierto su vocación como escritor desde la edad de 16 años, se ha dedicado a buscar y pulir su estilo al tiempo que se esfuerza ferozmente por terminar sus proyectos literarios y tratar de publicarlos. Siempre inspirado y en constante creación de nuevas ideas, hoy día con 29 años de edad, trabaja como Diseñador Gráfico mientras sigue persiguiendo sus sueños de escritor.
¿Qué tanto me amas?
La luna se había alzado apenas por encima de las montañas invertidas despertando destellos color nácar sobre los rostros pulidos de las derretidas dunas del desierto.
Mahili subía con pasos trémulos sobre los trozos de erosionada roca del bosque de las lápidas mientras Trent, tras ella, le prestaba su mano para servirle de apoyo, siempre listo para atraparla si algo pudiese salir mal. Ella era ágil y ligera, él decidido y avezado, y ambos se habían enamorado perdidamente el uno del otro desde el momento en que se vieron por primera vez.
Salieron a hurtadillas tan pronto como la noche calló silenciando y encegueciendo los parajes áridos y silenciosos del agonizante mundo. Y no es que estuviera mal que se amaran, que estuvieran juntos, es sólo que la gente de la colonia subterránea tenía reglas y la que repetían con más ahínco era la que prohibía a los jóvenes enamorados salir de noche.
“Mientras haya amor en el mundo, habrá esperanza” decían “pero hagan lo que hagan, jamás salgan juntos de la colonia por la noche”.
Los viejos jamás entenderán las dulces ensoñaciones que a los jóvenes hacen tener arrebatos salvajes de impertinente locura. Por tanto, era mejor hacer las cosas a escondidas, a espaldas de todos y disfrutar de un enervante momento de ilícita convivencia bajo las estrellas.
Llegaron a la cima de la colina de las runas y desde ahí contemplaron el cielo estrellado, destellante de colores púrpuras, carmesíes y anaranjados, en la compañía solamente el uno del otro y de las estatuas decapitadas y corroídas de antiguos reyes sin nombre ni memoria. No había muchas oportunidades en el año de disfrutar de aquel momento, la mayor parte del tiempo la superficie era azotada por vientos aterradores que cortaban la piel y escocían los pulmones, otras veces las nubes ácidas se agolpaban en lo alto impidiendo ver detrás de su pardo cuerpo verdoso estrella alguna. Sin mencionar que prácticamente todos los días el calor que irradiaba el sol fuera de la colonia era suficientemente alto como para desmayar a un hombre adulto sano en tan sólo segundos.
Pero aquella noche había una tenue y apacible bonanza. La pureza del aire y la claridad del cielo era tal que levantaba el ánimo y aceleraba el palpitar del corazón con un perfume casi embriagador.
No deberíamos estar aquí dijo Mahili abrazada a sus rodillas pero con una reluciente sonrisa en el rostro.
No iba a dejar que unas absurdas advertencias de un montón de moribundos amargados me impidieran disfrutar de esto respondió Trent, acortando la distancia entre los dos y dejar de sostenerle la mirada.
Hablas de las estrellas aseveró la chica, aunque tal vez sólo olvidó añadir el tono de pregunta.
Hablo de todo esto. la interrumpió Trent antes de silenciarla acariciando con sus labios los de ella y con su mano la mejilla de la chica.
Fue ahí que ambos se perdieron, olvidándose de todo en un momento que pensaban vivir con toda la intensidad que les fuera posible. Para ellos no había más colonia, ni ancianos, ni peligros nocturnos, ni lluvia ácida, vientos torrenciales o calores asesinos. Incluso se olvidaron en mitad de su agitado abrazo, de que hay depredadores para todo tipo de presas en el mundo y, cada uno, está siempre atento a encontrar las señales de que alguno de sus codiciados trofeos está en la cercanía.
Nadie sabría decir si lo que llama a este depredador en particular es un sonido, un aroma o un tipo de movimiento, lo cierto es que siempre aparece, filtrando sus metálicos apéndices por entre las rocas como un arroyo viscoso que repta río arriba, y una vez que sus filosos tentáculos dentados lo han antecedido, se revela cerniéndose oscuro como un eclipse repentino que ha devorado la luz de la luna.
Aquella noche se posó sobre el monte de las runas, con su pútrida sonrisa de descarnados labios y dientes delgados y desiguales.
El grito de Mahili desgarró la noche primero y luego la mirada atónita de Trent lo contempló con un horror tan súbito que lo paralizó de pies a cabeza. Hubo un par de veloces chirridos y dos apéndices de la bestia salieron disparados enroscándose sobre los cuerpos de cada uno de los amantes y levantándolos en vilo como quien sostiene entre los dedos una nuez antes de aplastarla con violencia.
La criatura abandonó el monte, pasó por el bosque de lápidas, dejando atrás las dunas que rodean las montañas invertidas y, con ellas, la colonia subterránea y las familias de Mahili y Trent, mientras los dos enamorados eran llevados prisioneros por aquel engendro de grasa y óxido.
Pero no eran los únicos. Mientras su novio hacia su mejor esfuerzo por zafarse del brazo retorcido del monstruo, hiriéndose la piel en el proceso hasta comenzar a sangrar, Mahili levantó la vista alrededor y contempló bajo la luz de la luna que su situación era un poco menos solitaria pero bastante más macabra de lo que había imaginado.
La criatura debía tener varias decenas de tentáculos, pues, además de los que usaba para mover su abotagado cuerpo, tenía dos colecciones de apéndices, una a cada lado, con la que parecía sostener firmemente a las presas que iba capturando. Y no era coincidencia que él estuviera de un lado y su novia del otro. Los ojos llorosos y desesperados de la chica revisaron entre las demás víctimas que yacían de su lado de la bestia y comenzó a notar con horror que todas se trataban de mujeres jóvenes, apretadas, unas más brutalmente que otras, por las vértebras metálicas que formaban los brazos de aquella abominación de entre las que sobresalían una cabellera aquí, un par de piernas allá. Una joven en especial tenía solamente un delgado y pálido brazo expuesto, que estaba estirando en un inútil intento por alcanzar a tocar la mano de un muchacho que estaba atrapado en el lado opuesto de aquella monstruosidad.
