martes, 19 de abril de 2016

"Toma de rehenes" por Marcelo Adrian Lillo

Marcelo Adrian Lillo es escritor argentino. Nació en Río Cuarto, Córdoba, el 1 de noviembre de 1968. Ha publicado sus trabajos en la revista literaria de la Universidad Nacional de Río Cuarto y en la sección literaria de Diario Puntal de la misma ciudad.
En noviembre de 2005 editó el libro de cuentos “Cuatro para la medianoche”, primer trabajo publicado con historias de su exclusiva creación, a través de la editorial CARTOGRAFÍAS de la ciudad de Río Cuarto, Argentina.
En Junio de 2006 publicó su primera novela titulada “El instigador” bajo el sello de Alción Editora de la ciudad de Córdoba, Argentina.
En junio de 2007 ganó el primer premio en el concurso de cuentos Amadis de Gaula, España, con su trabajo titulado “El matador de Gonzalo Fischer”.
En marzo de 2011 publicó su cuento titulado “Un secuestro” en la revista de ficción fantástica ON SPEC de la ciudad de Edmonton, Canadá.
En octubre 2013, publicó su libro de relatos titulado “Mésalliances” en edición conjunta de Editorial CARTOGRAFÍAS y UniRío (Editorial de la Universidad Nacional de Río Cuarto).
Desde agosto de 2009 publica regularmente y bajo contrato sus relatos en el diario PUNTAL de la ciudad de Río Cuarto, Argentina.

Podés leer y bajar "Toma de rehenes" también desde el siguiente enlace: https://drive.google.com/file/d/0B68bhg9qd0HpOFhWbnZncXIwZjA/view?usp=sharing

