miércoles, 18 de mayo de 2016

"La conciencia de Julio" por Gustavo Ramos



Gustavo Ramos (1984, Quilmes, Buenos Aires) demostró tempranamente su interés por la escritura cuando se acercó a autores como Poe, Guy de Maupassant o H. P. Lovecraft abriendo un nuevo panorama para su llama creativa.
Es profesor de literatura y ha ganado premios de poesía en dos oportunidades. Fue uno de los fundadores del ciclo de lectura mensual  “Club Atlético de Poetas” en la ciudad de Bernal, localidad de Quilmes, que aún continúa desarrollándose.

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Julio Ponce era un joven tranquilo, soltero, de unos treinta años pero parecía mayor. Trabajaba en una zapatería y había podido alquilar un departamento. Dejar la casa donde vivía con su madre no fue fácil, ella quedaría sola ya que su padre había muerto hace tres años de cáncer de próstata. A su madre ahora la veía de vez en cuando, aunque todos los días ella iba, ya tenía su llave, y le dejaba alguna comida hecha que luego recalentaba para que no perdiera la costumbre de la exquisita cena de su viejita.
Julio volvía de la zapatería, comía y se iba cansado a acostar. Pero un día como, tantos otros, Julio Ponce volvió de su trabajo, comió comida recalentada en el microondas y, luego de una ducha, se acostó en su cama. Allí no pasó nada; fue al despertar, al otro día, que sin saber por qué razón del destino al abrir los ojos Julio se sintió extraño. Su cuerpo era más suave y liviano, no podía entenderlo. Entre sus pensamientos tropezaban, estorbaban otros, ajenos, que coexistían con él: un supuesto novio, qué se pondría hoy para la oficina, qué gorda que estaba, ojalá que no se cruzara con el plomazo de la esquina. La conciencia de Julio controló por un instante la situación y fue aterrador. Al accionar los brazos de ese cuerpo, tocó dos pechos, miró dos pechos en donde, el día anterior, tenía uno plano, uniforme. Espantado por la transformación inaudita, quedó mudo y perdió el control. La mente que allí imperaba era otra, la de esa joven llamada Carla que ahora se miraba al espejo con ceño fruncido por verse rellenita, apretándose la panza, pellizcándola mientras la conciencia de Julio se deleitaba por el cuerpo donde se encontraba. Era tan absurdo porque ella en verdad era muy flaca y estaba preciosa, tanto que hasta le hizo dar una vueltita para observarla por detrás.
Carla miró la hora, ya era tardísimo. Se vistió y se peinó tan rápido como pudo. Llegaría otra vez tarde al laburo. Salió corriendo de su departamento. La conciencia de Julio, mientras tanto, inactiva, observadora, se replanteaba todo. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Se había vuelto loco por completo? No había explicación posible, no había sido una metamorfosis, un cambio de sexo, no, sino un trasplante metafísico. Reflexionaba cómo había podido pasar: tal vez todo fuera un gran telar, un entramado inmenso, una casi infinita red psíquica, y uno de los hilos se había cortado y había saltado como una tanza proyectándose hacia la estratósfera, pero luego había vuelto a caer, rebotando de psiquis a psiquis hasta que se detuvo en ella. Esa era la única y descabellada explicación para la conciencia de Julio, por eso era que él estaba allí, alejado de su cuerpo, dentro de otro, pero ¿Por qué a él? ¿Por qué justamente a él?... Pero era como hablar con una pared.
Julio estaba conviviendo por primera vez en sus treinta años con una mujer, pero tan cercanamente que su confusión era extrema, él era lo deseado ahora, al tocarse la tocaba a ella. Se escuchaban, pero era la conciencia de Julio quien estaba en un cuerpo ajeno, lejos del suyo propio y se sentía condenado por alguna maldición abrupta, un juego de este universo atroz, una burla. Julio comenzó a trastornarse con la idea de encontrar su cuerpo y la mente de Carla no sabía por qué pero comenzaba a correr sin dirección aparente entre las calles, buscando algo desconocido, extraño y circundante. La conciencia de Julio mandaba por su insistencia, buscaba en su desesperación como un perro que escapó de su casa al ver la verja abierta y presentirla como libertad, pero luego, entre el sinfín de bocinas y rostros agresivos, buscaba de nuevo la protección del hogar perdido.