Y tampoco era el único. De aquel lado, una colección de varones de distintas edades, ferozmente atenazados en los apéndices terribles, algunos de los cuales aún pugnaban por liberarse ellos y después soltar a alguna de las prisioneras del lado contrario.
Mahili y Trent intercambiaron una mirada desconsolada y es posible que ambos lo entendieran al mismo tiempo. Al parecer, todos los atormentados prisioneros del infernal engendro debían estar ahí por cometer el mismo crimen que ellos dos: estar enamorados, y salir juntos por la noche.
Con tenues pero enloquecedores rechinidos la carrera de la bestia continuó, recorriendo parajes oscuros y desolados. De vez en cuando, un chillido a la distancia interrumpía la canción mecánica de su andar robótico, y una encapuchada cabeza y un par de desecados ojos huecos escrutaban la noche anhelando, deseando. Luego prosiguió su avance habiéndolo descartado.
Unas frías gotitas empezaron a caer entonces en la frente de Mahili. Al levantar el rostro se fijó y descubrió el semblante sollozante de una chica mucho más joven que ella, igualmente atrapada que lloraba con desconsuelo.
Oye, está bien. le dijo la mayor tratando de consolar a la jovencita Tendrá que bajarnos en algún momento y entonces todos juntos le daremos su merecido.
Y no lo decía sólo para confortarla. En verdad tenía su esperanza puesta en un arrebato final de violencia desesperada. Después de todo, su novio era fuerte y valiente, ella sabía que estaba dispuesto aun a dar su vida por salvarla.
Pero la niña negó sin dejar de llorar.
No se encontraba colgada de cabeza y su cabello corto se mojaba con sus copiosas lágrimas luego caía en el rostro de Mahili No vamos a salvarnos. Conozco este camino. Nos dirigimos a la pirámide de obsidiana cuando lleguemos ahí, será el fin
La muchacha se atragantó un momento con sus propios lloriqueos, y luego, añadió con un aire de derrota, mezclado con resignación:
Por lo menos, él ya no va tener que sufrir la peor parte su mirada se desvió un momento a contemplar donde uno de los tentáculos metálicos estaba apretujado en un cerrado nudo del que brotaban delgados hilillos de sangre fresca.
Las primeras luces de la mañana comenzaron a emerger en el panorama de un desecado acantilado cuando, sobre el horizonte, una ominosa silueta negra y triangular se relevó ante ellos. Vapores calurosos y sofocantes llegaron a incomodar a los prisioneros al tiempo que el penetrante olor de la brea inundó sus narices.
Cuando llegaron a la base perlada de la negra edificación, la monstruosidad mecánica se escurrió por un centenar de escalones, subiendo cada vez más alto. La chica que lloraba se había desmayado de terror horas antes y Mahili, con la respiración acelerada volteó a mirar a Trent con un horror profundo y desconocido palpitándole en los ojos. El chico le respondió desesperado, pero la fatiga era patente sobre él. No quiso mencionarlo, pero hacía horas que se había dislocado el hombro en su infructuosa lucha por liberarse y no podía tolerar ya el dolor que le causaba su herida.
La maraña de brazos herrumbrosos se detuvo a algunos metros de la cima de la negrísima pirámide. Del cuerpo abultado de la bestia descendió quién la manejaba. Un ser con una apariencia vagamente humana, encapuchado, de postura encorvada y al girar a ver su botín con sus ojos vacíos ocultos tras un par de apretados goggles torció aquella antinatural sonrisa de momificados labios grises.
Se dio la vuelta nuevamente, subió unos cuantos escalones más con andar ansioso y luego hincó una rodilla en el suelo. Mahili estiró y torció el cuello de manera sumamente dolorosa sólo para poder mirar lo que sucedía desde donde estaba prisionera, justo al momento que el sol incandescente aparecía ya en la distancia.
En la cima de aquel monumento cristalino había un trono y sentada en él, lo que parecía ser una mujer. Su piel, aunque morena, resaltaba poderosamente pues sus cabellos largos y ondulados, al igual que su vestido, ceñido y apretado sobre un cuerpo fuerte, eran de un color más negro que su trono y pirámide que ya parecían ser un trozo dejado atrás de la noche misma. Se encontraba sentada, grácil y apaciblemente, como esperando un saludo o anunció que jamás llegaría. Por un angustioso minuto, lo único que pudo ser escuchado era la afectada respiración asmática del amo de la bestia que había bajado para presentarse ante aquella imponente dama.


¿Qué es lo que me has traído esta mañana? preguntó la mujer de negro, extendiendo su mano lentamente como para indicarle a su vasallo que ya podía ponerse de pie. Cuando lo hizo, parte de su vestido se quedó pegado en el brazo de su silla, estirándose como si estuviera hecho de alguna resina oscurísima y espesa.
Mahili, ¿Qué pasa? ¿Qué ves? preguntó Trent desesperado. La duda lo mataba, lo mismo que el dolor, al tiempo que gruesas gotas le resbalaban por la frente.
La chica no respondió.
Déjame adivinar. Es otro ramillete ¿no es así? la voz de la mujer volvió a escucharse, entonada y encantadora, pero con una leve y amenazante aspereza que a Mahili le heló la sangre.
El impune recolector asintió con su taimada sonrisa en el decrépito rostro y con un ademán de su mano, hizo que el cuerpo pesado de su bestia mecánica se levantara, sosteniéndose sobre los únicos cuatro tentáculos libres que le quedaban. La máquina se posicionó justo sobre el trono y desde ese nuevo ángulo, los dos amantes aprisionados pudieron contemplar perfectamente la tétrica escena que hasta entonces para ellos había estado incompleta.