—¡No te des vuelta, hijo de puta, y mandate para adentro sin hacer quilombo!
Él comprendió, al sentir el cilindro de metal en la nuca, que estaba a punto de ocurrir otra vez la misma historia. Dada la situación, no necesitaba ser un profeta para vaticinar en qué iba a terminar el asunto, pero eso no impedía que tomara las cosas con una mezcla de asombro, temor y rabia. Si por algo había decidido vender su chalet de San Miguel, si por algo había renunciado a los amigos de toda una vida y a su puesto de subgerente en el Banco Provincia por esta ciudad mediana y apaisanada del sur cordobés donde las tragedias se computaban por excepciones y no por reglas, había sido precisamente para que esto no volviera a suceder. Y ahora, como si el destino hubiera encontrado un atajo para localizarlo, todo volvía a repetirse.
—¡Dale, boludo! ¡Caminá y no mirés para atrás!
Distinguió por el reflejo en la ventanilla del auto a otro tipo cerca del que lo apuntaba y a un tercero que cerraba la puerta del garaje. Tres. Igual que la última vez, pocos días antes de que tomaran la determinación de mudarse. Repetición de factores y de circunstancias.
Manos brutales y anónimas lo empujaron en dirección a la puerta que daba al resto de la casa. Él quiso gritarles, suplicarles que se detuvieran. ¿Para qué? No había funcionado las otras veces y tampoco funcionaría ahora.
Lo hicieron entrar a empellones en el living. Al otro lado, detrás de una tabla desayunadora clavada sobre una pequeña pared de ladrillos rasados, su mujer empezaba a preparar la cena. Pensó, al verlo irrumpir tan precipitadamente, que había tropezado contra el escalón de la puerta del garaje o que venía impulsado por alguna urgencia intestinal. La fugaz ilusión se desvaneció apenas vio a los tres tipos que ingresaron detrás de él. Sus facciones se hicieron de arcilla y dedos inmateriales la esculpieron hasta formar una pasmosa mueca de incredulidad.
—No…
Él bajó la cabeza, rendido, y en su gesto ella pudo leer el mensaje indiscutible. Volvió a pasar.
—¡Dale, movete! ¡Rápido! ¡Rápido!
Agarrándolo de la camisa, el tipo que le apuntaba lo arrastró hasta donde estaba su esposa. Al entrar en la cocina, los tres hombres descubrieron lo que hasta entonces había estado oculto detrás de la baja pared de ladrillos rasados. Dos niños, un varón y una nena, estaban sentados frente a una mesita decorada con personajes de dibujos animados. Tenían seis o siete años. Con sus miradas impávidas y sus bracitos extendidos a lo largo de los cubiertos y los platos vacíos, parecían dos marionetas a las que les habían cortado los hilos.
—Hola —les dijo el tipo, estirándoles una sonrisa amarilla. Empujó al hombre a un costado y les hizo una seña con el revólver—. Arriba, vamos. Vayan con papi y mami.
Los niños obedecieron y se quedaron de pie junto a sus padres, agarrados de la mano, mientras contemplaban al desconocido con ojos claros, fláccidos  y ajenos al momento.
—¿Hay alguien más?
El hombre y la mujer negaron con la cabeza. Con un ademán, el tipo les ordenó a sus compañeros que revisaran el resto de la casa.
—Si se portan bien no les va a pasar nada, así que se me quedan todos bien quietitos, ¿fui claro?
Ninguno se movió. El hombre y la mujer se sostenían en un abrazo estrecho y los niños, sin soltarse de las manos, miraban fijamente a aquel extraño que les daba órdenes como jamás sus padres lo habían hecho.
Del otro lado de la casa se veían destellos de luces que se encendían, se escuchaban ruidos de muebles movidos y de cajones abiertos y vueltos a cerrar. El tipo consultó la hora y su mirada se cruzó accidentalmente con la de los niños. Giró la cabeza hacia un costado y de nuevo hacia ellos.
—¿Qué miran?
—Están asustados —intercedió la mujer. Dos lagrimones se escurrieron por sus mejillas como gusanos transparentes—. No los moleste, por favor.
El tipo la examinó brevemente y centró de nuevo su atención en los niños.
—¿No les enseñaron que es mala educación mirar a la gente así?
Ellos no dijeron nada. Sus expresiones acusaban menos temor que curiosidad, la misma que sentían a veces cuando encontraban en el patio algún bicho raro o una planta trepadora o un pájaro de muchos colores.
—¿Qué carajo me miran? ¿Tengo cara de payaso, como esos dibujitos de mierda que ven?
Ellos no le respondieron. Aquella intrepidez que sólo la inocencia puede generar empezaba a ponerlo nervioso. Le daba la impresión de que lo evaluaban, de que estaban explorándolo, de que atisbaban en él emociones que nadie más podía ver.
—¡Contesten!
—Déjelos, por favor. Tienen siete años —le pidió el padre. Su tono era menos de ruego que de cansancio.
El tipo, a punto de perder la paciencia, dio un paso hacia ellos. Pero entonces sus compañeros entraron en la cocina y se reunieron con él.
—¿Nada más que esto? —les preguntó al ver lo que traían.
—Hay una caja fuerte en la pieza —le dijo uno de ellos.
—Ya me parecía. —Agitó el revólver como si fuera un dedo—. Vamos a abrirla —le dijo al hombre.
—Ya estaba cuando vinimos a vivir acá. Nunca la hemos usado.
El tipo emitió una risa entre dientes.
—Claro, y yo como soy un pelotudo te lo creo. Dale, no me jodas.
—En serio. No guardamos nada adentro porque no sé cómo abrirla. Agarren lo que encontraron, llévense el auto si quieren, pero por favor váyanse pronto.
El tipo arqueó su sonrisa amarilla y blandió el arma sobre la frente del niño.
—Así que me querés agarrar de boludo. Bueno, vamos a ver si así se te pasan las ganas de mentirme.
Amartilló el revólver y la mujer profirió un alarido asfixiado.
—¿La vas a abrir o no?
—Está pasando —le susurró el hombre a su esposa.
El tipo miró hacia donde ellos miraban.
Todo sucedió muy rápido. Los chicos alzaron la vista y la fijaron en el hombre que les apuntaba. Tenían los ojos en blanco. El tipo permaneció estático y absorto frente a ellos igual que un gorrión delante de una cobra. Luego retrocedió y, sin achicar en ningún momento su sonrisa amarilla, empezó a estrellarse la cabeza contra la pared; rebotaba y volvía a golpearse como un coyote de caricatura queriendo atravesar un túnel pintado en una roca, dejando a cada crujido una nueva marca rojiza y aceitosa que caía hacia el piso, hasta que pronto cayó él también. Sus compañeros, más acostumbrados a provocar sorpresas que a recibirlas, se quedaron acalambrados, paralíticos y exangües como los ojos que se posaban sobre ellos. Pero en seguida supieron lo que debían hacer. Se arrimaron a la mesita, tomaron los cubiertos alineados junto a los platos vacíos y empezaron a darse estocadas como dos luchadores en un violento juego de video. La mujer abrazó a su esposo para no ver cómo los pequeños tenedores y cuchillos se atareaban en labores menos inocuas, menos domésticas.
Ninguno se movió incluso mucho después de que todo hubo terminado. La mujer fue despegándose lentamente de su marido, entrenando su emoción para lo que estaba a punto de ver apenas abriera los ojos. A pesar de haber presenciado la misma escena otras veces, todavía no se acostumbraba. Nunca se acostumbraría.
Los chicos habían vuelto a sentarse a la mesa. Extendieron sus brazos a lo largo de los platos vacíos y esperaron a que sus padres ordenaran todo para empezar a cenar. No necesitaban pedírselo con palabras.
Después de todo, ¿quién puede resistirse a la mirada de un niño?

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5 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Excelente cuento Marcelo. Esperamos que nos sigas enviando tu material. Gracias!

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  3. Respuestas
    1. Gracias, Juanjo. Me alegro de que te haya gustado. Ésa era la idea. Un gran abrazo.

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