Así anduvo todo el día la pobre Carla de un lugar a otro, sin entender lo que pasaba. Pensaba que era un déjàvu, otra vida pasada que la atraía hacia un lugar sin dirección, ya no sabía qué pensar. Se sucedían palabras enloquecidas en su mente, pensaba que era el estrés, el extremado trabajo o peor, un brote psicótico porque escuchaba en su cabeza una voz que no era ella que decía, gritando: “¡Acá no! ¡Acá tampoco! ¿Dónde mierda está? ¡¿Dónde estoy?!”.
Julio, sintiéndose abatido, ya sin fuerzas, soltó las riendas y entonces pudo tomarlas de nuevo ella y lo único que atinó a hacer fue escapar a su departamento, tomar unos ansiolíticos del baño y acostarse, tratar de olvidar la locura pasada, tratar de cerrar los ojos y calmarse. Al dormir, Carla soñó, soñó que ella era un hombre de unos treinta pirulos y que se acostaba con su mejor amiga, esa de la oficina, y tanto disfrutaba… se reía… sueño húmedo…
Cuando abrió los ojos, la conciencia de Julio vio muchos posters de Divididos, los Redondos y Sumo. Se levantó después de mucha fiaca. Su cuerpo era joven, pero por eso que sobresalía allí abajo era un púber con ganas extremadas de orinar, cosa que hizo en el acto. Al llegar al baño, se vio a sí mismo o, mejor dicho, vio a su nuevo anfitrión, pues la condena, la maldición tan inaudita no había acabado. Ese espejo reflejaba un rostro adolescente ahora. Luego de unas muecas y de arrancarse asquerosamente unos granos con pus, pudo saber que el nuevo envase se llamaba Tadeo. Bajó gritando a su madre que quería la leche. La conciencia de Julio pudo ver el televisor que estaba en Crónica tv. Era sábado, esta noche sería larga.
Luego de beber una chocolatada, de saludar a su madre y a su hermana, salió de su casa y, extrañado, escuchó en su mente que debía peinarse, cosa que nunca le importaba, pero sin embargo volvió al baño y se mojó el cabello, se lo peinó para atrás aunque a él en verdad le gustara todo parado y alborotado. La conciencia de Julio empezó a sentir que podía dominarlo, pero no sería tan fácil. Luego de eso, quedó mudo. Volvió velozmente en Tadeo la idea de irse de su casa; quería llegar cuanto antes a lo de su amigo Juan, lo estaría esperando para jugar con la Play. Las hormonas a mil acallaron a la conciencia huésped que era sólo un piojo en esa cabeza adolescente.
Cuando llegó a la casa de Juan, Tadeo saludó con un insólito gesto, inventado por ellos, y se precipitaron a la tele con el videojuego conectado. La conciencia de Julio se aburría y cada tanto largaba un áspero suspiro de desaprobación: “¿No sabes hacer otra cosa, pibe?”, pero más que eso no podía hacer, se había dado cuenta que en verdad él estaba dominado por la fuerza descomunal de una mente efervescente como la de todo pendejo de dieciséis años. Al terminar de jugar, se tiraron a la cama y Juan sacó de abajo una caja llena de revistas porno que le afanaba al viejo y se masturbaron con esos culos de papel.
La conciencia de Julio, cansada de la situación, aunque él a su edad también se habría mandado de las suyas, sometido como estaba, no podía hacer más que esperar, esperar a que todo eso pasara y, si no era la última mente, la última persona donde entraría por esa razón tan absurda, tan incongruente, esperaría por lo menos que ese pendejo de mierda se dignara a apolillar y tal vez tendría más suerte con el próximo ser.
Pero la noche sería larga y recién anochecía. La tarde se iba entre historietas y series momentáneamente entretenidas en el zapping continuo, entre la Rock and Pop pasando de fondo, entre gaseosa y galletitas que suministraba la madre de Juan, siempre tan atenta y, sin que lo viera, Tadeo le miraba las lindas tetas.