La mujer sentada en el trono levantó la vista para mirarlos y entonces pudieron ver que aún sus grandes y expresivos ojos eran negros, oscuros como los abismos muertos que contemplaron entre las estrellas.
Y sucedió. Con un ensordecedor chirrido, el monstruo mecánico apretó a sus constreñidas presas contra su cuerpo esférico y de este comenzaron a emerger agudas y largas púas. La sangre brotó a chorros que se transformaron en cascadas conforme iban muriendo una a una las parejas capturadas. Al final, solo Trent y Mahili quedaron, en la parte más alta del mecanismo y los ojos arrepentidos de él se posaron una última vez en la sonrisa triste y resignada de su novia.
Quiso mascullar una disculpa, pero no hubo tiempo. Su sangre fluyó uniéndose a los torrentes que bajaron en tropel por los cuatro lados de la pirámide, pintándola de un resplandeciente y extrañamente vivo color rojo.
El cazador de enamorados contempló su obra un segundo y después volteó a mirar a la señora de la pirámide negra, ansioso y emocionado.
La mujer tenía el rostro tranquilo e inexpresivo como siempre, pero había cerrado sus ojos para entonces abrir el que tenía sobre la frente. Eso significaba que estaba feliz y el otro lo sabía.
Había perdido ya la cuenta de cuántos siglos pasaron desde que, en una ceremonia aterradora y sanguinaria, logró invocar a su Reina Oscura desde los fríos y enloquecedores vacíos estelares. El ritual había requerido que se cortara la lengua, pero ya no le hizo falta nunca más. Ella sabía perfectamente lo que estaba pensando todo el tiempo, pues su mente enajenada era para ella como un libro abierto.
¿Qué tanto me amas? le dijo ella aquella noche hace miles de años, antes de traer el fin del mundo sobre los miserables que tuvieron la desgracia de sobrevivir.
Él no pudo responderle, ni se atrevió a abrir su boca, tratando de no ahogarse con su propia sangre.
¿Estás dispuesto a matar aun a los de tu propia especie, entregármelos como una ofrenda de sangre, cada mañana y cada tarde, para borrar de la faz de este planeta toda muestra y rastro de amor, de manera que el único que quede es el que sientes tú por mí? su vestido negro se sacudía y temblaba removiéndose viscoso, como si estuviera hecho de un millón de cilios.
Aún joven, aún humano, él asintió enérgicamente, tratando de contener las arcadas y el dolor, pero en el fondo, muy contento, sabiendo que ella lo entendía y lo aceptaba, siempre vería a  través de él, como si estuviera hecho de vidrio.
Ella entonces inclinó el rostro y sonriendo, cerró sus dos ojos y abrió el tercero.


"Si me quedara contigo" Ricardo Piera Chacón


Ricardo Piera Chacón. Máster en Estudio de Lenguajes. Profesor de Literatura. Cursa estudios de Doctorado en la Universidade Federal da Bahia. Nacido en Chile, ha vivido durante dos décadas en la ciudad de Salvador de Bahia, Brasil. Actualmente, pasa una temporada de dos años en la ciudad de Valencia, España, donde, además de escribir su tesis doctoral, frecuenta un taller de escritura creativa en los Talleres Libro Vuela Libre, dirigidos por Aurora Luna. Aunque escribe desde pequeño, solo hace algunos meses ha decidido enviar sus relatos a concursos y editoras. Hasta la fecha, no ha publicado.  

El excesivo deseo en el rostro que ocupaba casi toda la pantalla incomodó a José María. Fue lo primero que vio al entrar en la oscuridad de la sala. Dos o tres siluetas casi lo rozaron al pasar a su lado. Pero él se concentró en la luz que venía de la película. Todo en la chica era artificial: el pelo teñido de un rubio canario, el carmín que extravasaba las líneas de sus labios, como si hubiera querido dibujarse una boca más sensual de la que tenía, el negro que bordeaba unas pupilas de vidrio azul. Pero, sobre todo, su deseo: una calentura que no parecía sentir ni sabía interpretar. La cámara se alejó dejando ver los cuerpos bien delineados de los dos hombres que compartían la escena con ella. Por qué tienen que dar películas hetero en esta mierda, si saben que aquí solo vienen maricones, pensó José María, dirigiendo su mirada hacia las butacas.
         Despacio, caminó a ciegas por el costado. Antes de tomar el pasillo central, se sentó en una de las butacas de la primera fila y miró hacia atrás. Sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Varias figuras ocupaban los asientos de ambos lados del corredor, alejados unos de otros. Su corazón palpitó más fuerte al constatar que ese día había muchos. Más de uno querrá romperme el culo, pensó excitado. Se levantó. Tomó el pasillo del medio y subió hasta la puerta que daba a los baños. Sintió varios ojos observarlo mientras avanzaba. En la última butaca antes de la puerta, un hombre bastante mayor extendió el brazo tratando de agarrarle el bulto con la mano. ¿Te la chupo?, le preguntó, abriendo una boca con pocos dientes.
José María se esquivó sin responderle. No era porque fuera viejo ni nada parecido. Simplemente, no estaba allí para hacer lo que siempre hacía con su marido. El Nilo era el lugar adonde iba para ser penetrado. Un deseo que le había vuelto cuando habían cumplido más de diez años juntos. Sentía que, de decírselo a su pareja, la relación se vería afectada. Y eso era lo último que José María habría querido. Apreciaba, por sobre todas las cosas, su estabilidad. Aunque al principio había sido difícil que su familia lo aceptara, su matrimonio le había dado, sin duda, legitimidad a su condición. Si se separase, vendrían las miradas reprobadoras, las preguntas, las críticas. No estaba dispuesto a pasar por nada de todo aquello que conocía de sobra.
Giró brusco, huyendo de la mano curiosa. Agarró la manija que hacía de picaporte y entró en el baño de la izquierda. No había nadie. Se miró en el espejo y salió para entrar por la puerta derecha. Un muchacho delgado, en medio del baño, mamaba de rodillas un hombre barrigudo, mientras otros dos, cerca de los orinales, se tocaban el pene mirando la escena. José María sintió apretársele la braguilla. Su mirada se cruzó con la de otro tipo que lo observaba todo apoyado en la puerta de uno de los retretes. Al percibir la excitación de José María, el tipo le sonrió descarado. Era bajo, aunque no del todo para los padrones del país. La piel tersa y un cuerpo bien definido le daban una apariencia de adolescente. Pero sus ojos marrones sostenían la mirada de quien ya ha vivido lo suficiente. Debe tener unos treinta y cinco, pensó José María atraído.

Se lo comió con los ojos, dejando asomar la punta de la lengua entre los dientes, al sonreír con ese gesto que había vuelto loco a su marido cuando se conocieron. El mismo gesto que le ofrecía a todos los extraños por los que se dejaba poseer cuando salía a buscar. Con un movimiento rápido de cabeza lo invitó a que lo acompañara. El tipo lo siguió hasta llegar al hoyo, nombre que José María le había dado a la hendidura que se formaba entre la pared y el arco de la escalera que llevaba hacia la platea superior. Para tener acceso a ella había que salir de la sala y pasar por el corredor en frente a la boletería que daba a la galería comercial. Había caminado sin mirar atrás, pero sabía que el hombre lo escoltaba. El deseo trepándole por las piernas.
Se detuvo. Miró por debajo de la concavidad, casi seguro de que habría otros al acecho. Pero estaba desocupado. Entró aún más excitado y esperó de espaldas en la oscuridad. No tardó en sentir la respiración que salía de la boca que había empezado a morderle el cuello. Sin darse vuelta, palpó el cuerpo que lo rozaba. Al sentir la mano de José María que le acariciaba la dureza del bulto, el hombre lo apretó contra sí, encajando sus cuerpos viriles.
– A que quieres que te folle, le dijo bajito. – Estás bueno, es verdad, pero tendrás que pagar.
La frase no sorprendió a José María. Pero tampoco le quitó la calentura como solía pasarle. Era común encontrar muchachos que lo hacían por dinero en esos cines del centro y, aunque nunca pagaba, pues se sentiría poco atractivo teniendo que compensar su placer con algo que no fuera su cuerpo, se dio cuenta de que su vanidad cedía ante el deseo que le despertaba aquel tipo. No era su físico, sino la forma como lo había apretado entre sus brazos.
– ¿Cuánto?, le preguntó manteniendo la espalda pegada al pecho que lo ceñía firme.
La respuesta fue interrumpida por un estruendo que sacudió el edificio. José María vio perplejo cómo el hombre lo soltaba y segundos después corría hasta la salida del hoyo. Pedazos de cemento y polvo blanco obstaculizaban la pasada. El hombre empujaba inútilmente con todo su cuerpo.
– ¿Te vas a quedar ahí parado, maricón?, le gritó. – ¡Ayúdame a abrir un hueco, si no quieres que se nos venga encima esta cagada!
El ímpetu de su voz hizo que José María intentara salir de su letargo. Pero le dolían los oídos y el polvo se le metía en los ojos, irritándolos. El hombre lo tironeó por el brazo. Entonces, como por inercia, José María se acercó y empezó a escarbar junto a él, sin fuerza, sin ganas, ajeno. No sabía qué había ocurrido y la tarea se le hacía interminable, pues la polvareda le dificultaba la respiración. Un ardor le recorría el cuerpo. Aunque no conseguía ver muy bien, intuyó que el derrumbe le había provocado algunas excoriaciones. Abandonó la faena y se sentó cansado en el suelo sucio. Los ojos cada vez más hinchados, las heridas quemándole la piel.
Un haz de luz entró por el vano. José María se incorporó lento. Con una mano trémula, le tocó el hombro. El hombre lo miró agotado. Siguió retirando uno por uno los pedazos de cemento y fierro, hasta formar un agujero lo suficientemente grande para sus cuerpos. Primero empujó a José María, que se dejaba manipular indolente. Cuando lo vio fuera, le pidió que lo ayudara con una mano. Al palpar la callosidad de su piel, José María volvió a sentir deseo. Pero, aunque se le puso la piel de gallina, no tuvo coraje para insinuársele, cuando lo vio de pie, masculino, frente a él.
– ¿Qué mierda ha pasado?, preguntó el hombre al ver la galería totalmente abajo.
Sin responderle, José María lo siguió al verlo moverse. Recorrieron lo que quedaba del corredor. Al llegar a la calle, se detuvieron ante una ciudad en ruinas. En silencio, el hombre tomó el camino que quedaba a su izquierda, pues pensó que el cerro que se vislumbraba al final de la avenida, en medio del humo gris, le serviría de guía. De lo contrario, sería imposible no perderse en la urbe que se levantaba delante de ellos. Todos los puntos de referencia habían desaparecido, como si la ciudad hubiera sido bombardeada.
Anduvieron entre baches, coches en llamas, postes derrumbados en medio de la vía. Arcos de cemento o madera cuyas puertas destrozadas ocupaban lo que habían sido aceras; vigas de fierro entre ventanas hechas añico. Todo ello era el testimonio de los grandes edificios, palacios, casonas y malls que, en el transcurso de dos siglos, le habían dado a la ciudad sus trazos de metrópolis cosmopolita y señorial a la vez. Todo en ruinas. Todo abajo.