Los pibes arreglaron para juntarse a la noche. Después de comer irían al boliche nuevo que abriría a unas cuadras de allí. Tadeo salió de la casa de Juan y, mientras caminaba por las calles, la conciencia de Julio usaba esos ojos prestados para ver si por allí andaba su cuerpo, inconsciente, o tal vez también infectado por otra mente.
Luego de comer, Tadeo salió como tiro para el baile y la conciencia de Julio sentía el retumbe de su corrida, ya resignado, lamentándose por lo que se venía. Al encontrarse en la fila con Juan, éste le convidó de su paquete de puchos. Tadeo agarró gustoso pero, luego de encenderlo, la conciencia de Julio le dijo, enbronqueado: “Cuando tengas cáncer no va a ser tan piola”. Tadeo se sacó de la boca el cigarro y lo miró con miedo pues nunca su conciencia le había hablado de manera tan poderosa. Apagó el tabaco, tirándolo al suelo y aplastándolo con las zapas, descuajeringándolo.
Luego, cuando la fila empezó a moverse, ambos entraron al antro. Tropezando con la gente, se acercaron con dificultad a la barra y pidieron una cerveza que se acabaron de toque y empezaron a mirar a las chicas aunque no se animaban a encarar a ninguna. En medio de esa disyuntiva, la conciencia de Julio aprovechó para inmiscuirse y metió un bocadillo audaz para que pudiera conquistar alguna.  Para desinhibirse, debía tomar, tomar y tomar, pedir más cervezas, con eso empezar, y luego darle al tequila, uno y otro más. Aunque otra cosa era lo que motivaba a Julio, el joven tenía tanta necesidad que no pensó en las consecuencias. Tadeo empezó a beber hasta que terminó tirado en un costado, como bolsa de residuo. Con el joven inconsciente, mamado, la conciencia de Julio levantó ese cuerpo, lo que quedaba de su buen anfitrión y, tambaleándose, tropezando con todo y con todos, salió del lugar. Ese cuerpo empezó a caminar ayudado por las paredes de la calle, insultando entre dientes y pidiendo disculpas al mismo tiempo mientras chocaba con gente al pasar. Llegó a su casa prestada, acostó al cadáver en su cama y, aunque todo giraba, logró que se durmiera y, por consecuencia, que él también lo hiciera.
Al abrir los ojos, las paredes eran blancas y el techo era una gran mancha de humedad. Aunque lo intentaba no podía levantarse, su cuerpo era pesado y débil. Se miró las manos, arrugadas, ancianas. Cuando pudo levantarse fue peor, un dolor hondo en la espalda. Caminó dificultosamente hasta llegar al baño y, para colmo de males, le costó tanto pero tanto mear que tuvo que hacer “psss” para que saliera el chorro de orina. La conciencia de Julio esta vez se encontraba en la cabeza de un viejo a quien llamaban Don Alberto. “¡Qué barbaridad, qué lamentable!” se repetía mientras tocaba la cadena y salía de ese baño desvencijado. A ese vejestorio ya no le interesaba ni siquiera peinarse el poco pelo, ¿Para qué? ¿Para quién? La conciencia de Julio ya veía lo que venía, otro cuerpo inútil para el deseo de encontrar su cuerpo. Era fácil de manejar, tan moldeable como un niño pero no, tardaría todo el día y más en sólo andar unas calles. No se podría hoy tampoco, debía esperar, ser paciente, ya vendría el día… ¿O esta era una maldición de por vida?
Se miró en el espejo, viejo, con arrugas y canas, dientes flojos, un cansancio constante, un recuerdo ameno de pasado siempre bueno y mejor que este presente. El afuera sólo era rigor, inseguridad y unas personitas indiferentes que jamás lo iban a visitar.
Don Alberto estuvo por un rato en el sillón escuchando la radio: robos, muertes, graves accidentes, catástrofes lejanas. La conciencia de Julio también escuchaba. Era un domingo aburrido, pero así sería, para este viejo, todos sus días, tirado en un lado o en otro, sin visitas, siempre solo, recordando épocas doradas, a todos esos que ya muertos estaban y a esos pocos, sus hijos, sus nietos, tan lejos, pero no tan lejos como la muerte, sólo que no les importaba.