El hombre continuaba avanzando sin pensar en nada que no fuera encontrar a alguien que le diera una respuesta. Parecía haber olvidado a José María que continuaba mudo atrás de él. El profesor, dueño de sí, acostumbrado a llevar las cosas a su manera, se había desmoronado junto a la ciudad, dejando al aire libre al niño asustado que vivía dentro suyo. El niño que había conocido el sexo de un hombre a temprana edad, cuando el vendedor del carrito de los helados le había mostrado su miembro enorme. El niño que deseaba ser protegido, llevado, dominado. Lo único que deseaba era no pensar en nada y seguirlo a él.
Tiene personalidad, pensaba, mientras lo veía avanzar decidido. Sus piernas arqueadas, su espalda erecta, la musculatura de sus brazos, las venas que se le hinchaban al levantar algún pedazo de fierro que les bloqueaba el paso. Todo en él lo fascinaba. Sin reconocerse, se daba cuenta de que agradecía lo que estaba ocurriendo, pues, por primera vez en su vida, alguien cuidaba de él. Sabía que otros lo habían cuidado: su madre, su hermana mayor, su marido. Pero ninguno lo había hecho como aquel hombre lo hacía: como un hombre puede cuidar a otro hombre.
Al llegar al final del cerro, pudieron ver dos pares de columnas jónicas de piedra marrón separados entre sí por unos dos metros de distancia. El capitel de la última a la izquierda se había desplomado, atascándose entre ella y la columna a su lado. Las dos de la derecha solo conservaban sus bases y sus fustes, que no alcanzaban más de la mitad de la altura que habían tenido algunas horas atrás. Al fondo, pedazos de cemento se apilaban formando entre las ruinas lo que parecía el borrador de un edificio neoclásico.
– La biblioteca nacional – murmuró José María, recobrando de pronto parte de su identidad. Y se sentó en los restos de las escalinatas, mientras seguía con la mirada al hombre que, incansable, buscaba a alguien que le explicara todo. Parece que el mundo se ha acabado, pensó José María, y este hombre quiere saber el porqué. Rio de sí mismo, por lo que le pareció absurdo: toda una vida buscando el conocimiento y ahora, en la hora más apremiante, no quería saber de nada. Quedarse junto a él le bastaría.
Soñó con una vida al lado suyo, sin su familia, sin sus amigos, sin nadie para recordarle quién era y lo que debía ser: «No hay problema en que seas gay», le había dicho su tío, el hermano mayor de su madre, «Pero nunca dejes de ser un caballero», había concluido. Volvió en sí al verlo retornar de las ruinas de la antigua biblioteca.
– No hay nadie allá – le dijo irritado. – No puede ser que seamos los únicos vivos, murmuró sin entregarse.
En ese momento, José María se dio cuenta de que no sabía su nombre y se lo preguntó medio tímido.
– Adán – le respondió el tipo. Y siguió recorriendo los alrededores, ahora con la mirada, en busca de gente viva.
– Deja de buscar, hombre – le dijo José María. – ¿Para qué quieres más si me tienes aquí contigo? – bromeó, sintiendo que recuperaba su osadía.
Adán se volvió hacia él. Lo examinó con los ojos, deteniéndose en cada parte de su cuerpo, de su rostro. Se puso delante suyo, sin tocarlo. Con uno de los pies le acarició el bulto. Subió por su barriga hasta llegar a su rostro. El zapato de cuero negro, raído, estaba lleno de tierra. Pero José María no se lo retiró. Permaneció sentado, mirándolo con ojos de niño carente, pidiéndole que lo hiciera.
– Tengo esposa – le dijo Adán. – Y dos hijos: un niño y una niña. Voy al Nilo y a otros sitios como ése para conseguir lo que no he podido nunca lograr de otro modo. La vida es muy hija de puta con los de mi clase. Y uno tiene que hacer sacrificios. Follando maricones como tú, por ejemplo. Pero estás bueno, ya te dije. Y aquí no hay más que tú y yo. Si te quedaras conmigo…
José María había escuchado quieto, manteniendo su rostro apretado por el zapato de Adán. Pero, al oírlo pronunciar la última frase, lentamente, fue irguiendo la mirada hasta clavarle las pupilas, desafiante.
         – ¿Qué esperas de mí? – le dijo con la punta de la lengua entre sus dientes.
         En ese momento, una muchacha y dos señoras de edad aparecieron atrás del Cristo que había coronado la fachada de la universidad que se ubicaba al otro lado de la avenida y que ahora yacía, cabeza y cuerpo separados, en medio de la acera. La joven agitaba su brazo mientras el pequeño grupo acudía al encuentro de los dos hombres. José María las vio primero, pues Adán estaba de espaldas, todavía con el pie en su rostro, mirándolo, sopesando su respuesta. Pocos habrían sobrevivido. Probablemente su mujer y sus hijos yacían debajo de algún escombro. En su barrio las construcciones no tenían la tecnología de los barrios altos. Nada le ataba, a no ser ese deseo de tener a ese hombre en frente suyo a su disposición, sin rendirle cuentas a nadie. Solo yo y él, pensó agradado.
         De repente, el bolsillo del vaquero de José María vibró. Se le había olvidado su móvil y en ese instante recibía un mensaje. Pepe, estás bien? Solo ahora encontré señal. Si lo lees, vente al refugio de los Peñafiel. Estoy bien. Te quiero mucho.
         ¿Respondía o no? Hace tiempo que había quitado el dispositivo que acusaba con dos barritas azules el recibo de sus mensajes. Así podía demorarse sin tener que explicar la falta de respuestas. Veía a las mujeres acercárseles y no lograba decir nada. Adán, qué lindo nombre, pensó. Todo lo que necesito. Con sumo cuidado, como si fuera una geisha, le retiró el pie de su rostro. Se levantó.
         Y ahí se quedaron, uno frente al otro, escuchando la voz de la muchacha que les imploraba ayuda. Tenían toda la libertad de amarse, sin censuras, sin excusas, sin gentío. Pero José María deslizó su dedo por la pantalla del móvil y caminó en dirección a la cordillera. Adán lo habría seguido, si una condición atávica no se lo hubiera impedido.     

viernes, 11 de octubre de 2019

"Villa Perdición" por Lolabistrot


Lolabistrot. Nacida en la Ciudad de México. Pertenece a la llamada Generación X. Es maestra en Literatura Mexicana Contemporánea y licenciada en Comunicación Social por parte de la UAM. Compiló, editó y publicó Necrópolia, Horror en Día de Muertos (2014) y Mortuoria, Sombras en Día de Muertos (2017) bajo el sello independiente Ediciones Lulú. Por otro lado, sus cuentos han sido publicados en más de 20 antologías de diversas editoriales (impresas y electrónicas) tanto de México, España, Canadá y Argentina. Entre sus aficiones y gustos está el terror. Ha dado cursos de literatura y  organizado ciclos de cine del género en varias casas de cultura de la Ciudad de México.

¿Amar? ¿Ahora? Lo que más deseo es ir al norte y quedarme ahí…solo. Aunque ella venga tras mis pasos, estoy solo en este mundo enfermo lleno de putrefacción, muerte y hambre. La respuesta no está en ella… ¿Mi familia? La única que he tenido, todos ellos muertos.
Rafael, el único padre que conocí. Cuando cumplí los 15 me explicó todo. Yo era hijo de una pareja de mormones ricos adictos a la cocaína y al sadismo. Tengo recuerdos vagos de mucho dolor. Sí, mis padres biológicos me golpeaban. Me ataban a una de las columnas de la sala y se turnaban para castigarme con látigos y puños cerrados. Recuerdo otras caras, extraños, invitados, vitoreando y ejecutando lo mismo. Yo no entendía nada. ¿Llorar? ¿Gritar? Después de un mes de continuos golpes ya no podía hacerlo. Pero de repente, eso terminó. Rafael me platicó que me encontró por azares del destino. Ese día decidió acabar hasta con el último de esos millonarios porque le debían una importante cantidad.  Bastó con llamar a la puerta para descargar su M249 sobre todo lo que se moviera. Esa vez me habían llevado al sótano, así que cuando se puso a explorar la casona y dio conmigo, sus ojos no podían creerlo. Me dijo que me apuntó con el arma, pero fue incapaz de apretar el gatillo al verme en ese estado.     
–Estabas moribundo, eras casi un despojo humano.
Dijo que cuando me llevó al hospital, los encargados de asistencia social lo obligaron a abandonarme ahí mismo para que el orfanato se encargara de mí.             
–Vi lo que los empleados le hacían a los bebés en lugares como ésos, por eso me negué a dejarte.
E hizo lo que mejor le salía: repartir golpes y disparar contra quienes intentaron detenerlo. Me arrebató de los brazos de un sujeto que ya me llevaba hacia un vehículo no sin antes aporrearlo con un extinguidor. Y simplemente huimos para perdernos en la noche. Nos quedábamos en hoteles de paso una o dos noches. Y al otro día, a seguir emprendiendo la huida. La policía ya andaba tras su paso. De los hoteles pasamos a los bajopuentes y sitios abandonados. El dinero escaseó.
Pasaron meses hasta que mi padre conoció a Zelma, una cantante punk. Su hogar era una camioneta destartalada a la que nombraban La Endemoniada. Con ella viajaban Sid, Joey y Mick, unos músicos de medio pelo con los cuales Zelma tenía una banda: Misifús. Mi padre se enamoró de esa chica audaz y le ofreció ácidos y heroína gratis a cambio de dejarlo conducir a través del país que ya estaba sumido en un caos. Zelma aceptó. Y entonces nos integramos a ellos. Recuerdo cuando Sid, al verme, se acercó y me sobó la cabeza y preguntó mi nombre. Mi padre no supo qué decirle. Lo primero que le vino a la mente fue: Aldair. Cuando Joey le preguntó si yo era su hijo, mi padre lo tomó por el cuello y lo empujó contra la pared para advertirle que no se metiera en donde no lo llamaban y que dejara de preguntar.
Mi vida de repente se vio rodeada de huidas, alcohol y música. Rodábamos por ciudades en cuarentena. No había comida, los apagones eran frecuentes, las rapiñas, constantes. La violencia en las calles, imparable. En más de una ocasión intentaron robarnos la camioneta pero mi padre siempre estaba ahí para evitarlo. Nos convertimos en unos forajidos, la poca gente que salía a las calles empezó a temernos. No muchos clubes querían contratar a Misifús, así que los chicos optaron por robar mientras Zelma escribía canciones de desconsuelo y tristeza. La vi muchas veces dar zarpazos desesperados a la guitarra y al bajo, producto del efecto de las drogas.
Pero ¿Aún no he contado la historia de Grisa? Una noche de tantas, La Endemoniada, con apenas unos cuantos litros de gasolina, se metió por un barrio derruido y solitario. A lo lejos, en medio del silencio, llegó el sonido de lo que parecía una niña sollozando. Para entonces yo había cumplido, según cálculos de mi padre, cinco años. En mi memoria está todavía aquella conversación, fresca como carne recién empaquetada.                                                               
–¡Diablos! ¿Por qué llora esa pobre niña? –preguntó Sid.
–Seguramente es de algún indigente –respondió Mick.
–¡Rayos, man! eso se oye escalofriante. –agregó Joey.
–¿Qué tal si es un fantasma? –repuso Mick.        
–¡Déjense de tonterías! Tal vez necesite ayuda –replicó Zelma.       
–Ahora resulta que eres la bondad andando. Zelma, la vocalista y líder de Misifús, repartiendo caridad –añadió Sid.      
–Me conoces y sabes lo que he vivido…cariño, necesito ir a ver…–comentó Zelma dirigiéndose primero a Sid y después, a mi padre.         }
–No vas a salir. No te lo permitiré –vociferó mi padre.