La conciencia de Julio tuvo la suerte de que el anciano no durara mucho, pues su atención se limitaba, luego de un tiempo, a la cercanía con los ronquidos, y así, para su bien o para su mal, pudo escapar de tan triste recipiente, dejar de ser portador de un cuerpo tan desecho.
Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el despertador. Eran las cuatro de la tarde aunque estaba todo oscuro en esa habitación. El psiquiatra Augusto Prieto era de cerrar las persianas para dormir mejor la corta siesta que efectuaba cuando salía de la guardia para luego volver al trabajo. La conciencia de Julio descubrió poco a poco cómo enredarse entre los pensamientos y conocer más a los sujetos en los cuales se hospedaba por azar o por una causa y efecto espacio-temporal que desconocía, que todos desconocían salvo el mismo universo.
Augusto Prieto se levantó de la cama, se lavó la cara, orinó bastante, se cepilló los dientes, se peinó a la gomina, cosa que aprobó la conciencia de Julio, y, luego de ponerse su guardapolvo y buscar su portafolio, salió de su casa. En el camino, la conciencia de Julio chusmeando supo que era separado y tenía dos hijos que veía sólo una vez a la semana cuando los iba a buscar a la escuela. Ahora se dirigía a su trabajo, en un hospital psiquiátrico.
Al entrar, pasó por un largo salón donde algunos pacientes gritaban inentendiblemente y otros, tirados, movían los brazos para los costados.  Por esto se había separado; el convivir tanto con esquizos, paranoicos y otras yerbas de alguna manera te afectaba. Cruzó el salón y se mandó por un pasillo donde abrió una de las tantas puertas. Del otro lado, con asombro, sin poder creérselo, la conciencia de Julio, ayudado por los ojos del psiquiatra pudo ver su cuerpo, pudo verse sentado, amordazado en chaleco de fuerza, cayéndole la baba con ojos  idos, mirando la nada. De a poco, entre las palabras del doctor y sus pensamientos, empezó a reconstruir los sucesos que a ese cuerpo abandonado de conciencia le habrían acontecido. Su madre habría abierto como tantas veces la puerta con su llave yendo a buscar su ropa sucia en la habitación. Lo habría encontrado dormido pero, al intentar llamarlo, pues la hora era inaudita, debía ya hace rato estar en la zapatería, no pudo despertarlo. Habría empezado a zamarrearlo pero, al abrir los ojos, él sólo pudo emitir sonidos guturales y, con movimientos reflejos, caer de esa cama para luego empezar a golpearse contra el suelo repetidas veces. Desesperada, su madre habría buscado ayuda y sólo pudo encontrar ésta, la que estaba frente a los ojos prestados de la conciencia de Julio. Su cuerpo, tan cerca y tan lejos, estaba allí, eso que tanto había buscado, lo que tanto ansiaba, volver a la raíz primera, en otras palabras, a su cabeza. No sabía qué maniobra, estratagema cruel del destino lo había separado de aquella pero ya no importaba, estaba tan cerca, y entonces lo hizo; aprovechó un titubeo mínimo de ese psiquiatra, cuando su pensamiento se trabó en una palabra inútil para ese paciente vegetativo, y entonces se lanzó, lanzó ese cuerpo contra una mesa, sí, la cabeza del doctor Augusto Prieto chocó con fuerza contra una mesa, quedando inconsciente.
Abrió los ojos. Ni bien tuvo el primer impacto de luz le volvió la idea de su liberación. Sonreía por dentro…pero…no…no, era un castigo eterno. Había estado tan cerca…ese cuerpo, en donde ahora estaba, no era el suyo de nuevo.
Se levantó desesperado por las ganas de ir al baño. Luego de un interminable chorro, medio bifurcado, se miró en el espejo y allí la conciencia de Julio entendió quién era, cada vez lo reconocía más rápido, ahora se llamaba Eduardo y era policía. Empezó a cambiarse, este día sería largo, demasiado largo. Tal vez hoy, con suerte, moriría.
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