–Tú no me vas a prohibir nada. Eso no entra en el acuerdo, querido. Quédate con Aldair y Sid. Yo me llevaré a Joey y a Mick –afirmó Zelma en un tono calmo.
–Siempre te sales con la tuya, llévate las armas por si las ocupan –ordenó mi padre.
–Me sé cuidar sola…¡Vamos, chicos! –concluyó Zelma.
Salieron al fresco de la noche. Al poco tiempo, regresaron corriendo. Zelma traía en brazos a una niña.
–¡Arranquen!!!!! ¡Váaaaaamonos!!!!!!!!! –gritó Joey.
Sid abrió las portezuelas en lo que mi padre arrancó la camioneta para ponerla en marcha. Apenas entraron, La Endemoniada giró y salió volando como pudo por ese camino oscuro y solitario. Escuchamos pasos y murmullos. Una muchedumbre venía persiguiéndonos, gritaban al unísono: “¡Que venga la luz y que se vayan los jinetes de la oscuridad!” “¡Sálvanos, señor!, ¡Te honraremos! ¡Hemos visto la señal! ¡Por ti lo haremos!”.
Llevaban en las manos linternas, cuchillos y hachas. El miedo me hizo abrazar a mi padre, pero el temor se desvaneció cuando, por el enmohecido retrovisor, vimos que esa gente se quedaba muy atrás.
–¡La niñaaaa! ¡No tiene ojos! –gritó Sid.
–¡Esos malditos se los sacaron! ¡Fanáticos religiosos dementes!.-agregó Zelma.
–¡La pusieron como carnada! –agregó Sid.
–No lo creo –añadió Joey.
–Bienvenidos al post-apocalipsis. Busquemos combustible y larguémonos lejos –masculló mi padre mientras bajaba la velocidad de La Endemoniada.
–¡Hay que curarla! –repuso Zelma.
Mi padre siguió conduciendo hasta detenerse. Respiró y reviró:
–¿Y dónde buscaremos ayuda?
–Ya encontraremos, cariño. No podemos dejarla a su suerte –contestó Zelma en un tono amable.
–Bien, pero ahora tú serás la responsable de esto. Ya te sigo –respondió mi padre.
Me quedé con Joey y Mick en lo que mi padre, Zelma y Sid salieron con la niña al exterior en busca de medicamentos. Antes de irse, la advertencia fue dura como una bala incrustada en el pie contra el baterista y bajista de Misifús:
–Cuiden al chico, pero no se pasen de listos. Si me entero de que le pusieron un dedo encima, los hago picadillo con mi Kahr PM9.
–¡Heyyyy, no tienes que ser duro con ellos!!! Los conozco mejor que nadie y son incapaces de esor – eplicó Zelma.
–Tranquilo, man. ¿Por quiénes nos tomas? –alegó Mick.
–Somos unos patanes pero no unos pederastas ni violadores…–confesó Joey.
–Si acaso, le enseñaremos cómo fumar y alcoholizarse…–bromeó el baterista.
–Muy gracioso, Mick –respondió Zelma.
–¡Bahh! Ensayemos algunas canciones y que Aldair nos vea, ¿verdad, chico? –me preguntó Joey.
–¡Él podría ser el futuro líder de Misifús! –dijo Mick.
–¡YEEAAHHHHHH!-corearon aquellos chicos con piercings y pantalones rotos y ajustados mientras chocaron sus palmas. Yo sólo sonreía.
              Mi padre no estaba acostumbrado a las bromas de la pandilla, así que se dio vuelta y los dejó con la palabra en la boca.
              Después de que se marcharon, me quedé contemplando a ese par de locos pero no dejaba de pensar en la niña. Me preguntaba dónde estaban sus ojos, por qué no los tenía. Mi mente giraba hasta que me aburrí. Me quedé dormido a pesar de los guitarrazos de aquellos dos individuos, que me dejaron boquiabierto la primera vez que los vi con sus cabellos parados y pintados de colores.
              Cuando desperté, Zelma me dio un par de huevos duros y Sid una soda que se había encontrado. La hora del desayuno había llegado. Busqué y ahí estaba ella con unos grandes botones negros encima de sus ojos.
              –¿Qué son ésos? –pregunté intrigado.
              –Se llaman lentes, pequeño curioso –me respondió Mick.
              Zelma estaba alimentando a la niña con unos cacahuates y un poco de leche que había robado.
              –Pues ya tenemos un nuevo miembro en la familia ¡qué rápido estamos creciendo! –dijo con cierto entusiasmo Sid.                                                      –Aldair ya tendrá con quien jugar, necesita a alguien de su edad –afirmó mi padre.
              –Serán como hermanitos –añadió Joey.
              –Esperen ¿Qué nombre le ponemos a la pequeña? –preguntó Mick.
              –Grisa es un lindo nombre. Así se llamaba mi antigua banda de la secundaria –contestó Zelma–. Bien, ahora escuchen con atención. Mismas reglas para esta nena que nos cayó del cielo. Es una mujercita y hay que respetarla. De lo contrario, les colocaré pólvora en el trasero y los haré explotar ¿entendido? –advirtió Zelma a todos.
              Los tres punks asintieron mientras masticaban unos tocinos duros.
Ese fue el comienzo de una serie de circunstancias que nos habían obligado a convivir para poder sobrevivir. La banda lo entendió al paso de los meses. Yo lo supe mucho tiempo después, cuando empecé a hacer uso de la razón. La llegada de Grisa a nuestras vidas significó aprender a lidiar con otras cosas. Para mí, fue una novedad porque ya no tendría que estar todo el tiempo con adultos. Tenía ahora una nueva tarea. Hablarle a Grisa de las cosas que no podía ver, llevarla de la mano, guiarla y enseñarle a hablar.

A pesar de su ceguera, Grisa desarrolló el oído. Pronto agarró gusto por la música de Misifús. Cuando cumplió los 6, buscó a tientas la guitarra para ponerse a tocar. Se aprendió de memoria todo el repertorio de la banda, incluso tarareaba las canciones. Nuestra felicidad era relativa y llevadera. Yo ya tenía ocho.
Pero lo peor del post-apocalipsis apenas iniciaba. Los poblados estaban atascados de cadáveres en las calles. Cucarachas y gusanos abundaban por todas partes. Caí enfermo. Recuerdo haber estado en el sillón gris descosido y sucio donde solía dormirme, acostado por la fiebre alta. En ese momento, Zelma se convirtió en mi madre mientras mi padre atendía a Grisa que sufría de anemia. Cada situación difícil nos unió más pero necesitábamos dinero. Joey pudo conseguir una tocada en un lugar infestado de ratas al que iba gente de mala calaña pero la paga valió la pena. En cuanto el grupo acabó la última canción, salimos volando por miedo a que nos quitaran el dinero. Pero entonces, tanto yo como Grisa debíamos formar parte del equipo. Aprendí a manejar y disparar armas para defensa propia. Grisa, además del oído, hizo de su olfato una herramienta poderosa para detectar peligro o contaminación. Extraña coincidencia, Grisa y yo, violentados de la forma más sanguinaria, reunidos en tiempo y espacio ¿Qué clase de sociedad tortura e inflige atrocidades de esa naturaleza a unos niños pequeños? La decadencia humana nos alcanzó en su punto máximo.
Crecimos. Mi padre empezó a serle infiel a Zelma con cuanta mujer se topaba. Al principio, mi madre le reclamaba y discutían a diario. Pero después, pareció no importarle. Incluso, mi padre tenía el descaro de besarse con otras en las narices de Zelma, quien permanecía callada. En cuanto a Mick, Joey y Sid, conquistaban a chicas por ocasión en cada parada. Y aprendí que eso era el amor: tomar y desechar. Cuando mis instintos masculinos brotaron, seduje a Grisa. La tomaba en cuanto me placía. Accedía gustosa pero cuando la iniciativa salía de ella me daba el lujo de rechazarla. Y así la familia se envolvió en un círculo de promiscuidad en el que cada uno buscaba saciarse. Sucedía en los rincones de las ruinas, entre escombros o paredes que apestaban a orines y excremento. Entre nosotros siempre nos respetamos. Todo ocurría extra muros. Yo tenía quince años. Grisa, trece…

Pero el destino nos tenía preparada una jugada final. Mick se enfermó de tifoidea. Mi padre y Zelma buscaron en vano algún tipo de remedio. A los pocos días, el baterista de cabello naranja murió en medio de su vómito, ante nuestras miradas atónitas. Luego, siguió Sid. Una tos incontrolable acabó con sus pulmones. Esa noche, de pronto calló. Llevaba horas de haber fallecido. Jamás nos dimos cuenta. A la semana siguiente, Joey se deprimió tanto que se inyectó una dosis doble de heroína. Su corazón no resistió.
Con cada muerte, un hueco se abría muy dentro de mí. Ya no escucharía más sus canciones, no más verlos tocar, no más reírme de sus estupideces…sí, realmente el mundo ya se había ido al carajo. Mi madre continuó sin la banda y por su cuenta. Se dedicó a cantar en bares de dudosa reputación, con el bajo y la guitarra, sus nuevos acompañantes. Aquella ocasión tardó en salir. Padre y yo la esperábamos impacientes. La fuimos a buscar al cabo de veinte largos minutos, nadie la había visto. Rodeamos el lugar. Encontramos un rastro de sangre. Al seguirlo, dimos con un rincón maloliente. Allí yacía moribunda. Le habían cortado la garganta para asaltarla. Aún respiraba.
–¡Cuida a Grisa! –se despidió con una caricia y un beso en mi frente.
Cuando se lo dijimos, Grisa se echó a llorar. Lloraba sin lágrimas, ante la ausencia de sus ojos. Sollozaba como esa vez cuando la encontraron, hace años. Esa noche, mi padre decidió abandonar a La Endemoniada y continuar por nuestro propio pie.
En el transcurso de tres años nuestra vida fue gris. Vagábamos por un despoblado llamado Villa Perdición. La tarde era fría. De la nada, salieron varios vehículos. Nos interceptaron. Varios sujetos bajaron. Traían armas. Quise hacer gala de mis cualidades como tirador pero mi padre me hizo una seña.
–¡Rafael Zuñiga, hasta que te encontramos! Todos estos años, en medio de este caos y muerte. Te seguimos la pista. Reza, por fin llegó tu hora –gritó uno de esos tipos.
–Lo acepto, pero a los chicos déjenlos ir, no los lastimen. No quiero que me vean morir –les contestó mi padre.
–Bien, que se haga tu última voluntad –añadió el sujeto.
Nos forzaron a caminar desierto adentro, a Grisa y a mí, con la cabeza baja. Después de algunos kilómetros, oí las detonaciones. Y lloré como nunca, como cuando fui niño y aún podía llorar. Creo que Rafael debió dispararme cuando me halló en aquel sótano y Zelma debió ignorar a Grisa y pasar de largo ante su desgarrador llanto. Más nos hubiera valido no existir en este mundo habitado por bestias.
En un instante, los hombres que nos llevaban se retiraron. Nos quedamos en medio de la nada ¿Para dónde seguir? Pensé entonces en el trayecto del sol. Ayudaría a orientarme. Y agarré camino.

–¡Aldair, Aldair!... ¿Adónde vas?... No me dejes...
–me gritó Grisa desesperada.
Ella se había enamorado de mí. Comprendí que no podría deshacerme de ella. Con su olfato y oído tan desarrollados lograba localizarme en cuestión de segundos a decenas de metros de distancia. Yo sólo quiero llegar al norte, como mi padre, y esperar. Ella sólo quiere estar a mi lado y ser correspondida. Grisa me ama, yo nunca la amaré.